Jefe

Me asombra que mis recuerdos de cómo empezó todo me parezcan ahora tan triviales.

Me despertó el crepitar del móvil y el centelleo de las luces de la habitación. Cuando abrí los ojos, ya estaban apagadas. El resplandor en la ventana me alarmó. ¿Amanecía? ¿Me había dormido? Elisabeth no había llegado todavía. Miré al radio-despertador. Nada. Mudo. Ciego.

El olor me hizo saltar. Recorrí descalzo las habitaciones. Nada ardía. En el salón era más intenso, como si un rayo hubiera fundido todos los aparatos: televisor, DVD, cadena de música, parabólica, router… Sin acabar de contabilizar los daños, me asomé a la terraza.

El resplandor no era el del amanecer: era una luz verdosa, decolorada en el centro y que se volvía púrpura hasta enrojecer por los extremos. Cambiante. Como una aurora boreal.

En la calle, farolas apagadas. Un coche indebidamente detenido en medio del carril central. Dos personas a su lado mirando al cielo.

Traté de contactar con Base. El móvil, muerto. Y caliente, como si lo hubiera recogido del salpicadero al sol. El fijo, nada, silencio.

Y Elisabeth no había llegado. Salía de turno a las seis.

En ese momento lo supe. Aquel curso NBQ. Se nos había descrito este escenario puramente teórico, especulativo. Se había hecho realidad. Ahora. No, los generadores del Hospital no habrían arrancado. Nada funcionaría. Elisabeth tardaría mucho en volver.

Elisabeth me reprochaba mi aspereza. Yo, que más le valdría no traerse a casa el dolor de sus pacientes. Dos años tratando de encontrar motivos para no separarnos. Paradójico. Nos habíamos conocido el día de la matanza en la escuela. A mí me gustó la intensidad que ponía encima de cada herido, incluso la involuntaria crispación de su boca cuando lo que sacábamos era un imposible vital. A ella le debió impresionar mi control, mi eficacia. Eso me dijo.

En aquella clase NBQ no se nos dijo cómo debe reaccionar un ser humano. A veces tengo ocurrencias inapropiadas: me imaginé impartiendo esa misma clase, completando aquellos conocimientos con mi propia experiencia.

Inapropiado. Yo no era profesor en la Academia de Infantería, sino el Jefe de un hormiguero aplastado por un bulldozer.

Desayuné sin hambre. Había que hacerlo. La linterna de diodos no funcionaba. Me lancé escaleras abajo con un mechero y una vela. Un vecino volvía del garaje a tientas, como yo. Su automóvil no arrancaba. Al reconocerme, desató un chaparrón histérico. Me hubiera gustado poder explicarle que sólo una jaula de Faraday perfecta hubiera podido salvar nuestros artilugios electrónicos. No era el caso. Le ordené que recorriera todas las plantas hasta cerciorarse de que nadie se había quedado dentro de los ascensores. El más pequeño de los problemas que íbamos a tener esos días. Me obedeció, de la misma manera que podría haberse tirado por la ventana o haberse reído de mí. Cuando la incertidumbre es total, la gente obedece con facilidad.

En el trastero cogí una vieja linterna, la Glock-26 y la Beretta Nano. Mal sitio, un trastero como armero, pero mejor que nada. Elisabeth se negó siempre a que guardara un arma en casa.

El garaje olía, pero no había fuego. Mi coche no respiraba, claro. De todos los vehículos, sólo un Mini de época y un BMW-M3 de 1986 volverían a arrancar. Cogí la bici. Con ella al hombro, salí por las escaleras. La falsa aurora se apagaba, y tomaba su relevo el verdadero amanecer.

Las calles parecían secuencias de un anuncio extravagante: coches detenidos en lugares y posiciones inopinadas; grupos de personas atónitas; incendios -transformadores- que nadie apagaba. El agua… hoy sería la última ducha, pero sólo para los madrugadores. Las estaciones de bombeo de la red de suministro, ¿de dónde iban a traer repuestos para repararlas?

En la puerta del Hospital encontré dos guardias desorientados. Habían traído a un conductor para una alcoholemia y se encontraban en medio de un pandemónium: los servicios de mantenimiento disparando a tontas y a locas contra los ascensores, los generadores, las bombas de aire y las de oxígeno; la mitad de los pacientes, en el filo de la navaja; enfermeras y médicos, desquiciados.

Los mandé de vuelta a Base. Caminando.

