Unabomber en El Corte Inglés

Si de verdad le interesa lo que voy a contarle, señor juez, lo primero que querrá saber es dónde nací, quiénes fueron mis padres, cómo fue todo ese rollo de mi infancia. El caso es que mi primer recuerdo, aunque a usted le parezca imposible para un niño tan pequeño, son los viajes a la guardería. Mi padre o mi madre o alguno que pasaba me cogía en brazos y me llevaba corriendo al jardín de infancia. Era divertido, todas aquellas carreras saltándonos los semáforos en rojo y alguna vez parándonos a hablar con la policía que iba en moto. La vuelta también era así, venían a recogerme mi madre o mi padre la mayoría de los días, o la madre de otro niño. Una vez, no vino nadie y las cuidadoras llamaron por teléfono y me llevaron a casa en un coche con pirulos en el techo. Era emocionante.

Cuando llegaba a la guardería me cogía en brazos una chica mullidita, y me daba un par de besos. Luego, la chica se decía adiós con el que me había llevado, y seguía abrazándome y dándome palmaditas en la espalda mientras disparataba a mi padre o a mi madre que salían por la puerta. Yo no entendía las palabrotas que decía, pero si tuviera que imaginar cuáles, pondría de puta y cabrón para arriba. En cuanto mis padres desaparecían de la vista, me ponía en el suelo y ya casi ni la veía en todo el día, con lo mullidita que era.

Desde entonces, no puedo con las palmaditas. Sé que son como un caramelo, pero no puedo. Pienso que me van a dejar en el suelo y ya no me van a coger. Como si te dieran un bombón de chocolate antes de quitarte la caja entera.

Después mis padres empezaron a pelearse por cuál de los dos me cuidaría mejor. Todas las semanas nos juntábamos los tres en un sitio, y venía otra persona para ver lo mucho que me querían. El que me llevaba llegaba con cara de que le habían hecho un bollo en el coche cuando estaba aparcado y se habían marchado sin dejarle tarjeta ni número de teléfono. El que me recibía me daba un achuchón de los de asfixiar y me llenaba la cara de babas. Y palmaditas en la espalda, claro. Claro que si la asistente social no estaba o se daba la vuelta, los dos se ponían muy serios y se decían cosas que yo tampoco entendía, como las que decía la cuidadora. Cuando me contaron aquel cuento del barquero, la cabra, el lobo y las coles, lo cogí en seguida, porque era igual.

Cuando estábamos en su casa, mi padre me ponía la caja de las chocolatinas delante de la tele y veía dibujos animados hasta que me dolían los ojos. Era genial. Con mi madre era peor, porque ella vivía con otro tío que no me dejaba ver la televisión. Ese tipo decía que yo era muy pequeño para ver tanta tele, pero en realidad es porque la quería siempre para él, aunque no hicieran fútbol. Además, también me daba palmaditas en la espalda, y a veces, también en las mejillas, más fuerte.

El colegio era peor. En casa de mi madre solo me decían lo que no debía hacer, pero en el colegio además te dicen también lo que tienes que hacer. Los profesores, que los hay a patadas, no paraban de decirte que estudies, que te sientes, que te cambies de ropa, que corras, que no corras, que no hables, que no te muevas del pupitre, que no mastiques chicles, que no mires por la ventana. Y palmadita en la espalda. Los compañeros de clase, también: que no estudies, que les pases los apuntes, que les chives las preguntas en el examen, que juegues con ellos, que no juegues con ellos. Y palmadita o puñetazo.

Cuando llegué a la Universidad tuve una novia muy guapa y con unas tetas grandes, como la chica de la guardería. Era pelirroja, y ya se sabe que todas las pelirrojas son mentirosillas. Yo la quería a rabiar. Una noche que me había dado plantón me dijeron que la habían visto con otro tipo en su coche y no me lo quiso reconocer. Puede ser que se equivocara el que la vio pero no me parece, porque pelirrojas hay pocas y yo sé que ella flipaba con los coches deportivos, como el de ese tipo. Otra vez le miré el móvil y tenía muchos mensajes guarros y solo dos eran míos. Se lo dije, y me lo negó mientras los iba borrando con el pulgar, y después me daba el teléfono para que comprobara que no tenía ninguno. Las pelirrojas son así, pero mucha culpa la tienen los móviles. Sin ellos, la gente mentiría la mitad. Te juran que estaban sin cobertura, y lo tenían apagado o estaban hablando con otro o no han querido coger tu llamada.

