El seductor del mundo

alejandro amonAcababa de llegar paloma de Menfis. El guardián de Hathor informaba al guardián de Amón que el extranjero se dirigía a Siwa.

Me preocupé. Eran ya tres años oyendo hablar de él, y el ruido de sus pasos, cada vez más fuerte y más próximo. Al principio no había prestado atención a sus victorias. El mundo está lleno de matachines que se exterminan entre ellos, y nosotros muy retirados del mundo.

Pero un año más tarde, el matachín había bajado hacia el sur y puesto en fuga a Darío. No pude dejar de especular cuánto tardaría el país del Nilo en sublevarse contra el persa. Los pueblos necesitan reyes que sean dioses, porque el respeto a la divinidad amortigua el rencor que se incuba por vivir sometidos. Un rey que huye abandonando a su madre, a su esposa y a sus hijos en manos de su enemigo, no puede ser un dios. Aquello sólo podía traer desórdenes.

No es que al oasis de Amón le afectara: todo nos queda demasiado lejos (al menos, así pensaba hasta que llegó la paloma del guardián de Hathor). Pero me interesa la suerte de mis colegas de Menfis, de Heliópolis, de Tebas. Todos los años disfruto de su hospitalidad. E intercambiamos palomas.

Después, llegaron noticias de Tiro, de Gaza. Murallas de muchos codos. Inexpugnables. Supe que el macedonio había rellenado el mar frente a Tiro, levantado colinas y terraplenes frente a Gaza. Máquinas de asedio nunca vistas. En siete meses consiguió lo que otro rey había intentado en vano durante trece años frente a Tiro. El arrojo de sus soldados, el ejemplo de un caudillo que se exponía con ellos por igual a las flechas y a la sed. Supe también de su ferocidad y crueldad. También de su generosidad.

No me extrañó que los de Pelusio salieran a recibirle con palmas. Y que Mazaques, el sátrapa de Heliópolis, bajara por el río a su encuentro.

Admirable. Tan joven. Eso pensaba.

Hasta que llegó la paloma. Si me hubieran dicho que se acercaba una nube de langosta, no me hubiera preocupado más. Porque las langostas devoran las cosechas, como los soldados, pero dejan intactos los tesoros. No quería imaginarlo: el templo saqueado, los extranjeros bañándose en la laguna sagrada. Y las rentas del templo resentidas durante años, si se producía una matanza entre el pueblo.

Nada podía hacer. Nuestros soldados sólo sirven para poner orden en las disputas por el agua, o para recordar la obligación de pagar los diezmos.

Nada podía hacer. Salvo esperar. Confiar en nuestros muros de arena y sed, que siempre nos han defendido, como cuando los cincuenta mil hombres de Cambises se desvanecieron por el camino.

Esperar, pero no a ciegas. No quería despertarme de la siesta en medio de una pesadilla: nubes de polvo a lo lejos, en el horizonte por encima de las palmeras. Entre ese ejército y nosotros se interponía un inmenso vacío, sin ningún amigo, ninguna paloma que pudiera confirmarme el extravío, la agonía, la sed, el desvarío de la muchedumbre enemiga. O lo contrario.

Envié dos exploradores. Con un día de diferencia. Y esperé. Nadie en el oasis, salvo yo, el guardián del templo, sabía que Alejandro venía de camino.

Yo subía cada mañana al palomar de la torre. A esa hora el vapor de los manantiales flota entre las palmeras, en el aire frío del amanecer, hasta que el sol entibia y disuelve la neblina. A falta de noticias, contemplaba el cielo por encima del mar de verdor, el sol flotando como una joya dorada empotrada en el esmalte azul. Y me imaginaba al ejército de Alejandro bajo el mismo cielo, pero soñando un espejismo de palmeras verdes, anhelando sus sombras protectoras, desorientado en medio de un mar de arena. Sediento.

Llegó una paloma. Alejandro dejaba la orilla del mar y caminaba hacia el sur. La ruta esperada. Le quedaba lo más difícil. No menos de once días para el camello más rápido. Ya no encontraría pozos. Un ejército con su impedimenta, sus criados, sus prostitutas, sus mercaderes de botín, sus parásitos… jamás, jamás llegarían. El desierto y Amón lo impedirían.

Días después, el cielo se nubló por unas horas encima del oasis. Antes de que volviéramos a ver el sol, llegó una paloma. “Llueve. Los soldados beben”. Nunca llueve. Sólo algún año. Y había de ser al paso de Alejandro. ¿Dónde estaba Amón?

