Espartaco: desde Salustio a Max Gallo, el personaje en la Historia y la historia del personaje.

En el siglo XX se publicaron dos novelas sobre Espartaco, la de Arthur Koestler en 1939 (Los gladiadores) y la de Howard Fast en 1951 (Espartaco). Son novelas muy distintas, pero conectadas entre sí. Los dos autores afrontaron su obra en relación a su militancia comunista. La de Howard Fast, en cierto modo, es una réplica a la de Koestler. Su éxito fue tal (la de Fast, no la de Koestler) que, tras una versión fílmica dirigida por Stanley Kubrick, la figura de Espartaco se ha incorporado al imaginario de nuestra cultura de masas. Es en esta segunda etapa cuando Max Gallo, un prócer francés de la política y de las letras con un brevísimo desliz comunista en su juventud, publica en 2006 su Espartaco: la rebelión de los esclavos. Recientemente se ha emitido la serie televisiva Espartaco: Sangre y Arena, repleta de violencia y sexo. El hilo conductor entre todas ellas es retorcido, pero también significativo de lo que ha sido el siglo XX.

Significativo es, de entrada, que se haya dado tal realce a un personaje y unos hechos que durante dos mil años habían pasado como una nota al margen en los libros de historia.

Manuscrito altomedieval de la obra incompleta de Salustio

La rebelión de los esclavos liderada por Espartaco se fecha entre el 73 y el 71 a.c. Las fuentes para su conocimiento son mínimas. Salustio es la principal. Contaba entre 13 y 15 años cuando ocurrió, pero su conocimiento más detallado de los hechos le debió llegar por su estrecha colaboración política con Marco Licinio Craso, el general que acabó con la rebelión. Desgraciadamente las Historiae de Salustio nos han llegado en fragmentos y buena parte de la rebelión está en lo que falta. Suponemos que las Historiae son la fuente de todas las alusiones al personaje y a la rebelión de los esclavos contenidas en Tito Livio (59 a.c.), Apiano (95 d.c.), Plutarco (46 d.c.) y Floro (circa 100 d.c.), ninguno de los cuales pudo ser testigo directo ni, salvo el primero, conocer a los que fueron testigos o actores. El conjunto de textos sobre Espartaco de la historiografía romana no supera las cuatro mil palabras, según conteo realizado por Arthur Koestler.

La rebelión de Espartaco fue la tercera de las llamadas por los romanos Guerras Serviles. Las dos primeras se habían dado en Sicilia medio siglo antes, entre el 135 y el 100 a.c. La isla fue granero de Roma durante dos siglos, hasta la conquista de Egipto. La explotación latifundista con mano de obra esclava se había desarrollado con enorme rapidez e intensidad desde que las legiones romanas expulsaran a los cartagineses. Sicilia fue un laboratorio del posible devenir de Roma: un estado de terratenientes esclavistas.

La tercera guerra servil se desarrolló en el continente y por ello, a diferencia de las anteriores, puso en peligro a la propia ciudad de Roma. Solo tenemos el relato de los vencedores, el de aquellos que negaban al esclavo la mera condición humana, sobre todo si era extranjero como la mayoría. Por supuesto, los esclavos no disponían de historiadores o escritores que dieran su relato. Y si lo hubo, las clases cultas de Roma no hicieron nada por conservarlo o transmitirlo.

Milicias negras haitianas enfrentándose a los soldados de Napoleón

La recuperación renacentista de la antigüedad clásica también omitió la causa de los esclavos. La Ilustración y la Revolución francesa se llenan de referencias a los héroes republicanos de la Roma antigua, pero ninguna para los esclavos. De la misma forma que ni siquiera imaginaron que la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano aprobada por la Asamblea Nacional francesa en 1789 pudiera servir de ideario a los negros de Haití, ni que los soldados napoleónicos se tuvieran que enfrentar a las milicias negras de Tousaint Louverture que cantaban la Marsellesa. Solo Hegel hizo un apunte en su cuaderno de notas para su Filosofía de la Historia.