A veces pienso que el color de su pelo no tuvo nada que ver, que la culpa fue de su móvil. ¡Qué guapa era! ¡Qué tetas! Y además, nunca me dio una palmadita en la espalda, que es lo que más odio.

Me gustan los números porque son exactos, no se cambian solos así porque sí y te dicen de donde vienen y qué puede pasar después. Cuando acabé la carrera, me puse a trabajar de auditor interno en El Corte Inglés. Yo no había estado nunca en un Corte Inglés, en mi pueblo no han puesto todavía. Me pareció genial, todo lleno de cosas bonitas. Yo lo mismo estaba una temporada en Castellana que en Princesa o Pozuelo. El Corte Inglés está en todas partes, pero lo mejor es que todo todo está dentro del Corte Inglés. Cierto que yo lo veía todo reducido a números, unidades de stock o importes de compra o venta. Pero en cuanto levantaba la vista me sentía envuelto por el brillo de los escaparates, la suavidad de la lencería, el glamour de la planta baja, la energía de las máquinas de fitness, o la elegancia de la ropa y los complementos.

Lo que más me gustaba son las escaleras. Te llevan en palmitas, planta arriba y abajo, como una alfombra voladora por el mundo. Sales de infantil y veinte segundos después has cambiado de ambiente y te encuentras en deportes o en la librería.

Un día, comprobando el arqueo de caja de la sección de complementos para caballero, conocí a Laura, una morena estupenda, superelegante. Si hubiera sido pelirroja, me lo hubiera pensado y quizás no le hubiera ayudado con los números, y es que además tampoco tenía sus tetas. Era como la chica del anuncio de primavera-verano, muy guapa, pero flaca como un conejo despellejado. Cuando la invité a tomar algo en la cafetería del último piso, no se lo dije exactamente así, solo que se parecía a la modelo.

Meses después nos casamos. Congeniábamos estupendamente: yo me encargaba de los números, solo de números, y ella de las compras, de todas las compras.

Laura eligió el adosado en Torrelodones. Su jefe de sección vivía allí, y nos dijo que en diez minutos llegaba de casa al centro de Pozuelo donde trabajaba. Laura iba a dejar de trabajar después de la boda, pero como dijo ella: tener cerca un Corte Inglés es siempre una cosa buena.

El adosado fue lo único que no pasó por nuestra tarjeta de compra del Corte Inglés. Todo lo demás lo financiamos con ella en cómodos plazos: el traje de novia, mi traje, la cocina, el salón, el dormitorio, los baños, la lista de bodas, y hasta el viaje de novios a Cancún. El hotel tenía un aire acondicionado excelente, como el del Corte Inglés, que es el mejor del mundo. Y la playa, era tan genial que si se pudiera poner una réplica en la terraza de cada planta, por encima de la cafetería, se venderían muchos bikinis. El avión también tenía muy buen aire acondicionado, pero hacía mucho ruido.

A la vuelta, un repaso a los números me puso en trance de pedirle a mi cariñito el primer sacrificio de nuestro matrimonio: que pospusiera el dejar de trabajar hasta que viniera el niño. ¡Con qué resignación lo aceptó! Así ahorrábamos compartiendo el coche. Si a mi no me tocaba trabajar en el centro de Pozuelo, ella iba con su jefe de sección. Cuando íbamos juntos, a la vuelta aprovechábamos para traer las compras. Porque un adosado tiene mucho sitio para llenar. No había semana que no volviéramos con un cuadro, una alfombra, un par de detalles para el baño. Sin olvidar los complementos, la vida no es solo casa. Laura era tan buena ama de casa que siempre conseguía aprovechar el desplazamiento para traer algo necesario: un bolso, otro bolso, ropa interior para otoño, ropa interior para primavera, cajas organizadoras para poder comprar más cosas y meterlas debajo de la cama.

Nuestra casa parecía sacada de una esquina de la quinta planta, sección hogar. El recibidor olía como la planta baja. Casi echabas en falta ser recibido por una cortina de aire vertical, o una escalera mecánica para subir a los dormitorios. Laura estaba siempre tan encantadora como cuando yo la conocí trabajando en su sección. Me llamaba “cariñito”. “Cariñito” me decía, “¿has visto los nuevos toalleros de la sección de menaje?”.