Al quinto día, llegó otra paloma. Alejandro a mitad de camino. Más rápido que el más rápido de los camelleros. Me quedé mirando fijamente la cabeza de carnero de Amón: ¿de parte de quién estaba?

Al siguiente y al siguiente, una tormenta de arena nos redujo a todos tras los postigos de las casas y obligó a los que salían a cubrirse por completo. Los ojos escocían, oídos y narices se llenaban de tierra, los dientes masticaban arena. Amón, por fin, había intervenido. Todas las pistas, todas las marcas se habrían borrado. El ejército se encontraría caminando en círculos tan grandes que no se darían cuenta hasta que volvieran a pasar sobre sus mismas huellas al cabo de varios días.

Ya no llegaron más palomas, sino un explorador. Luego el otro. Los dos decían lo mismo: Alejandro venía. “¿Cómo, cómo lo ha conseguido?”, les pregunté. “Cuervos”, dijo el que más se había acercado a la vanguardia del ejército. “Llevan cuervos”. Cada amanecer, y cuando se desorientaban, soltaban uno. El cuervo sube, remonta el aire. Y les muestra el camino con su vuelo.

Di aviso a los jefes de distrito. Que la población se preparara a recibirlos. Que quien tuviera algo muy preciado que guardar, un tesoro, una hija, lo enviara al sur, al desierto.

Pero no dio tiempo. La nube de polvo aparecía ya en el horizonte.

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Lo recibí en la escalinata. Sudor y polvo le cubrían todavía. En el aire, el bullicio habitual de los que llegan resecos y acalorados al borde de la laguna. Pero es difícil distinguir esos gritos de alegría de los otros que yo temía.

Sólo me tranquilicé cuando le oí decirme “Quiero consultar a mi padre”.

Fue un equívoco, me di cuenta más tarde. Yo llevaba años sin hablar griego. Alejandro había dicho “acerca de mi padre”. Un equívoco. Pero terminó en un entendimiento perfecto.

Las consultas al oráculo son siempre públicas. Yo había entendido que sus intenciones no eran ésas, las de un particular cualquiera, sino rezar dentro del templo y, con ese acto, proclamarse hijo de Amón. Bien, pensé yo, si eso es lo que Alejandro quiere del templo, el templo se lo dará. No estábamos en condiciones de discutir. Tebas, Dodona, si alguien quería poner los puntos teológicos al joven Alejandro, que lo hicieran cuando se marchara de aquí.

Nadie, ni de su comitiva, ni del templo, lo esperaba. Pero tampoco nadie mostró sorpresa, y menos que nadie, Alejandro, cuando yo, al invitarlo a pasar, lo saludé como hijo de Amón y le dije: “Entra a la casa de tu padre”.

Estuvimos mucho rato a solas. Clito y Parmenión vigilaban la puerta. Sí, Alejandro sólo pretendía despejar una inquietud sobre la conjura que mató a su padre, Filipo. También, preguntar sobre su futuro. Hablamos. Reímos juntos al darnos cuenta del malentendido. Es grande. Merece ese nombre. Es un seductor de multitudes. Él sabía, porque lo había aprendido de Filipo, que ser caudillo de hombres en armas supone llevar permanentemente la máscara del heroísmo. Su valor, su atrevimiento, su sacrificio, están dirigidos siempre al auditorio de sus soldados. Ahora estaba aprendiendo que gobernar un imperio requiere algo más que la capacidad de cautivar a los que llevan las armas. Debe fascinar a los que no combaten, a sus súbditos. A los que sufren, a los que esperan, a los que llevan una vida fatigada o simplemente aburrida. Al amo y al criado, a la mujer y al marido, al niño y al anciano.

Y en esa tarea, los sacerdotes somos sus soldados. Le transmití cuanta sabiduría atesoramos los guardianes de los templos acerca de la divinidad y la realeza.

Le regalé la tiara de los cuernos curvados, la que luce en las monedas. Le di un último consejo: correr un velo de silencio sobre lo hablado con el Dios dentro del santuario. Nada excita más la imaginación de las masas que el misterio.

Al despedirse, me dijo: “¿Puedo hacer algo por ti y por el templo?”. Le contesté: “Cuando dejes esta vida mortal y accedas a la divinidad, ordena a los tuyos que te traigan aquí, con nosotros”.

Y aquí está, recién llegado. Gracias, Ptolomeo, por traernos el cuerpo divino del inmortal Alejandro.

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