Cimento

En la oreja derecha, justo donde apoya la patilla de las gafas, tengo una pequeña anomalía, como si me hubieran arrancado un trocito de cartílago. En la piel contigua a la fisura se me forma un engrosamiento como el de una espinilla, que al presionarlo entre dos uñas segrega una sustancia blanquecina y densa. Después de vaciarlo, el abultamiento no se alisa, nunca desaparece. Pero debo esperar varias semanas antes de que vuelva a fluir algo desde dentro.

Eso ha sido así durante los últimos ocho, diez o quince años. Antes, el engrosamiento era mayor, era una pústula, casi un grano de arroz, y por más que lo estrujaras, no acababa de vaciarse, y tenías que desistir cuando toda la oreja se enrojecía.

Y antes de eso, cinco o diez años antes, la zona de la pústula y la zona donde el cartílago está como mordido, estaba enrojecida y me escocía con el sudor y el mero contacto de la patilla de las gafas.

Y aún hubo un tiempo antes en que tenía que envolver la patilla con una gasa o con un algodón, porque el cartílago estaba abierto, y sangraba, y hacía una costra que yo levantaba, o se levantaba, y volvía a sangrar.


Antes de eso, hace muchos años, el viaje en coche de Orihuela a Madrid podía durar diez horas.

El Renault 4L tiene cuatro marchas y un motor de 845 centímetros cúbicos. Las carreteras no tienen arcenes, solo un escalón donde el asfalto pasa a ser tierra, aunque sean carreteras nacionales como ésta, que conduce a la capital. En el Renault 4L no hay tirador para abrir las puertas desde dentro, solo un hueco para meter la mano y jalar del pestillo directamente. El “cuatro latas” no pasa de ochenta por hora. Suficiente para llegar a Madrid en la mitad de un día. Ninguna carretera permite ir más deprisa.

Delante, alternándose para conducir, dos hombres de piel gastada, Julián y Máximo.

Detrás, dos muchachos sin cumplir los veinte. Uno rubio de pelo largo, que se le riza sobre la nuca y debajo de las orejas. El otro, moreno.

A esa edad, cualquier viaje tiene muchas probabilidades de ser iniciático. Más aún si es la primera vez que dejas atrás la geografía de la infancia y de la adolescencia, incluidos tus padres.

Los dos muchachos callan, no tanto porque esos hombres sean extraños para ellos, sino para no perder detalle de cada palabra cruzada. Pero hay demasiada complicidad entre los dos de delante, y su conversación a veces es como un cristal transparente para los chicos: entienden todas y cada una de las palabras, pero no captan su sentido.

El viaje comienza con un largo crepúsculo, con el sol de frente por las llanadas de la Mancha. La noche que sigue sorprende a los muchachos por su frialdad. Es verano, pero las noches son cálidas en verano junto a la costa de donde ellos vienen, no aquí, en la Meseta. El rubio y el moreno duermen y despiertan con la profundidad y la vivacidad de los cachorros. En las paradas, pagan siempre los hombres. También invitan a fumar.

Cuanto más grande es una ciudad, más se diluye su periferia. Todos los pueblos encontrados por el camino comienzan y terminan con el nombre en un letrero enfocado por los faros del Renault 4. Siempre ha sido así: un pueblo, un letrero a la entrada, otro a la salida. Madrid no. Madrid se anuncia como una disolución del campo. Poco a poco, la carretera pasa a recibir la compañía de unos cables, de un tendido, de unas vías que discurren paralelas, se aproximan, se alejan. Edificaciones dispersas dan paso a naves, polígonos, y la carretera toma por primera vez aspecto de capital ensanchándose a dos carriles. Dos carriles: categoría de capital. En Alicante no hay carreteras de dos carriles. Solo alguna avenida en la capital.

El cielo se aviva de rojo y violeta por el retrovisor. Julián -Gómez del Castillo- conduce. Julián se parece a Urtain, el morrosco de Cestona: nariz grande, barbilla decidida y boca grande de labios finos. Que es, también, la máscara que se pone delante de los demás: del norte, franco, noblote, con empuje. Paternal con los chavales.

Julián interpela a los de atrás, a qué parte de Madrid. El rubio toma la iniciativa.

– Donde les venga bien. Nos da lo mismo.

– ¿No tenéis ningún sitio dónde ir, dónde alojaros? -los ojos de Julián están en el retrovisor.

– Buscaremos una pensión.

Máximo -Mata- mira a Julián, pregunta:

– ¿Tenéis dinero?

– Veinte duros. Aguantaremos hasta que cobremos el primer jornal -el rubio sonríe. Veinte duros son veinte paquetes de Celtas cortos. Le gusta exhibir que va por la vida con tan poco, aunque a la hora de fumar la tentación se le va al Bisonte, más caro.

– ¿Tenéis trabajo?

– Buscaremos mañana. Nos han dicho que es fácil encontrar en la construcción, que ahora hay muchas obras en Madrid -el rubio está a punto de añadir que sabe que la construcción es muy dura, pero que él ha trabajado con su padre en el campo y eso es muy duro también. Calla, por no hacer a menos a su compañero de escapada, que no ha trabajado nunca.

Máximo y Julián cruzan pensamientos. Habían aceptado llevar a dos chavales con todas las pintas de volar de casa, pero no imaginaban que irían tan a cuerpo gentil. Aunque ahora son otros tiempos. No lo tendrán tan difícil como ellos cuando tenían su edad.

El coche pasa el scalextric de Atocha y enfila Castellana arriba. Julián dice:

– Os puedo dejar un sitio para dormir unos días, pero antes del domingo tenéis que devolver la llave. Y mañana por la mañana tenéis que pasar por la Editorial para avisar que estáis en el piso, ¿de acuerdo?

El moreno se alivia. Le aterraba llegar a Madrid y no tener un techo donde refugiarse.

El coche arranca, y en la acera quedan diciendo adiós el rubio y el moreno, con una bolsa en la mano cada uno. El rubio y el moreno franquean el portal, entran al piso, que está en la planta baja. Dos literas metálicas, cuatro somieres con sus colchones de espuma. Ni una silla, ni una mesa, ni un hornillo de butano. Cajas de libros apiladas en una habitación. Una meada y a dormir.

De los muchos achaques que vienen con la edad, la falta de confianza en el futuro -realismo la llaman- es el peor. Porque todos los presentes son insatisfactorios, y sólo la esperanza de mañana los hace llevaderos, aunque sea una esperanza ilusa.

El rubio y el moreno pasan por la Editorial. Lérida, 80. La calle y el número están impresos en todos los libros y folletos que ellos han vendido en puestos callejeros. Un tablero, dos caballetes, dos cajas de libros, todos con su remite de Lérida, 80, Madrid. El moreno conoció al rubio en uno de esos puestos, uno delante y el otro detrás, como vendedor. Al moreno, estudiante, le sonaban las palabras de los títulos: sindicalismo, anarcosindicalismo, socialismo, autogestión, movimiento obrero. Palabras atractivas y peligrosas, pero no tanto como “comunismo”. El rubio tenía un gran interés por venderle otro: Ganarás el pan con el sudor del de enfrente. Era su libro, el que había leído. La segunda vez que se encontraron en el puesto de libros, el rubio le invitó con mucho sigilo a una “charla” en el desván de una casa parroquial. Poco tiempo después, el moreno estaba en el mismo lado del puesto de libros que el rubio. Lérida 80.

¿Habéis venido con Julián?”. Parece que eso, Julián, lo explica todo. El rubio pregunta, y les dicen que en el Puente Vallecas -línea uno desde Cuatro Caminos- están cogiendo peones.

El obrero remite al encargado, “el que lleva un casco verde”. El encargado, a los barracones de las oficinas, al otro lado de la carretera. En los barracones, uno con casco blanco levanta el brazo hacia un letrero que pone “OFICINA”. Dentro, el mostrador marca la línea de llegada.

El oficinista les pide la cartilla del seguro. Entre avergonzados y preocupados, confiesan que no tienen. “¿Primera vez que trabajáis?”. El rubio empieza a decir algo de su padre y la huerta, pero el oficinista no está para perder tiempo y reclama los carnets de identidad. “Mañana, a las ocho, aquí”, los despide.

Al día siguiente, después de firmar cuanto papel les ponen delante, el oficinista los manda de vuelta al encargado del casco verde. La mañana es limpia y azulona como la de cualquier día de agosto en la meseta. A la par que el sol, el polvo empieza a levantarse por todos lados, detrás de los hombres, debajo de los volquetes. El tajo no tiene principio ni fin, es una cañada de tierra desnuda que atraviesa la capital, una capital todavía de casas bajas y viejas, como cualquier pueblo de la Mancha. Los barracones parecen el centro de todo aquello, solo porque allí confluyen las rodadas de los camiones y de los dumpers, las que vienen de la izquierda y las que vienen de la derecha.

Junto a los barracones, unos paneles de madera, grandes como anuncios de carretera: “M-30”, “colectores”, “M.O.P.”, “Agromán, empresa constructora”.

El encargado del casco verde los conduce sin mirarlos, dándoles la espalda. Aquel océano polvoriento tiene un orden, allí hay islas, o más bien arrecifes. Zanjas, fosos como trincheras atestadas de tubos, de tuberías, ocupadas por castillos de hierro y madera, con su pequeño destacamento de hombres-hormiga parapetado. Los pasos del encargado del casco verde van seguros de una a otra, asomándose, mirando, hablando, preguntando, ordenando.

Por primera vez desde que llegaron a Madrid, el moreno y el rubio temen separarse. No son demasiadas las cosas que los unen. El moreno es tímido y habla con el acento y el vocabulario impersonal de las personas que tienen letras. El rubio tiene desparpajo, y exagera su pose macarra y achulada. Los unen las ochenta pesetas que les quedan del capital común que uno lleva en su bolsillo, y el paquete de tabaco que lleva el otro y del cual fuman los dos. Separarse ahora, aunque fuera por una mañana, sería como perder de vista un lazo salvavidas para bracear a solas.

Las paredes del zanjón son lo bastante altas para dar sombra todavía a la docena de hombres que se afanan alrededor de un monstruo de madera con costillares de hierro.

– ¡Eh, Capi! Estos dos son para ti -presentó el encargado.

Y se marcha antes de que un tipo delgado como un negro y negro como el carbón empiece a calibrar la palidez de sus pieles, sus manos sin callos, las gafas del moreno, la melena rizada del rubio y el aire cohibido de los dos. El que llaman Capi va en pantalón corto, y al cinto le cuelga un martillo y una bolsa con clavos como los de Cristo. En las manos, una barra de uña.

– ¡La madre que te parió, lo que me has traído! -el encargado lo oye, pero no se molesta en volverse- Primera vez que trabajáis, claro.

Los dos asienten. El rubio empieza a decir algo de su padre y la huerta, pero se corta.

– ¿Qué sois, estudiantes? ¡Maldita sea mi estampa! -escupe al suelo- Bueno, ayudar a aquellos a bajar los tablones -el Capi señala unos maderos apilados arriba, donde comienza la rampa de bajada al zanjón, y luego a un extremo del tajo, donde el hierro se entrelaza al aire, todavía sin la protección del encofrado.

Maderos. Tablones. Manual de uso para peones: si el tablón no es tan pesado que puede llevarlo uno solo, se debe afianzar por la mitad, en equilibrio, una mano a cada lado; para mejor levantarlo, cogerlo de un extremo e ir corriendo la postura hacia el centro.

El rubio y el moreno hacen un par de viajes cada uno con a cada tablón de los cortos, fijándose en los otros, dónde los llevan, cómo los apilan. La madera no huele a madera ni parece madera: es blanca como si el polvo hubiera infiltrado todos sus poros, y tiene adheridos pegotes de cemento.

Al cuarto viaje, uno de los peones le pide al moreno que enganche por el otro extremo un tablón de los largos, más de cuatro metros. Pesa. El borde astillado muerde la mano, la calienta. El moreno no sabe si sostenerlo en el aire o arrimarlo a la cadera. Nada más llegar a destino, el moreno suelta su extremo sin esperar a su compañero.

– ¡Me cagüen Dios, chaval, no vuelvas a hacer eso, la ostia!

Manual de uso: si el madero pesa demasiado, dos peones deben cogerlo, uno de cada punta; pero hay que mirarse a los ojos antes de dejarlo en el suelo; el primero lo debe hacer despacio, sin soltarlo de golpe.

Todo esto forma parte del arte del peonaje. Además, habría que añadir: cómo empujar una carretilla cuesta arriba, cómo sujetarla para que no se desboque cuesta abajo, cómo hacer funambulismo con una carretilla cargada hasta los topes sobre un tablón estrecho que hace de puente; el arte de hincar la pala en arena, en tierra con piedra, en grava y en hormigón fresco; cómo subir y bajar de la caja de los camiones; cómo se apilan los ladrillos, los sacos de cemento y los de yeso; y así sucesivamente.

El moreno no sabe qué decir. Tiene las manos enrojecidas. Vuelven a subir, vuelven por otro viaje, los dos, el moreno y el peón. Ahora el peón le da órdenes: levanta, pasa, arrima, baja. Cuando el tablero queda depositado, el hombre le anima por su buena disposición.

– Ya aprenderás, chaval, no te preocupes. Tú fíjate en nosotros -el hombre que le habla es un palmo más bajo que él, tiene la cara arrugada como una pasa, y unos dientes amarillos y grandes. Se tapa la cabeza con un pañuelo de cuatro nudos.

El moreno pregunta por la sed. El otro le señala un botijo oscuro de tanto sobarlo, a buen recaudo en la sombra. Esta vacío, apenas un chorrito ha salido.

– Pues tú mismo -le dice el otro, y le señala un barracón a lo lejos-. Deja correr un poco la manguera hasta que salga fresca. Y no te escaquees -le dice ya desde lejos.