Fue el Manifiesto Comunista de 1848 el que trazó en la Historia una línea de continuidad para todos los oprimidos: “Toda la historia de la sociedad humana, hasta nuestros días, es una historia de luchas de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre,…”

Así que no es de extrañar que en Alemania en agosto de 1914 “Espartaco” fuera el seudónimo con el que firmaron sus artículos y panfletos los socialistas alemanes que se oponían, como Lenin y Trotsky en Rusia, como Jean Jaurés asesinado en Francia, a la guerra imperialista. Año y medio más tarde, el 1º de enero de 1916, Rosa Luxemburgo y Karl Liebnecht fundan la Spartakusbund, la Liga Espartaco. En junio de ese año son encarcelados. Y liberados dos años después, a finales de 1918, en medio de una ola de motines de marineros, soldados y trabajadores, preludio de lo que parecía que iba a ser, como en Rusia, la inminente y ansiada revolución alemana que arrastraría a los obreros de todos los países a la revolución mundial. El 1º de enero de 1919 fundan el Partido Comunista de Alemania. Apenas catorce días después, los espartaquistas alemanes tuvieron un final tan terrible como el de Espartaco. Fueron masacrados en masa y Rosa Luxemburgo y Karl Liebnecht asesinados por los escuadrones de la muerte de la época. De aquella sangre, de los restos de la Spartakusbund surge el KPD, Partido Comunista de Alemania.

En ese mismo 1919 Arthur Koestler era un adolescente precoz que con 14 años seguía con entusiasmo en Budapest el efímero triunfo de la República Soviética Húngara, otra secuela revolucionaria del matadero de 1914-1918. Tras la derrota de Bela Kun, su familia emigró a Viena, centro del recién desaparecido Imperio austro-húngaro. En 1931, tras un recorrido vital y profesional que ya se podía considerar notable, Arthur Koestler se afilia al KPD. Su trayectoria desde ese momento hasta el final de la Segunda Guerra Mundial está llena de peripecias. Pudo haber sido fusilado en España en 1936 y también en 1937. En 1939 fue internado en un campo de concentración francés. Escapó de la ocupación alemana de Francia alistándose en la Legión Extranjera francesa para poder llegar al norte de África. Allí desertó para volver a Inglaterra, donde fue encarcelado nuevamente. La publicación en 1941 de la versión inglesa de su obra Del cero al infinito, profundamente anticomunista en el sentido literal del adverbio, le abrió las puertas de la cárcel y del servicio secreto británico.

Porque Arthur Koestler ya había dejado el Partido en 1939. Sus dudas venían de mucho antes, desde su primera visita a la URSS en 1932, y se habían profundizado con los primeros procesos de Moscú y purgas estalinistas. Lo que vivió Koestler, su conversión, crisis y apostasía, es lo mismo que han vivido de muchas otras maneras centenares de miles de militantes comunistas. Lo genial en él fue realizar este ajuste de cuentas eligiendo al mito del movimiento comunista para escribir una novela, Los gladiadores. Una parábola acerca de lo que él llamaba “’la ley de los desvíos’, que exige a un dirigente en la senda hacia la utopía ‘actuar despiadadamente en aras de la misericordia’”. En definitiva, el viejo dilema de los fines y los medios, o dicho de otra manera: Dios (la Historia, en el sentido hegeliano marxista, interpretada por el Partido) escribe recto con renglones torcidos.

La novela de Koestler no se ha difundido mucho, quizás porque, a diferencia de la siguiente, Del cero al infinito, no es susceptible de ser utilizada como propaganda anticomunista, y no pudo gozar de ninguna subvención encubierta de la CIA, como sí la tuvieron otras obras y actividades de Koestler. Pero tenía un público objetivo amplísimo: todos los que han compartido las preocupaciones, los ideales y las decepciones de Koestler.