Dos años después seguíamos igual, devolviendo al Corte Inglés el importe íntegro de nuestros sueldos.

Un día, repasando una factura de su teléfono, descubrí un número que se repetía demasiado. No le pregunté con quien hablaba tanto. Ya lo había hecho una vez con la pelirroja y no sirvió para nada. No sentía celos, solo curiosidad. Y no sé por qué, aquella noche le cumplí, algo que hacíamos cada vez con menos frecuencia, porque el esfuerzo de llevar los números en casa y en el trabajo me agotaba. El caso es que cuando ella puso cara de traspuesta, supe de pronto de quien era el número de teléfono: el jefe de la sección, un tipo de ésos que quiere parecerse a los anuncios de ropa de caballero del Corte Inglés. Usted dirá, señor juez, que cómo es posible saber eso así, de pronto. Pues porque siempre me ponía la mano en el hombro cuando le revisaba las cuentas. Cuestión de números. Nunca me engañan aunque me den palmaditas en la espalda.

Justo recién terminado el polvo, me entró un sudor frío: ¿cuál era el valor promedio de la compra a precio venta público quince por ciento descuento empleado en la sección de premamá y de bebés? Realicé una proyección de futuro a grandes cifras, pasando por el bautizo, la comunión y la boda del retoño o retoños que vinieran. Toda mi vida trabajando para El Corte Inglés, pagando la cuenta acumulada en nuestra tarjeta de compra conyugal del Corte Inglés, y el beneficio de todo ello lo disfrutaría un jefe de sección del Corte Inglés con caspa en los hombros de la americana, cada vez más barriga y menos pelo.

Aquella mañana quise tirar, quitarme, esconder las alianzas matrimoniales. Pero lo que me ataba a ella era otra cosa: la tarjeta de compras compartida. Si mi matrimonio tenía un plazo de devolución gratis, sin gastos y sin preguntas, ese plazo ya había expirado. Ahora solo podría librarme de ella con gastos. Aquella mañana la pasé haciendo números. Un divorcio a buenas, ochocientos euros; a mala cara, dos mil quinientos por lo menos. Lo malo era la hipoteca. Estaba seguro de que ella conseguiría quedarse con la casa y yo seguiría pagándola. Lo había leído, que le pasó a un notario, y si a un notario le pasa eso, a un empleado del Corte Inglés más aún.

La casualidad, que no da puntada sin hilo, quiso que aquella tarde atisbara a mi antigua novia, la pelirroja, en el mostrador de los móviles. Me quedé embobado, mirándola, y repasando en la mente todo lo ocurrido desde que nos dejamos. ¿Cómo pude ser tan tonto de abandonar unas tetas de verdad por otras que cuando las apretaba hacían clink-clink como una caja registradora? Que alguna vez echó una cana al aire con otro, eso le pasa al más pintado, sobre todo si es pelirroja. Y además, todo era culpa de los móviles, y quizás con una buena tarifa y un cambio de compañía se podría arreglar. Me fui derecho a por ella:

Hola, Conchi, ¡qué guapa estás! Cuánto tiempo…

¡Juanito…! muá, muá. Me arrimó las tetas ¿Qué haces tú por aquí?

Trabajo aquí. ¿Y tú?

¡Qué casualidad! Yo también. He empezado hoy.

Lo pensé después, lo planeé después. Pero lo supe entonces: había llegado el momento de dar aquel berrido que no me salió cuando me llevaban a la guardería.

Empecé echando bombas fétidas y polvos picapica a la salida de los filtros del aire acondicionado. El público, en lugar de espantarse, lo encontró divertido y aumentaron las visitas. Puse tachuelas en el aparcamiento, estrellé un avión de radiocontrol de casi dos metros de ala contra la séptima planta de Castellana. Por fin les obligué a publicar el manifiesto donde denuncio con cifras y series estadísticas la conspiración de la Fundación Areces para adueñarse de nuestras vidas. Dijeron que yo era un terrorista que se oponía al progreso.

Me delataron mis propios números. Un compañero del departamento de auditoría se dio cuenta de que esos números eran míos y se chivó. Así es, los números nunca mienten. Me cogieron. Me encerraron. No importa, prefiero la cárcel que vivir en El Corte Inglés. Lo único que le pido, por favor señor juez, que no me dé palmaditas en la espalda cuando vengo a declarar.

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