El moreno no entiende que pueda haber sombra de sospecha bajo ese sol de injusticia. Pero sí, donde el barracón hay una manguera y un cubierto endeble que da sombra a dos bidones llenos de agua, para lavarse la cara y la cabeza y los brazos hasta más arriba de los codos. Dan ganas de quedarse, pero se siente esperado, vigilado. El barracón tiene un cuarto pequeño cerrado con candado, con un letrero que pone “ENCARGADO”, y otro largo, entreabierto, que pone “VESTUARIOS”. Dentro hay un banco corrido en el centro y muchos clavos en las paredes, de donde cuelga ropa, una ropa tan gris y ajada como la que llevan sus dueños bajo el sol, tan sólo menos enharinada de tierra y algo menos sudada.

El moreno desanda el camino. El botijo no pesa mucho al principio, ni aún recién llenado. Pero a los pocos pasos estorba en una mano y se lo pasa a la otra. Así, tres o cuatro veces.

Los peones acuden a recibirlo, porque el agua fresca es un derecho. El rubio se arrima, quiere beber, como todos, y rozarse con todos. El moreno le dice que ha visto los vestuarios para cambiarse.

– ¿Habéis venido a trabajar con la misma ropa? -le dice riendo el del pañuelo con nudos.

– Nosotros qué sabíamos -el rubio pone sonrisa de importarle todo un carajo, y se mira de la cintura para abajo, donde el agua derramada del botijo le ha mojado el pantalón-. Nos dijeron que viniéramos a las ocho de la mañana y nada más. Podía dar ropa la empresa.

– La empresa, sí -se ríe el del pañuelo-. Cuando eres fijo y llevas un año te dan un buzo. Pero nunca eres fijo. Aquí estamos por obra.

– ¿Por obra? ¿Qué es eso? -el rubio alardea de su ignorancia, pero saca el tabaco y ofrece.

– Pues eso, mientras dura la obra. Si tienes suerte, donde hacen pisos y te cogen desde las cimentaciones, estás dos años hasta que se echan los tabiques. Aquí, no habrá para tanto. Las zanjas las hacen con máquina, y lo demás ya ves: encofrar, echar hormigón, tapar y a otro lado.

El rubio pregunta a qué hora se para a comer, cuánto tiempo, a qué hora se sale, cuánto pagan, dónde se cambian de ropa.

El Capi les da voces, que arreen. El del pañuelo rezonga:

– La madre que te parió, sanguijuela. Venga, a mover. Y vosotros no hagáis caso a ése. Son destajistas -el del pañuelo echa a andar para arriba, a por más tablones.

– ¿Destajistas?

– Sí, ellos cobran por tarea hecha, nosotros vamos a jornal. Nosotros a lo nuestro, pero sin pasarnos, porque si no la pían a los encargados, ¿entiendes?

– ¿Qué hacen?

– Son ferrallas y encofradores -el del pañuelo no explica nada más. No explican lo que el moreno y el rubio tratan de entender: para qué servirá esa urdimbre de hierro y alambre que tejen los ferrallas con sus tenazas, y esa cesta de madera que construyen a su alrededor los encofradores con esos mismos tableros, planchas y puntales que ellos han estado arrimando. Tendrán que pasar unos días para que aquello cobre sentido cuando vean llegar las hormigoneras y verter su contenido dentro.

El sol pica y muerde. El moreno se quita a cada paso las gafas para limpiarlas del emplasto de polvo y sudor. Las manos, como si las hubiera metido en agua hirviendo, rojas como cangrejos. La camisa pegada al cuerpo.

Estar de pie, el mero estar de pie, cansa. Cuando dejan el último tablón en su sitio, el rubio se sienta sobre uno.

– Levanta, chaval, levanta -le dice el del pañuelo-. No te sientes nunca, aunque no tengas nada que hacer. Si te ve el encargado, te vas a la puta calle.

Un hombre delgado se asoma arriba y mira el zanjón. Lleva una carpeta y anota algo en ella. Se dirige a los de abajo:

– ¡Eh, vosotros!, ¿sois los nuevos?

Asienten. Es el listero. Todas las mañanas pasa de tajo en tajo, apuntando.

Nadie sabe dónde está la sirena, en algún punto indeterminado de aquella cañada de polvo y cemento, pero estremece cuándo suena, porque siempre se la espera, porque marca el comienzo o el fin del descanso. Es la hora de comer.

Los tres peones se recogen y se echan en el único lado donde hay sombra, la espalda contra el ribazo de tierra, enfrente el monstruo de madera y de hierro, con sus fiambreras y una bota con vino y gaseosa que han guardado fresca, bien envuelta en papel de periódico. El moreno y el rubio no han traído nada de comer. Les dicen. Allá a lo lejos, donde las casas bajas y viejas, encontrarán una tienda para comprar pan y algo de companaje.

– Por donde van aquéllos -y señalan las espaldas de los ferrallas y los encofradores, que apenas se han lavado un poco la cara y los brazos en el agua de los barriles, y ya van encaminados a la sombra, al vino fresco y al plato caliente.

– Esos, ¿no comen aquí?

– Esos comen de plato y sentados a la mesa, chaval.

El rubio y el moreno piensan lo mismo, que se irían a gusto a donde los ferrallas y los encofradores, pero que tienen el dinero justo hasta el sábado que les paguen, el dinero justo para el metro y el autobús, y para tabaco y poco más.

Van los dos, no quieren separarse, y juntos compran una barra de pan y un trozo de sobrasada, aunque abrirán el pan con la mano y extenderán la sobrasada con los dedos. El rubio le cuenta al moreno que los tres peones que están con ellos son de Socuéllamos, que se levantan todos los días a las cinco para venir con otros en una furgoneta a trabajar a Madrid. Y que llegan de vuelta a casa no antes de las diez de la noche. Mucho peor que coger una línea de metro y luego un autobús.

Cuando vuelven con los demás, uno dice:

– Hay camión de cemento. Ha llegado antes de la sirena, y está esperando al sol -y lo dice con un tono de espanto que asusta al moreno.

El rubio pregunta:

– ¿Cómo lo sabes? Yo no he visto ningún camión

– Está donde el Puente, lo ha dicho el del dumper. Ya verás, nos toca a nosotros.

La sirena suena cuando los ojos se adormilan y el cuerpo se aletarga y mejor sabe el cigarrillo. Todos se levantan callando y de malhumor, porque les espera el camión. Y así es, no tarda nada en llegar el encargado del casco verde.

– Cinco somos pocos -dice el del pañuelo.

– Tendréis que subir vosotros a la caja -dice otro al rubio y al moreno, que no saben que arriba se suben siempre los más jóvenes, porque arriba se machaca uno mucho más que abajo.

Pero cuando llegan donde espera el camión ya hay otros dos mozos. Uno de ellos está soltando las palancas y abatiendo los portillos laterales. El otro ya está subiendo a la caja, como si fuera a saquear aquel camión. Uno de los peones les da voces de que vayan tranquilos, que no se entusiasmen. Porque el ritmo que marcan los de arriba es el que tienen que seguir los de abajo. Y a los encargados les gusta la muchachada que quiere exhibir su fuerza y su juventud arriba del camión, machacando a los que ya de sobra están machacados.

El encargado ya ha contado los sacos y le firma el albarán al chófer y se va. Pasará más tarde, cuando estén acabando, a comprobar. El chófer se busca una sombra donde no le moleste nadie.

Los dos de arriba van arrimando los sacos al borde. El moreno y el rubio se colocan en la rueda que los va cogiendo y apilándolos bajo el cubierto con el arte de entrecruzar la fila de arriba sobre la de abajo, para que el montón no se desmorone por mucho que suba.

El moreno levanta los brazos hacia el primer saco. Intenta echarlo al hombro, como los demás, pero los cincuenta kilos de cemento se le desploman sobre la cabeza, le aplastan la oreja y le sacan las gafas de la nariz. Daría risa ver sus esfuerzos para andar los veinte pasos que hay hasta el cubierto sujetando el saco, manteniendo el equilibro y evitando que las gafas rueden al suelo. Daría risa, si no fuera porque los que lo ven cuentan con él para descargar el camión, que son veinte mil kilos, cuatrocientos sacos, algo menos de cien viajes, cinco mil kilos, para cada uno de los que están en tierra.

El cemento quema. El camión ha estado esperando al sol durante hora y media, y el papel quema como si en lugar de cincuenta kilos de polvo de cemento fuera una plancha ardiendo. Sigue la rueda de los cinco, del camión al cubierto, aplastados por el saco, y del cubierto al camión, aspirando bocanadas de un rebufo caliginoso, polvo de cemento a la hora de la siesta. El moreno y el rubio se cruzan la mirada agónica de quien no sabe si aguantará, si resistirá. Cada nuevo saco volteado es un triunfo, y los veintes pasos de vuelta desde el cubierto al camión son una tregua para respirar, aunque el aire queme y se mastique.

Los que están arriba son sólo dos, y por sus manos han de pasar todos los sacos, los veinte mil kilos. Al principio es fácil: el tajo está junto al borde y basta dejar resbalar el saco de la fila de arriba para que caiga derecho donde los otros amorrarán el hombro. Pero a las filas de arriba siguen las de en medio y luego las de abajo, y hay que agacharse. Y a medida que el camión se vacía el tajo se aleja del borde, y hay que levantar el saco a pulso y llevarlo hasta el borde para dejarlo caer con cuidado, dejarlo caer derecho, para que el de abajo pueda recibirlo en el hombro sin esfuerzo, solo volteándolo. Y dejarlo caer sin rozarlo ni romperlo contra los salientes metálicos del borde de la caja, las bisagras, los pestillos, porque el papel se rasga y el cemento se derrama encima del que lo lleva y el encargado se pone como un basilisco si ve que se ha roto algún saco, porque el reguero en el suelo no se puede ocultar y lo denuncia.

El suelo de la caja del camión es metálico y se vuelve resbaladizo por culpa del cemento. El camino desde el camión a la montonera registra cada huella, cada paso, con un molde de cemento y un revuelo de polvo de cemento. El aire de la tarde, que debería ser dorado como el fuego, es gris como el cemento. El cemento embadurna la cara con el sudor, entra por todo el pelo hasta la raíz, y cuaja dentro de las narices, y rellena los oídos y todos los recovecos de las orejas. El cemento se respira, tiene sabor y olor.

Al moreno se le escurre un hilillo de sangre por detrás de la oreja. Sangre que se ennegrece al fraguar con el cemento. Se ha quitado las gafas, tan sucias que no sirven de nada. El rubio resiste, quizás porque la azada de su padre le ha templado los brazos a su tiempo. El moreno boquea a cada saco. Ya ha pillado que echar bien el saco al hombro al cogerlo desde el camión es medio viaje. El otro medio, resistir los veinte pasos hasta el montón sin que el cuerpo se doble ni las piernas se aflojen. El sudor le corre por la cara, le ciega y le enciende los ojos.

Al moreno se le han escurrido un par de sacos desde el hombro, y los ha tenido que acunar con los brazos, como si fuera un bebé de cincuenta kilos. Al tercero, los brazos ya no pueden y tiene que venir la rodilla en su ayuda. El del pañuelo con nudos le echa una mano y entre los dos lo dejan en la pila, porque cuando un saco baja de los hombros hay que estar fuerte para tenerlo, pero cuando baja de la cintura es que uno ya no puede levantarlo.

– Chaval, quédate dentro del cubierto, donde el encargado no te vea. Quédate ahí -y los compañeros asienten. Queda medio camión, serán diez sacos más para cada uno, pero el chaval ha hecho lo que ha podido.

Y el moreno se queda a la sombra, en el cubierto. Se pasa las manos por la cara para quitarse el sudor, y no consigue más que restregarse el cemento. Limpia los cristales de las gafas con la vuelta de la camisa, y se queda con la patilla en la mano, rota por la bisagra. Vuelve a la rueda de los sacos, y a duras penas consigue llevar dos más.

El camión está vacío. El encargado, que ha calculado el tiempo, aparece para comprobar la faena. Los peones se quitan lo mayor del cemento en los bidones de agua, y se vuelven despacio, muy despacio, a sus tajos.

Un par de horas más tarde, suena la sirena.


El metro es irreal. Cuando llevas doce horas al sol y quemado por el sol, la boca del metro es el descenso a un infierno que es un paraíso. Los trenes son un lujo. Abren las puertas para pedirte que subas por favor. Y es lícito sentarse, aunque no haya ningún asiento libre para hacerlo.

El olor del metro, ese olor a cerrado, a humedad y a tren viejo, parece el de la civilización si se viene de descargar un camión de cemento a las tres de la tarde de un dos de agosto.

El rubio y el moreno solo han podido lavarse las manos y la cara. Llevan el cemento infiltrado hasta los calzoncillos, entre la camisa y el pantalón, por entre las mangas y camales, entre los botones más abotonados, en los pliegues de las orejas, en las raíces del pelo. No huelen como la pila de camisetas usadas que recoge el utillero de un equipo de fútbol. No viajan coronados de sal como el segador detrás de la mies o como el labrador detrás del surco. Van ungidos de cemento y sudor, aunque desde fuera se les ve simplemente embadurnados.

El rubio y el moreno se apalancan junto a una puerta, hipnotizados por el traqueteo, por esa sucesión de luz y oscuridad que es el paso de las estaciones: Puente Vallecas, Pacífico, Menéndez Pelayo, Atocha… Los pasajeros entran y salen, y se acomodan a una prudente distancia de ellos. Los rehuyen. En Sol, el vagón se vacía, y apenas sube gente de reemplazo. Una joven pasa junto a ellos, los evalúa con desconfianza, y se sitúa a tres metros, vigilándolos de soslayo. El rubio se siente observado. En otro momento, se serviría de cualquier pretexto que se le ocurriera para dirigirle la palabra. Ahora sabe que la chica está en guardia, prevenida contra ellos.

El rubio dibuja hacia afuera su sonrisa de galán de película, y hacia adentro una íntima satisfacción. Ha superado su primer día de trabajo, y piensa en su padre, que tantas veces le ha reprochado lo flojo que es para las faenas del campo.