La novela está excelentemente documentada, como corresponde a una novela histórica. Y sin embargo, la novela no parece una novela histórica. Desde las primeras páginas el lector siente una distancia respecto a lo que lee que le desubica. Es el tono ligero, burlesco, con el que se narran episodios a los que el lector acude predispuesto de antemano para la épica. Si Koestler pretendió utilizar la figura de Espartaco para subvertir el imaginario de sus posibles lectores comunistas de la época, con esta aproximación seguramente conseguiría que muchos de ellos cerraran el libro en las primeras páginas. Eran tiempos de resistencia a machamartillo para carboneros de mucha fe.

Primera edición en lengua inglesa de The Gladiators, de Koestler

Pienso que Koestler solo pretendía distanciar al lector de los hechos, evitar su empatía, o incluso tomar él mismo esa distancia emocional de lo que escribía, para fijar su atención sobre las opciones y alternativas estratégicas del movimiento que se van desplegando a medida que su éxito congrega más y más seguidores. Se trata de una novela de ideas y el contraste es notable cuando los personajes que hemos visto actuar como en una comedia de pronto enuncian o definen un dilema político y uno u otro propone la solución. En algunos casos, la escena adquiere un patetismo extraño, como en la escena final en la que los principales secundarios se preparan para recibir la crucifixión.

De una novela de ideas pueden esperarse personajes planos. No es así. Los personajes evolucionan ¡y mucho! Pero esta no es una novela de personajes, sino de necesidades históricas que actúan a través de las personas. Espartaco, el personaje que podría parecer protagonista, no lo es. Es el quicio de la novela, así como otros secundarios (Fulvio, el historiador demócrata radical, o el esenio de cabeza ovalada, o el galo Crixus, pura expresión de una rebeldía sin ideales, o Nicos, el esclavo cristiano que predica la mansedumbre) actúan de bisagra. Espartaco es una página en blanco que va tomando la forma de la necesidad histórica. Al principio, es un líder natural, tan natural que no hace nada para ser líder, ni siquiera hablar un poco más de la cuenta. Pero siente y presiente lo que el movimiento necesita en cada momento. Consciente de que son demasiado numerosos para limitarse a ser una banda de ladrones y saqueadores, encuentra en un judío esenio la utopía capaz de iluminar al movimiento. A partir de ese momento, Espartaco es prisionero de una ley implacable, la ley de los desvíos, que exige a un dirigente en la senda hacia la utopía “actuar despiadadamente en aras de la misericordia”.

Es curioso que este libro haya sido editado varias veces en España entre 1992 y el año 2000 por editoriales tan “mainstream” como Plaza y Janés, Edhasa, Altaya, Círculo de Lectores o Salvat. Siempre en la misma versión traducida de Maria Eugenia Ciocchini. Quizás pensaron que el título y el nombre del autor sería suficiente para tener un éxito de ventas. Sería interesante haber registrado su recepción entre los lectores a los que iba destinado.

No sabemos si Howard Fast había leído a Koestler, pero tuvo ocasión sobrada. Los Gladiadores, aunque escrita en alemán, fue publicada en lengua inglesa tan pronto como en 1939 por Jonathan Cape, y en 1949 por Macmillan. Hay, además, algunas señales en la novela de Howard Fast que se pueden interpretar como indicios de esa lectura previa. Por ejemplo, la presencia de un secundario judío. A diferencia de Koestler, el secundario judío de Howard Fast no es un esenio, sino un macabeo. Totalmente coherente con el cambio que se opera entre el Espartaco de Koestler y el de Fast.

Howard Fast concibió su novela Espartaco mientras estaba encarcelado por no entregar al Comité de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy los nombres de sus compañeros en el Comité de Ayuda a los Refugiados Antifascistas de la guerra de España. Es fácil imaginar a Howard Fast rumiando en aquellas circunstancias el mensaje derrotista de Koestler y elaborando una réplica que escribió nada más salir de la cárcel. Para Koestler su novela era el ejemplo de una revolución que, como la soviética, “termina en un trágico callejón sin salida”. Fast en cambio dice “He escrito este libro para infundir esperanzas y valor a quienes lo lean.”