Elizabeth no imaginaba que yo iría a verla en un momento como éste. La aparté al cuarto de enfermería. Me rechazó la pistola, como si yo estuviera desvariando. “Escúchame, Elisabeth, puede que ahora mismo esté a punto de caer sobre nosotros la bomba que acabe con todo. Más probable, pero no mejor, es que tanto ellos como nosotros estemos fuera de combate por un mutuo ataque de pulso electromagnético. Nada va a funcionar, nadie va a venir en nuestra ayuda ni hoy ni dentro de un mes. Los enfermos se te van a empezar a morir sin que puedas hacer nada por ellos. Deberíamos escapar en bicicleta a las montañas, con nuestras mochilas, para un par de meses, por lo menos. Tú no lo vas a hacer. Yo tampoco. Por eso quiero que cojas esta pistola. Porque pronto vendrá gente desesperada a robaros lo poco que os quede, y no habrá nadie que os pueda defender, porque no habrá policía para entonces. Porque ahora mismo ya no hay policía”

Cogió la pistola. Nos despedimos.

En Base encontré lo que esperaba. La emisora estaba achicharrada, negruzca, con restos de la espuma de los extintores. Las patrullas habían vuelto a pie, abandonados por sus vehículos. 

En la sala de relevos se cruzaban los que salían de servicio y los que iban llegando en un lento goteo, en bici o a pie, con la esperanza de encontrar allí, en Base, pautas y explicaciones que nadie les daba. Ni siquiera podían retirar el arma, porque los cajetines estaban bloqueados por las cerraduras biométricas.

Di orden de descerrajarlos. A los que terminaban turno, les conminé a quedarse, uniformados y armados. Obedecieron, claro. Obedecer era lo único con sentido que les quedaba.

Reuní en mi despacho a subinspectores, jefes de servicio y comisarios. Mientras acudían, me puse el uniforme. No lo llevo más que en los actos oficiales. Ahora tocaba.

El agua. Sólo conocía un lugar que dispusiera de agua al margen de la red de suministro, sin depender de las estaciones de bombeo: el Castillo. Nuestra atracción turística tenía otras ventajas: murallas, barracones, dependencias, pozo, patio de armas, posición estratégica sobre la ciudad. Mandé ocuparlo cuanto antes, adelantándonos a cualquiera que tuviera nuestra misma intención.

Mandé requisar de los supermercados alimentos no perecederos para mil personas y cien días; bicicletas; coches viejos, sin electrónica, los que se pillaran en el Depósito Municipal, en la calle, en cualquier lado.

Ningún mando desafió mis órdenes. La disciplina es un hábito que allana las situaciones más difíciles. Contaba, además, con la lealtad de muchos, convencidos ahora más que nunca de que necesitaban un jefe, y ése era yo. De unos pocos me constaba, y me consta, que arrastran los pies a la espera de una ocasión para apartarme. No perdonan que les mande un militar.

La medida más importante la quise comunicar a todos yo mismo en persona. Mandé formar y contar. Éramos doscientos once agentes de una plantilla de cuatrocientos. Al acabar la reunión, cuarenta más. Seguirían viniendo. En los momentos de dificultad, los hombres buscan las filas.

Desde ahora, estáis de servicio permanente”, les dije. “Descansaréis cuando se os ordene, y estaréis siempre a disposición del mando. Queráis o no, lleváis un uniforme, sois la policía. Ahora más que nunca es necesaria vuestra disciplina y sacrificio

Murmullos.

Dejamos Base, nos trasladamos al Castillo, ya lo sabéis. Pero hay más: los casados os trasladareis con vuestra familia, la mujer o el marido, y los hijos. Nadie más. Los mandos organizarán las rutas de traslado ahora mismo”

Lo esperaba. Un delegado sindical protestó que yo me estaba extralimitando. Sin contestarle, dije: “Jefe de Sala, retire el arma a ese agente”. El policía siguió dando voces. El Jefe de Sala le requirió el arma. Él la entregó, pensando que se iría a casa. Lo mandé encerrar en el calabozo.

Esa noche dormimos en el Castillo. Las familias acabaron de llegar al día siguiente.

Durante unos días, mantuve un retén cerca del Hospital del Elizabeth. Cuando supe que los enfermos morían por decenas y no había quien se ocupara de enterrarlos, la hice traer. Y un lote generoso de material sanitario. Nosotros también necesitamos médico.

Los uniformes se mantienen ajados, sucios. La disciplina también: ajada, sucia. No puedo controlar todo lo que hacen mis guardias fuera del Castillo, cuando salen de requisa. Las leyes que teníamos que hacer cumplir han caducado, ni existe tampoco la autoridad que me nombró. Pero mis órdenes se cumplen, y eso es lo único que importa.

El sindicalista ayuda ahora en la cocina y la limpieza. Fui generoso: lo llevé a la puerta del Castillo y le di a elegir, dentro o fuera. Se quedó en el Castillo.

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Una respuesta en “Jefe

  1. Anónimo dijo:

    Ojalá que nunca tengamos que ser los protagonistas de historias similares.

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