El moreno tiene que arreglar las gafas. Si encuentra un alambre, lo pasará por la bisagra para sujetar la patilla. La herida en la oreja ya no sangra, ha hecho costra. Y mañana, no quiere pensar cuántos camiones de cemento llegarán para descargar.

De los muchos achaques que vienen con la edad, la falta de confianza en el futuro -realismo lo llaman- es quizás el peor. Porque todos los presentes son insatisfactorios, y sólo la esperanza de mañana los hace llevaderos, aunque sea una esperanza ilusa.

El tren llega a Cuatro Caminos. El rubio y el moreno bajan al andén, se orientan hacia la salida. Ahora tienen que coger un autobús.

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Jefe

Me asombra que mis recuerdos de cómo empezó todo me parezcan ahora tan triviales.

Me despertó el crepitar del móvil y el centelleo de las luces de la habitación. Cuando abrí los ojos, ya estaban apagadas. El resplandor en la ventana me alarmó. ¿Amanecía? ¿Me había dormido? Elisabeth no había llegado todavía. Miré al radio-despertador. Nada. Mudo. Ciego.

El olor me hizo saltar. Recorrí descalzo las habitaciones. Nada ardía. En el salón era más intenso, como si un rayo hubiera fundido todos los aparatos: televisor, DVD, cadena de música, parabólica, router… Sin acabar de contabilizar los daños, me asomé a la terraza.

El resplandor no era el del amanecer: era una luz verdosa, decolorada en el centro y que se volvía púrpura hasta enrojecer por los extremos. Cambiante. Como una aurora boreal.

En la calle, farolas apagadas. Un coche indebidamente detenido en medio del carril central. Dos personas a su lado mirando al cielo.

Traté de contactar con Base. El móvil, muerto. Y caliente, como si lo hubiera recogido del salpicadero al sol. El fijo, nada, silencio.

Y Elisabeth no había llegado. Salía de turno a las seis.

En ese momento lo supe. Aquel curso NBQ. Se nos había descrito este escenario puramente teórico, especulativo. Se había hecho realidad. Ahora. No, los generadores del Hospital no habrían arrancado. Nada funcionaría. Elisabeth tardaría mucho en volver.

Elisabeth me reprochaba mi aspereza. Yo, que más le valdría no traerse a casa el dolor de sus pacientes. Dos años tratando de encontrar motivos para no separarnos. Paradójico. Nos habíamos conocido el día de la matanza en la escuela. A mí me gustó la intensidad que ponía encima de cada herido, incluso la involuntaria crispación de su boca cuando lo que sacábamos era un imposible vital. A ella le debió impresionar mi control, mi eficacia. Eso me dijo.

En aquella clase NBQ no se nos dijo cómo debe reaccionar un ser humano. A veces tengo ocurrencias inapropiadas: me imaginé impartiendo esa misma clase, completando aquellos conocimientos con mi propia experiencia.

Inapropiado. Yo no era profesor en la Academia de Infantería, sino el Jefe de un hormiguero aplastado por un bulldozer.

Desayuné sin hambre. Había que hacerlo. La linterna de diodos no funcionaba. Me lancé escaleras abajo con un mechero y una vela. Un vecino volvía del garaje a tientas, como yo. Su automóvil no arrancaba. Al reconocerme, desató un chaparrón histérico. Me hubiera gustado poder explicarle que sólo una jaula de Faraday perfecta hubiera podido salvar nuestros artilugios electrónicos. No era el caso. Le ordené que recorriera todas las plantas hasta cerciorarse de que nadie se había quedado dentro de los ascensores. El más pequeño de los problemas que íbamos a tener esos días. Me obedeció, de la misma manera que podría haberse tirado por la ventana o haberse reído de mí. Cuando la incertidumbre es total, la gente obedece con facilidad.

En el trastero cogí una vieja linterna, la Glock-26 y la Beretta Nano. Mal sitio, un trastero como armero, pero mejor que nada. Elisabeth se negó siempre a que guardara un arma en casa.

El garaje olía, pero no había fuego. Mi coche no respiraba, claro. De todos los vehículos, sólo un Mini de época y un BMW-M3 de 1986 volverían a arrancar. Cogí la bici. Con ella al hombro, salí por las escaleras. La falsa aurora se apagaba, y tomaba su relevo el verdadero amanecer.

Las calles parecían secuencias de un anuncio extravagante: coches detenidos en lugares y posiciones inopinadas; grupos de personas atónitas; incendios -transformadores- que nadie apagaba. El agua… hoy sería la última ducha, pero sólo para los madrugadores. Las estaciones de bombeo de la red de suministro, ¿de dónde iban a traer repuestos para repararlas?

En la puerta del Hospital encontré dos guardias desorientados. Habían traído a un conductor para una alcoholemia y se encontraban en medio de un pandemónium: los servicios de mantenimiento disparando a tontas y a locas contra los ascensores, los generadores, las bombas de aire y las de oxígeno; la mitad de los pacientes, en el filo de la navaja; enfermeras y médicos, desquiciados.

Los mandé de vuelta a Base. Caminando.

Elizabeth no imaginaba que yo iría a verla en un momento como éste. La aparté al cuarto de enfermería. Me rechazó la pistola, como si yo estuviera desvariando. “Escúchame, Elisabeth, puede que ahora mismo esté a punto de caer sobre nosotros la bomba que acabe con todo. Más probable, pero no mejor, es que tanto ellos como nosotros estemos fuera de combate por un mutuo ataque de pulso electromagnético. Nada va a funcionar, nadie va a venir en nuestra ayuda ni hoy ni dentro de un mes. Los enfermos se te van a empezar a morir sin que puedas hacer nada por ellos. Deberíamos escapar en bicicleta a las montañas, con nuestras mochilas, para un par de meses, por lo menos. Tú no lo vas a hacer. Yo tampoco. Por eso quiero que cojas esta pistola. Porque pronto vendrá gente desesperada a robaros lo poco que os quede, y no habrá nadie que os pueda defender, porque no habrá policía para entonces. Porque ahora mismo ya no hay policía”

Cogió la pistola. Nos despedimos.

En Base encontré lo que esperaba. La emisora estaba achicharrada, negruzca, con restos de la espuma de los extintores. Las patrullas habían vuelto a pie, abandonados por sus vehículos. 

En la sala de relevos se cruzaban los que salían de servicio y los que iban llegando en un lento goteo, en bici o a pie, con la esperanza de encontrar allí, en Base, pautas y explicaciones que nadie les daba. Ni siquiera podían retirar el arma, porque los cajetines estaban bloqueados por las cerraduras biométricas.

Di orden de descerrajarlos. A los que terminaban turno, les conminé a quedarse, uniformados y armados. Obedecieron, claro. Obedecer era lo único con sentido que les quedaba.

Reuní en mi despacho a subinspectores, jefes de servicio y comisarios. Mientras acudían, me puse el uniforme. No lo llevo más que en los actos oficiales. Ahora tocaba.

El agua. Sólo conocía un lugar que dispusiera de agua al margen de la red de suministro, sin depender de las estaciones de bombeo: el Castillo. Nuestra atracción turística tenía otras ventajas: murallas, barracones, dependencias, pozo, patio de armas, posición estratégica sobre la ciudad. Mandé ocuparlo cuanto antes, adelantándonos a cualquiera que tuviera nuestra misma intención.

Mandé requisar de los supermercados alimentos no perecederos para mil personas y cien días; bicicletas; coches viejos, sin electrónica, los que se pillaran en el Depósito Municipal, en la calle, en cualquier lado.

Ningún mando desafió mis órdenes. La disciplina es un hábito que allana las situaciones más difíciles. Contaba, además, con la lealtad de muchos, convencidos ahora más que nunca de que necesitaban un jefe, y ése era yo. De unos pocos me constaba, y me consta, que arrastran los pies a la espera de una ocasión para apartarme. No perdonan que les mande un militar.

La medida más importante la quise comunicar a todos yo mismo en persona. Mandé formar y contar. Éramos doscientos once agentes de una plantilla de cuatrocientos. Al acabar la reunión, cuarenta más. Seguirían viniendo. En los momentos de dificultad, los hombres buscan las filas.

Desde ahora, estáis de servicio permanente”, les dije. “Descansaréis cuando se os ordene, y estaréis siempre a disposición del mando. Queráis o no, lleváis un uniforme, sois la policía. Ahora más que nunca es necesaria vuestra disciplina y sacrificio

Murmullos.

Dejamos Base, nos trasladamos al Castillo, ya lo sabéis. Pero hay más: los casados os trasladareis con vuestra familia, la mujer o el marido, y los hijos. Nadie más. Los mandos organizarán las rutas de traslado ahora mismo”

Lo esperaba. Un delegado sindical protestó que yo me estaba extralimitando. Sin contestarle, dije: “Jefe de Sala, retire el arma a ese agente”. El policía siguió dando voces. El Jefe de Sala le requirió el arma. Él la entregó, pensando que se iría a casa. Lo mandé encerrar en el calabozo.

Esa noche dormimos en el Castillo. Las familias acabaron de llegar al día siguiente.

Durante unos días, mantuve un retén cerca del Hospital del Elizabeth. Cuando supe que los enfermos morían por decenas y no había quien se ocupara de enterrarlos, la hice traer. Y un lote generoso de material sanitario. Nosotros también necesitamos médico.

Los uniformes se mantienen ajados, sucios. La disciplina también: ajada, sucia. No puedo controlar todo lo que hacen mis guardias fuera del Castillo, cuando salen de requisa. Las leyes que teníamos que hacer cumplir han caducado, ni existe tampoco la autoridad que me nombró. Pero mis órdenes se cumplen, y eso es lo único que importa.

El sindicalista ayuda ahora en la cocina y la limpieza. Fui generoso: lo llevé a la puerta del Castillo y le di a elegir, dentro o fuera. Se quedó en el Castillo.

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No preguntes

Había tecleado Barbe Azul y en lugar de respuesta recibió una sugerencia: quizás quiso decir Barbie Azul. Tiró del gancho inesperado y acabó en un foro de literatura infantil donde parloteaban el Capitán Garfio, Blancanieves, el Gato con Botas, Cenicienta y también algunos otros que no habían querido vestirse de personaje de cuento para la ocasión.

Si hubiera estado urgido por una fecha para la entrega del trabajo, hubiera pasado de largo ante aquella cháchara más distractiva que interesante. Pero aquel nick, Barbie-Azul, posteaba cuchillas de afeitar. Su avatar le intrigó. Una foto, un gesto incierto. La cara desviada detrás de una cascada de rizos oscuros. O quizás sólo estaba encaminada hacia alguien muy pequeño que tiraba de su mano. Pensó en un niño, por aquello de ponerle una sonrisa y darle un destino. Completaban la careta unas gafas de sol como el antifaz del Zorro, sobre una nariz afilada.

Se esconde y se muestra. ¿Por qué?, se preguntó.

Completó su registro en un minuto apresurado. Solo tuvo un momento de duda a la hora elegir ese nombre que te oculta y a la vez te presenta. Cuando finalmente tecleó la penúltima palabra que había consultado en la red, se sintió coherente: Psique le había llevado a Barbie Azul. Satisfecho, se sumergió en los hilos y dejó un par de notas sobre Andersen en un debate acerca de El cuento de Navidad de Dickens. Todo para encontrar ocasión de enviarle el primer privado.

PSIQUE: ¿Por qué te llamas Barbie-Azul?

BARBIE-AZUL: No preguntes….

Él insistió. Ella le hizo de espejo:

– ¿Psique?

– Porque soy enamoradizo y de fácil embeleso -dijo, fingiendo que no decía la verdad, y después se arrepintió de haberse desnudado tan deprisa.

– Llévate cuidado -le contestó ella- Hay mucha loba suelta, caperucito.

Fue él quien mencionó la Semana del Libro Infantil en Guadalajara. Ella la que comentó que vivía cerca. Y él quien se atrevió a decir que no le importaría acercarse para verla con ella. “¿No tienes miedo al lobo?”, preguntó ella. Y él respondió in extremis “¿Sabes si ronda alguno?”, a punto de confesar que le gustaría ser devorado.

Cuando hablaron por teléfono, la voz de ella sonó más rigurosa de lo que esperaba. La suya propia, tan azorada que se olvidó de las zalemas que había urdido. “Hola, Barbie”. “Hola, Psique”. Quedaron para el sábado por la mañana. Él le pidió una seña, cómo iría vestida, en qué puesto de la feria, a qué hora exacta. Ella le volvió a repetir: “No preguntes”.

Su avión era tempranero. Le dio tiempo de ver la exposición de arriba abajo varias veces antes de la hora que ella le había anunciado como probable. Compró una edición de cuentos infantiles japoneses, y se la hizo envolver en papel de regalo. Un rato más tarde, empezó a seguir con la vista a todas las morenas que pasaban. Cuando tuvo la certeza de que ninguna de las que había dentro del recinto podía ser ella, se situó de plantón en la entrada principal, seguro de reconocerla cuando llegara. Cerca de mediodía, ya cansado de esperar, marcó su número: apagado o fuera de cobertura. Se marchó a comer con el regalo en la mochila, y la convicción de estar haciendo el ridículo si seguía esperando que ella le llamara siquiera.

Largo rato después, tumbado en la habitación del hotel, timbreó el teléfono. Era ella: “Lo siento. No he podido avisarte. Te recojo a y cuarto”.

A y diez, él ya estaba en la puerta del hotel, en la acera. Esperaba que ella apareciera en coche. Le tocaron por detrás:

– ¿Raúl?

Al darse la vuelta, se encontró delante de una mujer que correspondía exactamente con la foto del avatar, hasta en las gafas de sol estrictamente innecesarias en un día nublado como aquél. Pero nada de lo que siguió después fue ninguna de las dieciocho variantes que Raúl había imaginado. Ella le dio la mano, estableciendo una distancia física inesperada. Siguió un incómodo silencio, tal como ocurrió la primera vez que hablaron por teléfono. Al igual que entonces, ella no se lo puso fácil y aguantó callada. Por fin, Raúl sacó el regalo de su mochila, nada convencido de que tuviera que agradecer algo y bastante seguro de hacer el idiota. Ella lo abrió.

– Oh, gracias -portada y contraportada, y sin ojear el interior lo guardó en el bolso- . ¿Qué hacemos? ¿Te apetece ir a algún lado?

– No has visto la exposición. ¿Quieres que vayamos?

– ¿No te importa volver? Me temo que esta mañana te habrás aburrido de verla. Lo siento, ya te dije que no te podía dar una seguridad de cuándo podría aparecer por allí.

Raúl no preguntó. Se había acostumbrado con ella a no preguntar. Cuando él le había dicho que trabajaba en un centro coordinador de bibliotecas de la Junta, y que se encargaba en particular de todo lo que tratara de literatura infantil, ella no había correspondido suministrando información equivalente. Cuando la interpeló abiertamente “Y tú, ¿en qué trabajas?”, casi esperó oír de nuevo aquello de No preguntes. Le dijo que era funcionaria. “Yo también”, pensó él que podría haber contestado.

Caminaron hasta la exposición, a pocos minutos del hotel. Quien se hubiera tropezado con ellos, hubiera pensado en una pareja perfectamente equilibrada, los dos por encima de los treinta. Él, con su melena agrisada, sus gafas de profesor y una mochila a la espalda de reducido tamaño comprada en la sección de complementos para la mujer de El Corte Inglés. Ella, con un conjunto de cazadora y pantalón que no llamaría la atención en un mercadillo callejero ni en el vestíbulo de un hotel de lujo; unas zapatillas azules con suela de goma blanca, ribeteado rojo y cordones blancos cuidadosamente trenzados; y un bolso no muy grande, pero que tensaba las correas como si dentro llevara mucho más peso que el libro que le habían regalado.

Él hizo de cicerone, de puesto en puesto, en una exhibición de conocimientos editoriales y literarios con los que trataba de empujar la conversación. Al final, cansado de no tener eco, decidió callar. Y lo hizo tan súbitamente que ella se sintió sorprendida mirando los techos y las paredes. Dijo entonces ella la única frase convencional, de relleno, que se había permitido en toda la tarde:

– La verdad, este palacio es de cuento, no podían haber elegido otro sitio mejor.

El gancho tiraba de sus conocimientos eruditos sobre el Palacio del Infantado. Lo desdeñó. Se preguntó cuánto tiempo llevaría viviendo en Madrid una persona que parecía que visitaba por primera vez este edificio tan conocido. Se preguntó a dónde llevaba esta cita estúpida, qué estaba pasando, por qué aquella persona había aceptado su propuesta de conocerse si en realidad en ningún momento había hecho el gesto siquiera de quitarse las gafas de sol.

– Sin gafas de sol lo apreciarías mejor -Raúl ya no trató de disimular su irritación.

Ella se quitó las gafas. Se le quedó mirando fijamente y le dijo:

– ¿Mejor así?

Raúl le devolvió la mirada, recorriendo sin pudor alguno todos los rasgos de su cara. Sin maquillaje, sin rastros de depilación en sus cejas, sin más adorno que unos discretos pendientes en las orejas, apenas visibles tras la cascada de sus rizos.. No es una mujer guapa, pensó, pero sí de esas que por su carácter pueden imprimir una gran personalidad a sus rasgos. Si se supiera cuál es su carácter, remató el pensamiento.

– Pensaba que esas gafas eran el gabinete de Barbie Azul.

– Todas tenemos nuestra parte oscura, hasta las caperucitas más candorosas.

– ¿Sabes que Barba Azul es el cuento clásico que menos se ha reproducido después para uso infantil?

Ella sonrió:

– No me extraña, pobres niños. ¿Has pensado que voy a invitarte a cenar y que luego te descuartizaré?

Y al decirlo, se aproximó a él y le cogió de un brazo con las dos manos. Raúl se derritió.

– No sé si me estás seduciendo o asustando.

– ¿Qué crees?

– No me lo digas. Acepto cualquier cosa, siempre que no te pongas las gafas.

Rieron.

Aquella tarde y aquella noche él se acostumbró a la caricia ronca de su voz, a la sonrisa estirada de sus labios, al contorno de su cara sin cortinas ni máscaras. Y ella se envolvió poco a poco en el deleite que él le reflejaba. No ocurrió nada más, y se despidieron hasta el día siguiente en el museo de cera.

Esta vez fue ella la primera en llegar, y la que le guió por la galería del crimen y la sala de los horrores, entre descuartizamientos, empalamientos, instrumentos de tortura y ejecución.

Cuando acabaron con ellas, él sintió que le cogían la mano y tiraban de él.

– ¿Adónde vamos?

– A casa.

Tres horas después, ella lo dejaba en el aeropuerto. Tres horas que repasó y recordó durante el vuelo, y esa noche al acostarse, y muchos momentos al día siguiente y en los días que siguieron.

Cómo no recordar. Al salir del museo, nada más subir al coche, ella le había propuesto que cerrara los ojos.

– ¿Por qué?

– No quiero que sepas donde vivo.

– ¿Es un secuestro?

– Voluntario. Tú lo aceptas.

– ¿Y si te engaño y te digo que cierro los ojos, pero miro de vez en cuando?

– Me daré cuenta y te bajaré del coche.

Y él había aceptado. Ella dejó su mano sobre su muslo mientras conducía, entre cambio y cambio de marchas. Él correspondió acariciando su nuca por debajo de sus rizos. Entraron en un edificio con un ascensor de muchos botones que los llevó directamente desde el garaje hasta el piso. Mientras subían, él hundía la cara en su cuello y su pelo, y veía reflejados en el espejo la espalda de ella y sus rizos morenos.

Desde el primer botón y la primera cremallera lucharon entre ellos por imponer un modo, un tempo. Él prefería acariciar sus pechos entre la blusa desabrochada y el sujetador a medio quitar, que desnudarla de cintura para arriba en un santiamén, como si fuera la consulta de un médico. Ella, en cambio, buscaba algo ansiosamente, como si no hubiera tiempo para hacerlo todo antes de la hora del avión. Cuando él se agachó a sus pies para quitarle el pantalón, ella misma se bajó la braga, y levantó primero un pie y luego otro para librarse de ella. Él protestó:

– Oye, eso no se hace. Quitarte las bragas me toca a mí.

La sonrisa de ella fue la de quien entiende una broma, pero no tiene tiempo para ellas.

El buscó, deseaba una fusión lenta. Ella lo apresó con los talones y le marcó el ritmo. Forcejearon, él tratando de contenerla, ella poseída por un estro furioso de ojos cerrados y cabeza girada a un lado y al otro. Hasta que él cedió, se dejó llevar, admirado de aquel frenesí. Cuando hubieron terminado y ella se dio la vuelta, él se entretuvo en buscar su mirada y recorrer su cuerpo como quien acaricia una joya. Pero ella le seguía rehuyendo. Al cabo de un rato, ella dijo:

– Se hace tarde. Tienes que coger el avión -y se levantó ya hasta la cómoda, cogió una braga nueva y un sujetador y entró en el baño.

A Raúl le pareció que en aquel cajón, entre la ropa interior, asomaban unos grilletes dentro de una funda negra, de cuero o de plástico.

Pero no fue aquel detalle lo que más le dio que pensar durante los días que siguieron. Ni los títulos de los libros de su escueta biblioteca, que parecían escritos para documentar las salas del museo que habían visitado.

Ella no se entregaba. En la situación más íntima, seguía rehuyendo el contacto profundo con la otra persona.

Por eso, no le extrañó que el mensaje que le mandó al llegar a casa no tuviera respuesta. A la mañana siguiente, escamoteó un par de horas en su trabajo para redactarle un largo correo que luego no envió porque el instinto le dijo que tantas palabras no eran oportunas.

Al final le mandó otro, más banal y ligero, en el que no pudo evitar incluir una frase ardiente.

Amor a ciegas. Si perdiera la vista, me bastaría tener tu cuerpo delante para ver todo lo que necesito”

Y dejó que fuera ella, en las siguientes respuestas, la que marcara el tempo.

Quince días más tarde volvió a Madrid, ya sin reserva de hotel. Ella lo recogió en el aeropuerto. Al abrazarla, él notó el hierro debajo de la axila.

Tranquilo, es una pistola.

– ¿Pistola?

– Soy policía.

– Y yo voy preso a la cárcel de tu amor.

– No. Sólo detenido por setenta y dos horas. Te dejaré en libertad sin cargos.

Triste libertad, cuando ella volvió a llevarle al aeropuerto. En la distancia, él aprendió a conocer sus caóticos turnos de trabajo por sus apariciones a deshoras en el messenger, o la premura o la demora con la que respondía al teléfono.

El perseveró todos los fines de semana, a pesar de que ella tenía muy pocos libres. Una mañana veló su sueño hasta el comienzo de la tarde, y una tarde encadenó tres películas en el mismo cine mientras ella trabajaba. A él le gustaba saber, después, que habían detenido a un maleante, recogido a una mujer en medio de la noche o devuelto a un niño al hogar de donde se había escapado. Se imaginaba sus manos de caricia enseñando la placa o poniendo los grilletes; su voz, que ya le parecía de miel, dando órdenes con la autoridad inapelable del amor.

Como un animal arisco, receloso, que poco a poco se va acostumbrando a que lo toquen y a que lo cojan en brazos, ella fue acostumbrándose a la presencia de Raúl a su lado. A abrir los ojos sin sentirse inerme. A dejar que él recorriera su cuerpo sin prisas. Una mañana, despertó abrazada a él.

Una tarde, al recogerla a la salida de “Base”, como ella decía, se acercó demasiado a la puerta. Tanto como para asistir al ritual de las despedidas entre compañeros de trabajo: ”¿Vienes mañana, María?”, decía uno con el cuerpo en escorzo y la mano levantada en un adiós. Se acercó demasiado, tanto como para acabar enredado tomando unas cañas con dos compañeros de ella. El que se llamaba Nacho dijo: ”Venga, María, preséntanos a Psique”. Supo que Nacho y ella patrullaban juntos por los foros en busca de pederastas, y que Nacho había sido testigo de los primeros privados cruzados entre él y ella. Sí, se había acercado demasiado: tanto como para sentirse demasiado lejos y fuera de aquel mundo, que era el mundo de ella, su otra vida más allá de sus encuentros de fin de semana.

Ella no acusó recibo de nada, ni entonces, camino de un teatro en el que él fue espectador ausente, ni después, camino de un piso que a él le intrigaba tanto ya como el castillo de Barba Azul. O quizás si. Quizás ella percibió que lo que hasta entonces había sido un contraste encantador en la cómoda de su habitación -la ropa interior femenina junto a la sobaquera con funda para la pistola, los grilletes y un cargador-, ahora empezaba a ser un demonio para él. Que él empezaba a desvariar sobre sus noches de trabajo a bordo de un patrulla camuflado, el recorrido nocturno por el Madrid del vicio y de la bronca, con muchas pausas, muchas esperas en lugares discretos, muchos Nachos.

Aquella noche el encuentro entre las sábanas tuvo un punto amargo para él. Quizás para ella. Ninguno de los dos lo hizo patente. A la mañana el teléfono sonó para avisarle a ella que debía presentarse en Base con urgencia. “Serán dos horas. Aún tendremos toda la tarde para nosotros”, le dijo mientras se enfundaba los vaqueros, un jersey ceñido y la funda sobaquera debajo de la cazadora. “Vale, ¿te espero aquí?”. “Sí, mejor”. El se quedó mirando la pistola y los grilletes. “¿Me dejas el ordenador y miro que está pasando en el foro? Hace días que no entro”. Ella retuvo el aire antes de contestar.

Vale. Te apunto la contraseña. Sólo te pido una cosa: no fisgonees en mis cosas”.

Sin decir nada más, la sola mirada añadía: “Ni se te ocurra

Y no lo hizo al primer intento, ni en la primera media hora. Sólo tras leer algunos diálogos del foro, se imaginó a Nacho de patrulla por la red. Vio el avatar de Garfio, el de las réplicas cómplices con ella, siempre presente en todos los hilos, siempre ocurrente, y cabaló que otro Nacho podría estar detrás de él. Que los dos, cada uno a su manera, pudieran ser algo para ella. Y el puntero del ratón navegó impulsado por sus celos entre Mis documentos, Mis imágenes, Mi música, hasta encontrar aquella carpeta que si hubiera puesto Mis amantes, no hubiera sido más obvio. Cada subcarpeta, un nombre. Y dentro…

Dentro.

Cuando decidió apartarse de aquel infierno, el seísmo de grado nueve que había revuelto sus sentimientos, seguía replicando sin parar. Cerró la sesión, apagó el ordenador, preparó un café, encendió un cigarro, todo a la vez y a trompicones. Fue entonces cuando llamó ella para decirle que volvía ya, que sólo tardaría un poco más. Que ella concluyera con un “Te pasa algo. A ti te pasa algo”, no fue sabiduría policial sino, a lo más, instinto o experiencia de amante. El negó con ofuscada vehemencia, atisbando ya lo que iba a ocurrir en cuanto ella regresara. Pues conocía al dedillo la trama del cuento elegido por ella. Y en ese cuento, era imposible limpiar la llave de la sangre que la manchaba, de la sangre que delataba que la puerta prohibida había sido traspasada.

Sangre.

En la hora que siguió, él peleó con su sangre. Porque quería seguir habitando aquel castillo. Porque no quería huir, no quería que le expulsaran, no quería ser una carpeta más, cerrada, dentro de otra carpeta dentro de Mis documentos. Quería ser la carpeta abierta, la única que importaba.

Se oyó el ascensor llegando al rellano. La llave en la cerradura. Entró ella, con la expresión de quien llega a casa y le espera algo mucho peor que el trabajo del que se libera. El salió de la cocina, despacio, a su encuentro. “Has mirado, ¿verdad?”, decía ella. Pero él ya le decía “No preguntes…”. El ya le decía: “Date presa y no preguntes…”.

Más tarde, los dos frente a frente, sin más luz entre ellos que sus cuerpos desnudos, se repetían con el lenguaje de los besos: “No preguntes…”.

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Unabomber en El Corte Inglés

Si de verdad le interesa lo que voy a contarle, señor juez, lo primero que querrá saber es dónde nací, quiénes fueron mis padres, cómo fue todo ese rollo de mi infancia. El caso es que mi primer recuerdo, aunque a usted le parezca imposible para un niño tan pequeño, son los viajes a la guardería. Mi padre o mi madre o alguno que pasaba me cogía en brazos y me llevaba corriendo al jardín de infancia. Era divertido, todas aquellas carreras saltándonos los semáforos en rojo y alguna vez parándonos a hablar con la policía que iba en moto. La vuelta también era así, venían a recogerme mi madre o mi padre la mayoría de los días, o la madre de otro niño. Una vez, no vino nadie y las cuidadoras llamaron por teléfono y me llevaron a casa en un coche con pirulos en el techo. Era emocionante.

Cuando llegaba a la guardería me cogía en brazos una chica mullidita, y me daba un par de besos. Luego, la chica se decía adiós con el que me había llevado, y seguía abrazándome y dándome palmaditas en la espalda mientras disparataba a mi padre o a mi madre que salían por la puerta. Yo no entendía las palabrotas que decía, pero si tuviera que imaginar cuáles, pondría de puta y cabrón para arriba. En cuanto mis padres desaparecían de la vista, me ponía en el suelo y ya casi ni la veía en todo el día, con lo mullidita que era.

Desde entonces, no puedo con las palmaditas. Sé que son como un caramelo, pero no puedo. Pienso que me van a dejar en el suelo y ya no me van a coger. Como si te dieran un bombón de chocolate antes de quitarte la caja entera.

Después mis padres empezaron a pelearse por cuál de los dos me cuidaría mejor. Todas las semanas nos juntábamos los tres en un sitio, y venía otra persona para ver lo mucho que me querían. El que me llevaba traía cara de que le habían hecho un bollo en el coche cuando estaba aparcado y se habían marchado sin dejarle tarjeta ni número de teléfono. El que me recibía me daba un achuchón de los de asfixiar y me llenaba la cara de babas. Y palmaditas en la espalda, claro. Claro que si la asistente social no estaba o se daba la vuelta, los dos se ponían muy serios y se decían cosas que yo tampoco entendía, como las que decía la cuidadora. Cuando me contaron aquel cuento del barquero, la cabra, el lobo y las coles, lo cogí en seguida, porque era igual.

Cuando estábamos en su casa, mi padre me ponía la caja de las chocolatinas delante de la tele y veía dibujos animados hasta que me dolían los ojos. Era genial. Con mi madre era peor, porque ella vivía con otro tío que no me dejaba ver la televisión. Ese tipo decía que yo era muy pequeño para ver tanta tele, pero en realidad es porque la quería siempre para él, aunque no hicieran fútbol. Además, también me daba palmaditas en la espalda, y a veces, también en las mejillas, más fuerte.

El colegio era peor. En casa de mi madre solo me decían lo que no debía hacer, pero en el colegio además te dicen también lo que tienes que hacer. Los profesores, que los hay a patadas, no paraban de decirte que estudies, que te sientes, que te cambies de ropa, que corras, que no corras, que no hables, que no te muevas del pupitre, que no mastiques chicles, que no mires por la ventana. Y palmadita en la espalda. Los compañeros de clase, también: que no estudies, que les pases los apuntes, que les chives las preguntas en el examen, que juegues con ellos, que no juegues con ellos. Y palmadita o puñetazo.

Cuando llegué a la Universidad tuve una novia muy guapa y con unas tetas grandes, como la chica de la guardería. Era pelirroja, y ya se sabe que todas las pelirrojas son mentirosillas. Yo la quería a rabiar. Una noche que me había dado plantón me dijeron que la habían visto con otro tipo en su coche y no me lo quiso reconocer. Puede ser que se equivocara el que la vio pero no me parece, porque pelirrojas hay pocas y yo sé que ella flipaba con los coches deportivos, como el de ese tipo. Otra vez le miré el móvil y tenía muchos mensajes guarros y solo dos eran míos. Se lo dije, y me lo negó mientras los iba borrando con el pulgar, y después me daba el teléfono para que comprobara que no tenía ninguno. Las pelirrojas son así, pero mucha culpa la tienen los móviles. Sin ellos, la gente mentiría la mitad. Te juran que estaban sin cobertura, y lo tenían apagado o estaban hablando con otro o no han querido coger tu llamada.

A veces pienso que el color de su pelo no tuvo nada que ver, que la culpa fue de su móvil. ¡Qué guapa era! ¡Qué tetas! Y además, nunca me dio una palmadita en la espalda, que es lo que más odio.

Me gustan los números porque son exactos, no se cambian solos así porque sí y te dicen de donde vienen y qué puede pasar después. Cuando acabé la carrera, me puse a trabajar de auditor interno en El Corte Inglés. Yo no había estado nunca en un Corte Inglés, en mi pueblo no han puesto todavía. Me pareció genial, todo lleno de cosas bonitas. Yo lo mismo estaba una temporada en Castellana que en Princesa o Pozuelo. El Corte Inglés está en todas partes, pero lo mejor es que todo todo está dentro del Corte Inglés. Cierto que yo lo veía todo reducido a números, unidades de stock o importes de compra o venta. Pero en cuanto levantaba la vista me sentía envuelto por el brillo de los escaparates, la suavidad de la lencería, el glamour de la planta baja, la energía de las máquinas de fitness, o la elegancia de la ropa y los complementos.

Lo que más me gustaba son las escaleras. Te llevan en palmitas, planta arriba y abajo, como una alfombra voladora por el mundo. Sales de infantil y veinte segundos después has cambiado de ambiente y te encuentras en deportes o en la librería.

Un día, comprobando el arqueo de caja de la sección de complementos para caballero, conocí a Laura, una morena estupenda, superelegante. Si hubiera sido pelirroja, me lo hubiera pensado y quizás no le hubiera ayudado con los números, y es que además tampoco tenía sus tetas. Era como la chica del anuncio de primavera-verano, muy guapa, pero flaca como un conejo despellejado. Cuando la invité a tomar algo en la cafetería del último piso, no se lo dije exactamente así, solo que se parecía a la modelo.

Meses después nos casamos. Congeniábamos estupendamente: yo me encargaba de los números, solo de números, y ella de las compras, de todas las compras.

Laura eligió el adosado en Torrelodones. Su jefe de sección vivía allí, y nos dijo que en diez minutos llegaba de casa al centro de Pozuelo donde trabajaba. Laura iba a dejar de trabajar después de la boda, pero como dijo ella: tener cerca un Corte Inglés es siempre una cosa buena.

El adosado fue lo único que no pasó por nuestra tarjeta de compra del Corte Inglés. Todo lo demás lo financiamos con ella en cómodos plazos: el traje de novia, mi traje, la cocina, el salón, el dormitorio, los baños, la lista de bodas, y hasta el viaje de novios a Cancún. El hotel tenía un aire acondicionado excelente, como el del Corte Inglés, que es el mejor del mundo. Y la playa, era tan genial que si se pudiera poner una réplica en la terraza de cada planta, por encima de la cafetería, se venderían muchos bikinis. El avión también tenía muy buen aire acondicionado, pero hacía mucho ruido.

A la vuelta, un repaso a los números me puso en trance de pedirle a mi cariñito el primer sacrificio de nuestro matrimonio: que pospusiera el dejar de trabajar hasta que viniera el niño. ¡Con qué resignación lo aceptó! Así ahorrábamos compartiendo el coche. Si a mi no me tocaba trabajar en el centro de Pozuelo, ella iba con su jefe de sección. Cuando íbamos juntos, a la vuelta aprovechábamos para traer las compras. Porque un adosado tiene mucho sitio para llenar. No había semana que no volviéramos con un cuadro, una alfombra, un par de detalles para el baño. Sin olvidar los complementos, la vida no es solo casa. Laura era tan buena ama de casa que siempre conseguía aprovechar el desplazamiento para traer algo necesario: un bolso, otro bolso, ropa interior para otoño, ropa interior para primavera, cajas organizadoras para poder comprar más cosas y meterlas debajo de la cama.

Nuestra casa parecía sacada de una esquina de la quinta planta, sección hogar. El recibidor olía como la planta baja. Casi echabas en falta ser recibido por una cortina de aire vertical, o una escalera mecánica para subir a los dormitorios. Laura estaba siempre tan encantadora como cuando yo la conocí trabajando en su sección. Me llamaba “cariñito”. “Cariñito” me decía, “¿has visto los nuevos toalleros de la sección de menaje?”.

Dos años después seguíamos igual, devolviendo al Corte Inglés el importe íntegro de nuestros sueldos.

Un día, repasando una factura de su teléfono, descubrí un número que se repetía demasiado. No le pregunté con quien hablaba tanto. Ya lo había hecho una vez con la pelirroja y no sirvió para nada. No sentía celos, solo curiosidad. Y no sé por qué, aquella noche le cumplí, algo que hacíamos cada vez con menos frecuencia, porque el esfuerzo de llevar los números en casa y en el trabajo me agotaba. El caso es que cuando ella puso cara de traspuesta, supe de pronto de quien era el número de teléfono: el jefe de la sección, un tipo de ésos que quiere parecerse a los anuncios de ropa de caballero del Corte Inglés. Usted dirá, señor juez, que cómo es posible saber eso así, de pronto. Pues porque siempre me ponía la mano en el hombro cuando le revisaba las cuentas. Cuestión de números. Nunca me engañan aunque me den palmaditas en la espalda.

Justo recién terminado el polvo, me entró un sudor frío: ¿cuál era el valor promedio de la compra a precio venta público quince por ciento descuento empleado en la sección de premamá y de bebés? Realicé una proyección de futuro a grandes cifras, pasando por el bautizo, la comunión y la boda del retoño o retoños que vinieran. Toda mi vida trabajando para El Corte Inglés, pagando la cuenta acumulada en nuestra tarjeta de compra conyugal del Corte Inglés, y el beneficio de todo ello lo disfrutaría un jefe de sección del Corte Inglés con caspa en los hombros de la americana, cada vez más barriga y menos pelo.

Aquella mañana quise tirar, quitarme, esconder las alianzas matrimoniales. Pero lo que me ataba a ella era otra cosa: la tarjeta de compras compartida. Si mi matrimonio tenía un plazo de devolución gratis, sin gastos y sin preguntas, ese plazo ya había expirado. Ahora solo podría librarme de ella con gastos. Aquella mañana la pasé haciendo números. Un divorcio a buenas, ochocientos euros; a mala cara, dos mil quinientos por lo menos. Lo malo era la hipoteca. Estaba seguro de que ella conseguiría quedarse con la casa y yo seguiría pagándola. Lo había leído, que le pasó a un notario, y si a un notario le pasa eso, a un empleado del Corte Inglés más aún.

La casualidad, que no da puntada sin hilo, quiso que aquella tarde atisbara a mi antigua novia, la pelirroja, en el mostrador de los móviles. Me quedé embobado, mirándola, y repasando en la mente todo lo ocurrido desde que nos dejamos. ¿Cómo pude ser tan tonto de abandonar unas tetas de verdad por otras que cuando las apretaba hacían clink-clink como una caja registradora? Que alguna vez echó una cana al aire con otro, eso le pasa al más pintado, sobre todo si es pelirroja. Y además, todo era culpa de los móviles, y quizás con una buena tarifa y un cambio de compañía se podría arreglar. Me fui derecho a por ella:

Hola, Conchi, ¡qué guapa estás! Cuánto tiempo…

¡Juanito…! muá, muá. Me arrimó las tetas ¿Qué haces tú por aquí?

Trabajo aquí. ¿Y tú?

¡Qué casualidad! Yo también. He empezado hoy.

Lo pensé después, lo planeé después. Pero lo supe entonces: había llegado el momento de dar aquel berrido que no me salió cuando me llevaban a la guardería.

Empecé echando bombas fétidas y polvos picapica a la salida de los filtros del aire acondicionado. El público, en lugar de espantarse, lo encontró divertido y aumentaron las visitas. Puse tachuelas en el aparcamiento, estrellé un avión de radiocontrol de casi dos metros de ala contra la séptima planta de Castellana. Por fin les obligué a publicar el manifiesto donde denuncio con cifras y series estadísticas la conspiración de la Fundación Areces para adueñarse de nuestras vidas. Dijeron que yo era un terrorista que se oponía al progreso.

Me delataron mis propios números. Un compañero del departamento de auditoría se dio cuenta de que esos números eran míos y se chivó. Así es, los números nunca mienten. Me cogieron. Me encerraron. No importa, prefiero la cárcel que vivir en El Corte Inglés. Lo único que le pido, por favor señor juez, que no me dé palmaditas en la espalda cuando vengo a declarar.

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“Contra la novela histórica”: Manzoni, Lukács et alii

Falso título con el que La Uña Rota reedita un opúsculo de Alejandro Manzoni que en origen se tituló “De la novela histórica”. Se le disculpa el aspaviento a la editorial, si con ello ha conseguido atraer lectores a esta pequeña obrita que pone en cuestión este subgénero ahora tan popular.

Manzoni escribió su ensayo veintitantos años después de la obra por la que es más recordado y que es citada, junto con las de Walter Scott, como paradigma del género “novela histórica”. Su ensayo es muy corto pero su maduración fue muy larga. Había arrancado quince años antes, a partir de una reseña sumamente elogiosa que había recibido “Los novios” por parte de Goethe. La crítica ilustre le ponía un reparo, un solo reparo a su obra: las largas digresiones históricas que, según Goethe, devaluaban el relato literario más genuino. Para Manzoni, que también era historiador, esta crítica estética se agrandó hasta convertirse en otro problema que no supo resolver: el de la relación entre la veracidad y el rigor histórico, de una parte, frente a la libre invención del artista.

Casi un siglo después Georg Lukács publica  La forma clásica de la novela histórica. Su enfoque es muy diferente. De entrada, Lukács ni siquiera tiene en cuenta todas las obras cuya relación con la Historia sea tomarla meramente como un repositorio de nombres y decorados para una trama. Esto supone ignorar obras del estilo de “Los tres mosqueteros”, pero también “Salambó”, de Flaubert. Lo específico de la novela histórica, para Lukács, no reside en la fidelidad de la documentación, ni en el rigor de las fechas, lugares y nombres. Muy al contrario, advierte de lo penoso e inútil que resulta para la novela histórica pretender suplantar a la disciplina de la Historia como relato factual detallado, recordándonos que tanto Tolstoi como Stendhal nos narran las grandes batallas napoléonicas mediante episodios sueltos que afectan a sus personajes. Y de lo difícil también de plasmar poéticamente, literariamente, los grandes análisis históricos. En definitiva, respondiendo implícitamente a Manzoni, que el criterio de veracidad del historiador está en un plano diferente del criterio de verosimilitud y de verdad literaria.

Para Lukács hay novela histórica cuando lo excepcional de los personajes, lo que los define y da materia a la fábula ficcionada, se deriva de la singularidad histórica de su época.

El auge de la novela histórica lukacsiana es inseparable de la Revolución francesa y del enorme cataclismo que la siguió en los decenios siguientes y que convirtió la historia en una experiencia de masas, a partir de la cual los individuos perciben su propia existencia como algo condicionado históricamente. Podríamos decir, ochenta años más tarde, que esas condiciones han continuado.

Entonces, ¿el auge de la novela histórica en nuestros días tiene que ver con una aguda conciencia de la transformación social? Para nada. La inmensa mayoría de lo que hoy edita la industria de entretenimiento bajo esa etiqueta de novela histórica tiene que ver más con “Los tres mosqueteros” que con el rigor y la penetración histórica de un Walter Scott, Tolstoi, Pushkin, Manzoni, Stendhal, Balzac, Galdós… Es ficción de entretenimiento multigénero (sentimental, aventuras, policíaca, intriga, capa y espada, espada y brujeria) sobre un decorado tomado del conocimiento histórico del pasado. La época y el lugar pueden llegar a ser tan poco esenciales para la fábula como la cronología y la geografía indeterminada donde se desarrollan las aventuras de Conan el Bárbaro o Juego de Tronos o Star Wars (no, no me he desviado a la ciencia-ficción, Star Wars no es ciencia-ficción, y mucha de la llamada “ciencia-ficción” repite “maquetas” históricas, como es patente en la obra emblemática de Asimov, Fundación) El autor elige una época y lugar por sus resonancias escolares o cinematográficas, porque se siente cómodo por sus conocimientos de la época, porque le van a facilitar un contexto cooperativo entre lector y fábula, a veces simplemente porque busca una repetición de lugares comunes de éxito ya comprobado.

Nada que objetar, desde la Historia, a este uso “literario” o de simple entretenimiento. Es absurdo ponerle puertas o reglas a la fantasía. Si acaso, tan sólo, pedirle que sea tal, fantasía, y que trate de no ser tópica o demasiado previsible. Si puede haber algún tipo de justicia literaria, no es la Historia la vara de medir. Otra cosa es cuándo la intención del autor no es sólo literaria, sino que de alguna manera pretende una relación seria con la Historia, con la realidad del pasado, de la misma forma que la novela realista se enfrenta al presente. Es decir, cuando no toma en vano el calificativo de “novela histórica”.

Hoy día la genuina novela histórica está sepultada por tanto subproducto que cuesta distinguirla. Podríamos decir incluso que hasta los clásicos como Walter Scott se leen como novelas de aventuras. Pero esto es ya adentrarnos en la teoría de la recepción, preguntarnos si el mensaje de la obra está predestinado en ella porque ahí lo puso su autor, muchas veces sin ser consciente, o al contrario, si lo que importa y quien re-crea la obra es el lector y sus muchas circunstancias, sin olvidar entre ellas, claro, los decisivos límites y deformaciones impuestos por una industria editorial oligopólica.

Hay que preguntarse por tanto de qué Historia hablamos cuando ponemos la etiqueta de novela histórica, si la Historia que conoce el lector (o la que le alimenta la industria cultural), la que conoce el autor o la de Lukács. Empecemos por esta última. Lukács no espera que sus autores favoritos compartieran la tesis del Manifiesto Comunista: la historia de la humanidad hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases. Y no sólo porque la mayoría de los autores que comenta escribieron sus obras mucho antes de 1848.

Lo que sí es tesis de Lukács es que son las condiciones sociales del presente las que dan al autor la motivación y la sensibilidad para explorar el pasado histórico, así como al lector el ansia de leerlo. Dicho con una cita de un contemporáneo suyo, Walter Benjamin: “Articular históricamente el pasado no significa «conocerlo como verdaderamente ha sido». Consiste, más bien, en adueñarse de un recuerdo tal y como brilla en un instante de peligro«. Benjamin propone un subjetivismo del conocimiento que cuadra muy bien con la Historia como campo de pelea entre distintas concepciones del mundo, pues ¿no es verdad que sobre el armazón de los hechos desnudos se construyen relatos muy diferentes, y que estos relatos por lo que pelean en realidad es por la interpretación del presente y la construcción del futuro?

Un conocidísimo autor español de este género best-seller, miembro de la Real Academia, declaró que “cuando vio el espacio que dedicaban al Siglo de Oro los libros de bachillerato de su hija Carlota, decidió crear un personaje (Alatriste) que contase un momento crucial de nuestra Historia, sin el que no se puede entender nuestro presente”. El producto final puede gustar más o menos. Para quien piense que en ese siglo y en los tres posteriores ocurrieron cosas muchísimo más importantes que los Tercios de Flandes y su aniquilación en la batalla de Rocroi, la obra de Pérez Reverte quedará más como documento histórico de cómo interpretaba la Historia patria un determinado sector nacionalista español y, por ello mismo, de cómo afrontaba el presente.

El maridaje entre Literatura e Historia hay que buscarlo en la estrecha franja delimitada, por un lado, por el hecho de que una obra de ficción se moverá siempre con personajes, con subjetividades, con protagonistas y antagonistas, con el deseo o el querer ser como motor, mientras que por otro lado la Historia, aunque ciertamente plagada de personajes singulares, la mueven procesos colectivos, ideologías, dinámicas culturales y religiosas, fuerzas profundas de tipo económico, sociológico. No es fácil reflejar esas fuerzas impersonales a través de un artefacto que respira necesariamente a través de personajes. Al contrario, es muy fácil y muy frecuente que el novelista se extravíe y trate de explicar la Historia a partir del “gran” personaje histórico. Lo cual no es una elección meramente estética: es ya en sí toda una concepción de la historia completamente equivocada.

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Fuegos de la Tierra

Lo primero que le oí a Jorgen Jorgensen cuando avistamos tierra fue:

─ Islandia nos sonríe, Hördur Torfason.

Sabía que lo decía por el cielo azul, el sol detrás de nosotros y el macizo blanco del Vatnajokull que llenaba el horizonte por delante, un poco a estribor. Pero no me pude contener.

─ Islandia no sonríe nunca, señor.

Todavía no nos conocíamos bien. Nueve semanas más tarde, cuando acabaron las aventuras de Jorgen Jorgensen en Islandia, yo había aprendido hasta qué punto nuestros temperamentos eran opuestos. El suyo tenía la osadía ingenua de los optimistas. Nunca tuve ningún interés en contradecirle. Sólo traté de cumplir con lo que él me había pedido al contratarme: ser su guía en mi tierra natal.

─ Lo sé, lo sé ─me contestó condescendiente─. No es una tierra donde haya ríos de leche y miel. Pero ya verás como florecerá la pesca y la ganadería cuando Islandia se abra al comercio. Y tenemos que probar con las patatas, en Dinamarca están dando buen resultado.

Yo no conocía sus planes. A todos nos parecía que su empresa tenía el apoyo británico. Quizás realmente fue así en el comienzo. Lo que él hizo luego ─destituir al gobernador danés, proclamarse Protector de Islandia y prometer la convocatoria de un Althing soberano─ resultó excesivo para los ingleses. Se parecía demasiado a lo que Napoleón iba implantando por Europa a golpe de bayoneta.

─ Ojalá, señor. Pero no es solamente la naturaleza hostil lo que apesadumbra a los islandeses.

No debiera haberlo dicho. Uno siente antes de entenderlo cuando se le han escapado palabras que van más allá de lo que pide la conversación. Una vez pronunciadas, presentía que sería difícil contener la curiosidad de Jorgen Jorgensen.

─ Explícate.

Y se giró hacia mí dando la espalda a las cumbres nevadas. Puesto que no me quedaba más remedio que continuar, dije más o menos lo que pensaba. No debí haberlo hecho, como tantas otras cosas.

─ No sé si nuestros antepasados, los que descubrieron estas tierras, reían mucho. Pero no tenían miedo, y ésa es la primera condición de la alegría. Llegaron aquí, a donde nunca nadie había llegado antes, porque no estaban dispuestos a someterse a un rey que les oprimía. Vivieron libres durante siglos hasta que un día equivocado decidieron abjurar de sus antiguos dioses y hundieron sus imágenes en Godafoss pensando que, todos cristianos por fin, el rey noruego ya no tendría pretexto para intrigar en Islandia. No fue así. Al contrario, bautizarnos fue el caballo de troya de nuestra rendición.

Y añadí para coronar mis imprudentes palabras:

─ El cristianismo es una religión de sometidos que desarma los espíritus.

Jorgen Jorgensen se quedó pesando y pensando mis palabras. No era, eso ya lo sabía, un doctrinario, un hombre de dogmas y teorías, aunque tenía la habilidad de disfrazarse camaleónicamente bajo los discursos que había escuchado, si así le convenía a sus intenciones. Por encima de todo, era un hombre de acción que retenía aquellas ideas que servían como premisas o conclusiones de los actos. No me extrañó su pregunta. Yo mismo la había provocado con mi locuacidad.

─ Nunca me has contado cuándo y por qué te fuiste de Islandia.

En ese momento nuestro barco no distaba de tierra más de tres millas. Pronto la tripulación se encaramaría por los flechastes y el timonel viraría al oeste noroeste, para seguir paralelo a la costa. El Vatnajokull quedaría casi perpendicular a estribor y pasaríamos frente a la desembocadura del Skafta. Me asombró que esa pregunta llegara en ese punto, cuando había tenido tantos días y ocasiones para hacerla. Todas las coincidencias tienen algún sentido oculto. En este caso, seguramente desatar mi lengua y empujarme de nuevo a mi destino.

─ No me llamo Hordur Torfasson ─dije─. Hace veinticinco años yo vivía en la parroquia de Kirkjubær, en el distrito de Siða, a orillas del Skafta, muy cerca de aquí ─señalé con la mano el nuevo rumbo.

Tenía una pequeña granja en la que no manaba leche y miel, por supuesto. Pero era joven, sabía trabajar duro y acababa de casarme. Todo me sonreía. Mi mujer, Guðrún, era dulce y cálida. ¿Qué mayor recompensa puede pedir un hombre para esforzarse contra la tierra, el viento, el frío, la lluvia, la nieve? También tenía una barca a medias con el padre de Guðrún y sus hermanos. Pescábamos, y además comerciábamos con libertad con los pocos productos de la tierra y del mar que nos sobraban. Éramos, en definitiva, pequeños contrabandistas.

No hacía muchos años que a la parroquia de Kirkjubær había llegado un reverendo nuevo. Además de pastor, era médico con algunos conocimientos de cirugía. Quizás no era mal hombre. No le importaba cabalgar en su poney a una granja remota si le avisaban que allí había alguien enfermo. Y de paso, visitaría alguna otra cuyos habitantes no hubieran cumplido recientemente con el compromiso dominical.

A mi no me disgustaba asistir a la iglesia los domingos, aunque me costara un par de horas ir y volver. Era la ocasión de reunirse con otros, de saber y preguntar. Pero los sermones del Reverendo Jon Steingrimsson me irritaban cada vez más. Su antecesor quizás no fuera tan culto como él, pero no nos fustigaba por cosas que no hacen daño a nadie, como fumar o echar un trago de vez en cuando. Ni nos contaba los diezmos, puesto que él y el servicio divino recibían lo suficiente. Si la iglesia hubiera necesitado algún arreglo, no hubieran faltado brazos. ¿Por qué habríamos de sostener a un obispo y su corte que nos quedaban tan lejos? Menos aún, ¿qué tenía que ver Dios con lo que nos robaba el rey danés? Bastante perjudicaba al país con el monopolio del comercio que nos imponía. No entendía por qué el reverendo tenía que fastidiar con todas esas cosas.

Para el reverendo Jon Steingrimsson, quien no tenía una granja para vivir debía pedir perdón por estar sobre la Tierra. Fustigaba la insolencia de los criados, como si las mismas palabras solo fueran legítimas en boca de hombres libres. ¿No se preguntaba que para que un hombre tuviera criados, es decir, trabajo y comida para ellos, alguien debía haber sido despojado de su parte de tierra y obligado a entrar a su servicio para sobrevivir? Y los vagabundos, a sus ojos sólo su mera existencia los convertía en culpables, cuando en realidad son la premisa para que unos hombres se sometan a otros. Dadles un pedazo de tierra a cada uno, y entonces a los ricos les sobrará toda la que no pueden cultivar con sus propios brazos.

El reverendo apoyaba a los que querían que los pastos y tierras comunes se cercaran y privatizaran. ¿Qué nos quedaría a los pequeños granjeros que llevábamos allí nuestros cortos rebaños, más que convertirnos en vagabundos o en criados malhumorados?

─ Todo cuanto resulte indispensable para conservar la vida es propiedad común de la sociedad entera ─me interrumpió Jorgen Jorgenssen.

─ ¿Señor?

─ Nada. Es solo una frase. ¿Conoces a Robespierre?

─ He oído hablar. Pero no acabó bien, me parece.

─ Bueno, está muerto. Pero por lo que me cuentas veo que sus ideas están vivas en todas partes y pueden germinar también aquí en Islandia.

Yo callé. ¿Qué iba a decirle? Yo sólo sé lo que he vivido y visto con mis propios ojos.

─ Sigue. Aún no me has dicho cómo te fuiste. Adivino que te enfrentaste a la Iglesia.

─ Sí. Fue hace veintiséis años. Fue premonitorio. Todo empezó con una sucesión de nueve domingos en los que no se pudo celebrar el servicio religioso por el mal tiempo. Lo sorprendente es que entre semana el tiempo era apacible, pero empeoraba al llegar el día del Señor. Cada cual puede interpretarlo como quiera, pero solo uno tiene un púlpito para predicar. Cuando por fin el reverendo Jon Steingrimsson nos tuvo bajo su palabra, fue para decirnos que el Altísimo nos avisaba por nuestra soberbia impenitente. Habló de otros signos extraordinarios, reales o inventados. Bolas de fuego que corrían por los campos como zorros. El sonido de campanas en el aire acompañado por el de instrumentos musicales bajo tierra. Insectos voladores nunca conocidos, de rayas rojas, amarillas y negras, tan gruesos como el pulgar de un hombre adulto. El nacimiento de un cordero con pico y garras de ave. Un rayo que partió por la mitad la viga de un corral, de extremo a extremo, ennegreciéndola como si la hubieran aserrado con hierro al rojo, y matando a todas las ovejas. Cuando el amo vio lo ocurrido y se reunió con sus familiares y amigos, dicen que Dios puso en su boca palabras que profetizaban lo que luego habría de ocurrir: que veríamos descender un fuego atronador sobre todos nosotros.

Ojalá todo hubiera quedado en palabrería de predicador. Pero no fue así. El domingo de Pentecostés, 8 de junio de 1783, amaneció despejado y tranquilo. A media mañana una neblina negra de polvo apareció hacia el norte, cerca de las granjas de la montaña. La nube era tan extensa que en poco tiempo cubrió toda la zona de Siða y también parte de Fljoshverfi. Tan densa que llenó de tinieblas el interior de las casas y cubrió el suelo con un manto negro tan espeso que borró los caminos y senderos.

Luego, se levantó un viento del sur que despejó el cielo y el servicio se pudo celebrar.

Aquella noche la tierra comenzó a temblar y a gemir con el aullido de un viento huracanado en su interior. El suelo se partía en pedazos, como si un animal enloquecido desgarrara sus entrañas. Pronto, desde cada uno de los cerros, enormes trozos de roca y tierra fueron escupidos hacia lo alto entre llamaradas de fuego, humo y chorros de arena. Era la cólera de Dios, tal como la había invocado el reverendo.

Los fuegos de la tierra continuaron durante semanas, con altibajos engañosos. Varias veces se cubrió todo de un humo picante que irritaba los ojos y el pecho. Los árboles perdieron sus hojas. Un día de julio nevó nieve negra tan espesa que los animales no podían comer, y aunque la quitamos, los animales se envenenaban con el pasto. Los pájaros migratorios huyeron, y todos los animales pequeños perecieron.

Al principio, el río Skafta aumentó su caudal con el deshielo de los glaciares e inundó las granjas cercanas a su curso, la mía entre ellas. Pero de pronto lo redujo y redujo hasta desaparecer. Luego, la lava bajó por él y llenó su cauce por completo. Yo había llevado mis ovejas a una isla en el centro del río y las perdí todas. De poco me hubiera servido conservarlas: vacas, ovejas y caballos, todos fueron muriendo en los meses siguientes por falta de alimento. Y con ellos, el hambre cayó sobre las personas.

Mi mujer y yo asistimos al último sermón. La lava fluía y estaba rodeando la iglesia. Entramos dentro sin saber si podríamos salir, pero ¿qué otra cosa podíamos hacer los que habíamos llegado hasta allí refugiándonos del fuego? Durante un tiempo interminable, el reverendo predicó y nos hizo rezar y cantar con voz unánime: somos criaturas en manos de Dios, hágase tu voluntad.

Al acabar el sermón, salimos entregados al exterior, donde nos esperaba nuestra sentencia. La lava se había detenido junto a la iglesia. Su impulso, como enfrentado a una barrera invisible, se había solidificado en un muro tan alto como dos personas. El reverendo había triunfado con aquella manifestación de la clemencia de Dios.

Los fuegos siguieron hasta el año siguiente. No destruyeron nada más directamente, pero la hambruna se llevó a muchos. Mi mujer, Gudrun, estaba embarazada y no resistió hasta el final. Cuando murió, yo me eché al mar en solitario, desandando el camino de mis antepasados. Un ballenero inglés me recogió.

Nos quedamos callados. El Vatnajokull se alejaba por la popa de estribor. Sólo se oía el cabeceo del barco y la espuma que levantaba. Por romper el silencio, señalé un punto de la costa

─ La desembocadura del Skafta.

─ Lo que no entiendo ─volvió Jorgen Jorgessen─ es por qué te cambiaste de nombre.

─ Porque antes de irme, hice justicia y quemé la iglesia del Señor.

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Espartaco: desde Salustio a Max Gallo, el personaje en la Historia y la historia del personaje.

En el siglo XX se publicaron dos novelas sobre Espartaco, la de Arthur Koestler en 1939 (Los gladiadores) y la de Howard Fast en 1951 (Espartaco). Son novelas muy distintas, pero conectadas entre sí. Los dos autores afrontaron su obra en relación a su militancia comunista. La de Howard Fast, en cierto modo, es una réplica a la de Koestler. Su éxito fue tal (la de Fast, no la de Koestler) que, tras una versión fílmica dirigida por Stanley Kubrick, la figura de Espartaco se ha incorporado al imaginario de nuestra cultura de masas. Es en esta segunda etapa cuando Max Gallo, un prócer francés de la política y de las letras con un brevísimo desliz comunista en su juventud, publica en 2006 su Espartaco: la rebelión de los esclavos. Recientemente se ha emitido la serie televisiva Espartaco: Sangre y Arena, repleta de violencia y sexo. El hilo conductor entre todas ellas es retorcido, pero también significativo de lo que ha sido el siglo XX.

Significativo es, de entrada, que se haya dado tal realce a un personaje y unos hechos que durante dos mil años habían pasado como una nota al margen en los libros de historia.

Manuscrito altomedieval de la obra incompleta de Salustio

La rebelión de los esclavos liderada por Espartaco se fecha entre el 73 y el 71 a.c. Las fuentes para su conocimiento son mínimas. Salustio es la principal. Contaba entre 13 y 15 años cuando ocurrió, pero su conocimiento más detallado de los hechos le debió llegar por su estrecha colaboración política con Marco Licinio Craso, el general que acabó con la rebelión. Desgraciadamente las Historiae de Salustio nos han llegado en fragmentos y buena parte de la rebelión está en lo que falta. Suponemos que las Historiae son la fuente de todas las alusiones al personaje y a la rebelión de los esclavos contenidas en Tito Livio (59 a.c.), Apiano (95 d.c.), Plutarco (46 d.c.) y Floro (circa 100 d.c.), ninguno de los cuales pudo ser testigo directo ni, salvo el primero, conocer a los que fueron testigos o actores. El conjunto de textos sobre Espartaco de la historiografía romana no supera las cuatro mil palabras, según conteo realizado por Arthur Koestler.

La rebelión de Espartaco fue la tercera de las llamadas por los romanos Guerras Serviles. Las dos primeras se habían dado en Sicilia medio siglo antes, entre el 135 y el 100 a.c. La isla fue granero de Roma durante dos siglos, hasta la conquista de Egipto. La explotación latifundista con mano de obra esclava se había desarrollado con enorme rapidez e intensidad desde que las legiones romanas expulsaran a los cartagineses. Sicilia fue un laboratorio del posible devenir de Roma: un estado de terratenientes esclavistas.

La tercera guerra servil se desarrolló en el continente y por ello, a diferencia de las anteriores, puso en peligro a la propia ciudad de Roma. Solo tenemos el relato de los vencedores, el de aquellos que negaban al esclavo la mera condición humana, sobre todo si era extranjero como la mayoría. Por supuesto, los esclavos no disponían de historiadores o escritores que dieran su relato. Y si lo hubo, las clases cultas de Roma no hicieron nada por conservarlo o transmitirlo.

Milicias negras haitianas enfrentándose a los soldados de Napoleón

La recuperación renacentista de la antigüedad clásica también omitió la causa de los esclavos. La Ilustración y la Revolución francesa se llenan de referencias a los héroes republicanos de la Roma antigua, pero ninguna para los esclavos. De la misma forma que ni siquiera imaginaron que la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano aprobada por la Asamblea Nacional francesa en 1789 pudiera servir de ideario a los negros de Haití, ni que los soldados napoleónicos se tuvieran que enfrentar a las milicias negras de Tousaint Louverture que cantaban la Marsellesa. Solo Hegel hizo un apunte en su cuaderno de notas para su Filosofía de la Historia.

Fue el Manifiesto Comunista de 1848 el que trazó en la Historia una línea de continuidad para todos los oprimidos: “Toda la historia de la sociedad humana, hasta nuestros días, es una historia de luchas de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre,…”

Así que no es de extrañar que en Alemania en agosto de 1914 “Espartaco” fuera el seudónimo con el que firmaron sus artículos y panfletos los socialistas alemanes que se oponían, como Lenin y Trotsky en Rusia, como Jean Jaurés asesinado en Francia, a la guerra imperialista. Año y medio más tarde, el 1º de enero de 1916, Rosa Luxemburgo y Karl Liebnecht fundan la Spartakusbund, la Liga Espartaco. En junio de ese año son encarcelados. Y liberados dos años después, a finales de 1918, en medio de una ola de motines de marineros, soldados y trabajadores, preludio de lo que parecía que iba a ser, como en Rusia, la inminente y ansiada revolución alemana que arrastraría a los obreros de todos los países a la revolución mundial. El 1º de enero de 1919 fundan el Partido Comunista de Alemania. Apenas catorce días después, los espartaquistas alemanes tuvieron un final tan terrible como el de Espartaco. Fueron masacrados en masa y Rosa Luxemburgo y Karl Liebnecht asesinados por los escuadrones de la muerte de la época. De aquella sangre, de los restos de la Spartakusbund surge el KPD, Partido Comunista de Alemania.

En ese mismo 1919 Arthur Koestler era un adolescente precoz que con 14 años seguía con entusiasmo en Budapest el efímero triunfo de la República Soviética Húngara, otra secuela revolucionaria del matadero de 1914-1918. Tras la derrota de Bela Kun, su familia emigró a Viena, centro del recién desaparecido Imperio austro-húngaro. En 1931, tras un recorrido vital y profesional que ya se podía considerar notable, Arthur Koestler se afilia al KPD. Su trayectoria desde ese momento hasta el final de la Segunda Guerra Mundial está llena de peripecias. Pudo haber sido fusilado en España en 1936 y también en 1937. En 1939 fue internado en un campo de concentración francés. Escapó de la ocupación alemana de Francia alistándose en la Legión Extranjera francesa para poder llegar al norte de África. Allí desertó para volver a Inglaterra, donde fue encarcelado nuevamente. La publicación en 1941 de la versión inglesa de su obra Del cero al infinito, profundamente anticomunista en el sentido literal del adverbio, le abrió las puertas de la cárcel y del servicio secreto británico.

Porque Arthur Koestler ya había dejado el Partido en 1939. Sus dudas venían de mucho antes, desde su primera visita a la URSS en 1932, y se habían profundizado con los primeros procesos de Moscú y purgas estalinistas. Lo que vivió Koestler, su conversión, crisis y apostasía, es lo mismo que han vivido de muchas otras maneras centenares de miles de militantes comunistas. Lo genial en él fue realizar este ajuste de cuentas eligiendo al mito del movimiento comunista para escribir una novela, Los gladiadores. Una parábola acerca de lo que él llamaba “’la ley de los desvíos’, que exige a un dirigente en la senda hacia la utopía ‘actuar despiadadamente en aras de la misericordia’». En definitiva, el viejo dilema de los fines y los medios, o dicho de otra manera: Dios (la Historia, en el sentido hegeliano marxista, interpretada por el Partido) escribe recto con renglones torcidos.

La novela de Koestler no se ha difundido mucho, quizás porque, a diferencia de la siguiente, Del cero al infinito, no es susceptible de ser utilizada como propaganda anticomunista, y no pudo gozar de ninguna subvención encubierta de la CIA, como sí la tuvieron otras obras y actividades de Koestler. Pero tenía un público objetivo amplísimo: todos los que han compartido las preocupaciones, los ideales y las decepciones de Koestler.

La novela está excelentemente documentada, como corresponde a una novela histórica. Y sin embargo, la novela no parece una novela histórica. Desde las primeras páginas el lector siente una distancia respecto a lo que lee que le desubica. Es el tono ligero, burlesco, con el que se narran episodios a los que el lector acude predispuesto de antemano para la épica. Si Koestler pretendió utilizar la figura de Espartaco para subvertir el imaginario de sus posibles lectores comunistas de la época, con esta aproximación seguramente conseguiría que muchos de ellos cerraran el libro en las primeras páginas. Eran tiempos de resistencia a machamartillo para carboneros de mucha fe.

Primera edición en lengua inglesa de The Gladiators, de Koestler

Pienso que Koestler solo pretendía distanciar al lector de los hechos, evitar su empatía, o incluso tomar él mismo esa distancia emocional de lo que escribía, para fijar su atención sobre las opciones y alternativas estratégicas del movimiento que se van desplegando a medida que su éxito congrega más y más seguidores. Se trata de una novela de ideas y el contraste es notable cuando los personajes que hemos visto actuar como en una comedia de pronto enuncian o definen un dilema político y uno u otro propone la solución. En algunos casos, la escena adquiere un patetismo extraño, como en la escena final en la que los principales secundarios se preparan para recibir la crucifixión.

De una novela de ideas pueden esperarse personajes planos. No es así. Los personajes evolucionan ¡y mucho! Pero esta no es una novela de personajes, sino de necesidades históricas que actúan a través de las personas. Espartaco, el personaje que podría parecer protagonista, no lo es. Es el quicio de la novela, así como otros secundarios (Fulvio, el historiador demócrata radical, o el esenio de cabeza ovalada, o el galo Crixus, pura expresión de una rebeldía sin ideales, o Nicos, el esclavo cristiano que predica la mansedumbre) actúan de bisagra. Espartaco es una página en blanco que va tomando la forma de la necesidad histórica. Al principio, es un líder natural, tan natural que no hace nada para ser líder, ni siquiera hablar un poco más de la cuenta. Pero siente y presiente lo que el movimiento necesita en cada momento. Consciente de que son demasiado numerosos para limitarse a ser una banda de ladrones y saqueadores, encuentra en un judío esenio la utopía capaz de iluminar al movimiento. A partir de ese momento, Espartaco es prisionero de una ley implacable, la ley de los desvíos, que exige a un dirigente en la senda hacia la utopía “actuar despiadadamente en aras de la misericordia”.

Es curioso que este libro haya sido editado varias veces en España entre 1992 y el año 2000 por editoriales tan “mainstream” como Plaza y Janés, Edhasa, Altaya, Círculo de Lectores o Salvat. Siempre en la misma versión traducida de Maria Eugenia Ciocchini. Quizás pensaron que el título y el nombre del autor sería suficiente para tener un éxito de ventas. Sería interesante haber registrado su recepción entre los lectores a los que iba destinado.

No sabemos si Howard Fast había leído a Koestler, pero tuvo ocasión sobrada. Los Gladiadores, aunque escrita en alemán, fue publicada en lengua inglesa tan pronto como en 1939 por Jonathan Cape, y en 1949 por Macmillan. Hay, además, algunas señales en la novela de Howard Fast que se pueden interpretar como indicios de esa lectura previa. Por ejemplo, la presencia de un secundario judío. A diferencia de Koestler, el secundario judío de Howard Fast no es un esenio, sino un macabeo. Totalmente coherente con el cambio que se opera entre el Espartaco de Koestler y el de Fast.

Howard Fast concibió su novela Espartaco mientras estaba encarcelado por no entregar al Comité de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy los nombres de sus compañeros en el Comité de Ayuda a los Refugiados Antifascistas de la guerra de España. Es fácil imaginar a Howard Fast rumiando en aquellas circunstancias el mensaje derrotista de Koestler y elaborando una réplica que escribió nada más salir de la cárcel. Para Koestler su novela era el ejemplo de una revolución que, como la soviética, “termina en un trágico callejón sin salida”. Fast en cambio dice “He escrito este libro para infundir esperanzas y valor a quienes lo lean.”

Solapas de la autoedición de Espartaco que hizo el propio Howard Fast

La publicación de la novela de Howard Fast fue vetada por Edgar J. Hoover en todas las editoriales que quisieron publicarla. Finalmente, con la ayuda económica de algunos amigos, la obra fue autoeditada y vendió decenas de miles de ejemplares cuando su autor solo esperaba unos cientos.

En 1960 fue llevada al cine por Anthony Mann, que empezó el rodaje, y Stanley Kubrick, que lo terminó, con guión de un amigo de Howard Fast también represaliado por McCarthy, Dalton Trumbo. Trumbo fue un guionista que ganó dos Oscar y no pudo recogerlos porque tenía que agazaparse detrás de un seudónimo para trabajar en Hollywood. Este film, del que Kubrick no se sentía particularmente orgulloso, ha oscurecido la novela. Puede verse perfectamente como una película de romanos, hasta el punto de que llegó a proyectarse en cines en la España de Franco con el mero corte de una escena alusiva homosexual, aquel diálogo sobre ostras y caracoles, y hoy día no hay temporada en la que no tengamos un pase en alguna de las televisiones generalistas, que no son precisamente rojas.

Si has leído la novela puedes dejar de ver la película: no te aportará nada nuevo. Pero no al revés. La película narra la sublevación de una manera lineal, desde el principio. En la novela el lector se encuentra desde la primera página con los seis mil esclavos colgando ya de las cruces a lo largo de la Vía Apia: la tensión narrativa no está ahí, en el triunfo o la derrota de la rebelión. El punto de vista está puesto mayoritariamente en los vencedores: el senador Graco, el general Craso y un conjunto de secundarios integrado por Ciceron, dos damiselas, un petimetre, un patricio chapado a la antigua, una matrona, etc… Este ángulo permite al autor prescindir de recorrer las huellas del relato de Koestler para borrarlas o enmendarlas. Más aún, puede mostrar la lucha de clases de la manera más descarnada sin caer por ello en una declamación panfletaria. Compárese por ejemplo la escena de la película en la que Kirk Douglas grita “¡No soy un animal!”, en la que la presencia de Jean Simmons da más tensión sexual que social, con el diálogo entre Craso y Cayo acerca de los instrumentos vocales y semivocales con fondo de cuerpos agonizantes en las cruces.

Otro aspecto que no recoge la película es la profecía o proclama final de que la rebelión nunca acabará y Roma finalmente será destruida, como así ocurrió en 410 a manos de una coalición de esclavos y bárbaros. Puede que muchos de los lectores americanos fueran nietos de esclavos y la leyeran en esa clave reducida: esclavos, Roma. No lo creo, más bien todo lo contrario. Pero por si hubiera dudas la escena de la fábrica de perfumes apunta a la Roma del siglo XX. No era fácil decir eso de otra manera más explícita en 1950. En cualquier caso, demasiado para que Hollywood lo reflejara.

Max Gallo, de pie en el centro

La tercera de las versiones, Espartaco: la rebelión de los esclavos, de Max Gallo, es perfectamente prescindible. A pesar de que su título parece que resume y centra el de las dos primeras (Los gladiadores y Espartaco), en realidad Max Gallo se sitúa muy lejos de ellas. Como Koestler y Howard Fast, Max Gallo también estuvo ligado al partido comunista francés en su juventud. Pero ahí acaban los parecidos. Rápidamente mudó al partido socialista, desde donde hizo una buena carrera como ministro con Miterrand, europarlamentario, académico y ensayista. Como escritor, se especializó en novela histórica multisecular. Le daba lo mismo Napoleón o Robespierre que Julio César. Y esa polivalencia todoterreno, la verdad, es un indicio de mal escritor. Y lo es, basta con que hagáis una cata de una o dos páginas en cualquiera de sus obras.

Portada de la edición española del Espartaco de Max Gallo. ¿No os parece estar viendo al Russell Crowe de la película de Ridley Scott, estrenada 6 años antes de la edición española?

Su versión de Espartaco comienza adornándose con una dedicatoria: Para Arthur Koestler, por su Espartaco. como homenaje y recuerdo. Esa dedicatoria es una impostura: no hay nada en el Espartaco de Max Gallo que tenga que ver con el de Koestler (o el de Howard Fast). Quizás menos aún con el Espartaco histórico. En Max Gallo los diálogos rozan lo ridículo y asistimos a una épica grandilocuente declamada por personajes de cartón. Por qué se publican obras que abochornan solo tiene una explicación: industria cultural. ¡Cómo no se iba a publicar a un senador, académico, diputado, ex-ministro! Así que el senador, académico, diputado, ex-ministro, recoge la figura de Espartaco y decora con ella su bibliografía y seguramente también su cuenta corriente. En fin, a la socialdemocracia no le bastó con aplastar a los espartaquistas en 1919, sino que un siglo más tarde no les importa desvirtuar el mito.

La serie televisiva Espartaco: sangre y arena, salió a pantalla en 2010. Mejor no hablar de ella. Desublimación represiva de lo más burda. Dicho de otro modo, sexo y violencia para el ocio embrutecedor de las masas. Culmina aquí la operación que empezó Hollywood para desvirtuar el referente imaginario de Espartaco. Lo que no consiguió Edgar J. Hoover, lo ha conseguido la industria cultural. O no.

 

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Licencia de Apertura

licencia_de_apertura_imagen─ ¿De qué va esto? ¿Tiene usted la licencia MINP?

─ …

─ Sí, MINP. La licencia de apertura para actividades Molestas, Insalubres, Nocivas y Peligrosas. ¿No sabe usted que hay demasiados? ¿Que las autopistas de la información están saturadas? ¿Que los lectores se aturden con tantos blogs, revistas, libros en papel y digitales, perfiles y páginas de facebook, cuentas de instagram, de twitter? Y usted viene aquí a sumar ruido al mucho ruido que ya hay.

─ Pero es que yo tengo algo que decir. Es importante.

─ Eso dicen todas. ¿Y quién es usted para decir algo? ¿Es famosa, es periodista, actriz, política, académica? ¿Cuál es su currículum? Sospecho que es usted una de esas escritorzuelas que sueña con hacerse un nombre.

─ No, si yo no quiero tener nombre. De hecho, lea estas páginas. Verá que no las firma nadie.

─ ¿Nadie? ¿Quiere usted publicar sin firma? ¿Cómo van a saber los lectores si vale la pena abrir su libro o su página? Y peor aún, ¿va a defraudar usted a los lectores dándoles a leer una obra sin autor conocido?

─ El lector no debería saber de mí más de lo que escribo. Yo no soy un personaje. ¿Por qué debería firmar con mi nombre? 

─ Por imperativo legal. Todos los actos humanos tienen que tener una identidad acreditada. Si lo que usted escriba va a pasar a la posteridad, que no creo, o simplemente va a ser registrado en un catálogo de una biblioteca, que tampoco creo, ¿con qué nombre de autora lo vamos a etiquetar?

─ Vale, sí, lo de la biblioteca lo entiendo. Daré un nombre… [ ] ¿Le parece?

─ [ ]… Ese es un nombre falso, lo acabo de comprobar. ¿Pretende usted engañar a los lectores?

─ Sí, eso es. Es un seudónimo. Los lectores no se llamarán a engaño, todo el mundo sabe qué es un seudónimo. Y es suficiente para etiquetar lo que escribo.

─ Pero ese nombre no es suyo, se lo está robando usted a Borges

─ No creo que le importe. Está muerto. Y si estuviera vivo, me dedicaría alguna frase sentenciosa y espero que amable.

─ Está muerto, sí. Pero tiene una heredera. ¿Tiene usted permiso de su heredera, de María Kodama?

─ Se lo pediré.

─ Mientras tanto, recuerde que no puede utilizar ese nombre sin permiso de su heredera.

─ Lo haré. ¿Puedo ya?

─ Noooo. Sigue siendo necesario saber quién se esconde detrás de ese seudónimo. Déme su nombre.

─ ¿Le vale mi dirección IP? Con ella mi proveedor de internet puede identificarme.

─ Puede valer, sí.

─ ¿Puedo ya?

─ Nooo. ¿Qué se ha creído usted, que basta con un portátil y una conexión a internet para publicar algo? Volvemos al principio: debe acreditar que lo que va a escribir es algo valioso, que no es ruido.

─ ¿Y como lo acredito si no me dejan escribir?

─ Tiene usted que dirigirse a una entidad acreditadora: una editorial, un periódico, una revista, algo así. Pero no le va a valer. ¿A nombre de quién va a pedir esa licencia? Usted no tiene nombre todavía.

─ Y los lectores, ¿no valen?

─ Las entidades acreditadoras representan a los lectores. Más aún, son los lectores. ¿Cree usted que puede saltárselas?

─ Pero si encuentro lectores que me avalen…

─ No sea usted ilusa. ¿Qué se cree usted, que esto es como recoger firmas para presentarse a las municipales de su pueblo? Eso no ocurre.

─ Pero si los encuentro, ¿me darán la licencia?

─ No los va a encontrar.

─ ¿Pero puedo buscarlos?

─ Puede. Tiene usted licencia provisional para encontrar el aval de los lectores. Dentro de seis meses, vuelva por aquí.

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Nostargos

argosulises_boxplEl mendigo salió al patio con una canasta de comida y una jarra de vino entre las manos. Era el rescate que había cobrado a los comensales para librarles de su presencia en el banquete. Eso, más alguna palabra gruesa y algún golpe en las costillas.

Al olor de la carne, un perro salió de la noche y se acercó precavido al hombre. Estaba acostumbrado a las patadas. El mendigo apreció de un vistazo al nuevo convidado: el tamaño de sus mandíbulas; la torpeza de sus patas que le daban ya la dignidad del derrotado inapelable; las orejas desgarradas, los cuartos traseros llenos de mataduras, como quien ha disputado hasta el final por todas las hembras y por todos los bocados; las ronchas vergonzosas de la vejez en los codillos y en el costillar. Finalmente, la calva en torno de su cuello daba noticia de los muchos años de servicio a un amo y de su abandono actual.

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Adara, la inmortal

100_1133No es fácil recordar cómo la inmortalidad dividió en dos al género humano. En la memoria de los que nunca la alcanzaron, el suceso se hizo humo de mitos y leyendas mucho antes de que dejara de ser exacto el número de generaciones transcurridas desde que ocurrió.

La memoria de los inmortales es diferente: no la aniebla el extravío de los detalles, sino su exceso. Y aunque algunos de los afortunados iniciaron registros minuciosos de su nueva vida presuntamente inacabable, los ordenadores dejaron de responder a la tecla de encendido poco tiempo después del holocausto. Ya ninguno de ellos se animó a buscar tinta y papel para mantener los anales. No valía la pena. Porque no habría lugares donde guardarlos, tan inacabables serían. Ni se conservarían tanto tiempo como ellos vivieran. Y además, concluyeron, el tiempo transcurrido y registrado siempre abrumaría al tiempo necesario para leerlos. Sigue leyendo

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