Solapas de la autoedición de Espartaco que hizo el propio Howard Fast

La publicación de la novela de Howard Fast fue vetada por Edgar J. Hoover en todas las editoriales que quisieron publicarla. Finalmente, con la ayuda económica de algunos amigos, la obra fue autoeditada y vendió decenas de miles de ejemplares cuando su autor solo esperaba unos cientos.

En 1960 fue llevada al cine por Anthony Mann, que empezó el rodaje, y Stanley Kubrick, que lo terminó, con guión de un amigo de Howard Fast también represaliado por McCarthy, Dalton Trumbo. Trumbo fue un guionista que ganó dos Oscar y no pudo recogerlos porque tenía que agazaparse detrás de un seudónimo para trabajar en Hollywood. Este film, del que Kubrick no se sentía particularmente orgulloso, ha oscurecido la novela. Puede verse perfectamente como una película de romanos, hasta el punto de que llegó a proyectarse en cines en la España de Franco con el mero corte de una escena alusiva homosexual, aquel diálogo sobre ostras y caracoles, y hoy día no hay temporada en la que no tengamos un pase en alguna de las televisiones generalistas, que no son precisamente rojas.

Si has leído la novela puedes dejar de ver la película: no te aportará nada nuevo. Pero no al revés. La película narra la sublevación de una manera lineal, desde el principio. En la novela el lector se encuentra desde la primera página con los seis mil esclavos colgando ya de las cruces a lo largo de la Vía Apia: la tensión narrativa no está ahí, en el triunfo o la derrota de la rebelión. El punto de vista está puesto mayoritariamente en los vencedores: el senador Graco, el general Craso y un conjunto de secundarios integrado por Ciceron, dos damiselas, un petimetre, un patricio chapado a la antigua, una matrona, etc… Este ángulo permite al autor prescindir de recorrer las huellas del relato de Koestler para borrarlas o enmendarlas. Más aún, puede mostrar la lucha de clases de la manera más descarnada sin caer por ello en una declamación panfletaria. Compárese por ejemplo la escena de la película en la que Kirk Douglas grita “¡No soy un animal!”, en la que la presencia de Jean Simmons da más tensión sexual que social, con el diálogo entre Craso y Cayo acerca de los instrumentos vocales y semivocales con fondo de cuerpos agonizantes en las cruces.

Otro aspecto que no recoge la película es la profecía o proclama final de que la rebelión nunca acabará y Roma finalmente será destruida, como así ocurrió en 410 a manos de una coalición de esclavos y bárbaros. Puede que muchos de los lectores americanos fueran nietos de esclavos y la leyeran en esa clave reducida: esclavos, Roma. No lo creo, más bien todo lo contrario. Pero por si hubiera dudas la escena de la fábrica de perfumes apunta a la Roma del siglo XX. No era fácil decir eso de otra manera más explícita en 1950. En cualquier caso, demasiado para que Hollywood lo reflejara.

Max Gallo, de pie en el centro

La tercera de las versiones, Espartaco: la rebelión de los esclavos, de Max Gallo, es perfectamente prescindible. A pesar de que su título parece que resume y centra el de las dos primeras (Los gladiadores y Espartaco), en realidad Max Gallo se sitúa muy lejos de ellas. Como Koestler y Howard Fast, Max Gallo también estuvo ligado al partido comunista francés en su juventud. Pero ahí acaban los parecidos. Rápidamente mudó al partido socialista, desde donde hizo una buena carrera como ministro con Miterrand, europarlamentario, académico y ensayista. Como escritor, se especializó en novela histórica multisecular. Le daba lo mismo Napoleón o Robespierre que Julio César. Y esa polivalencia todoterreno, la verdad, es un indicio de mal escritor. Y lo es, basta con que hagáis una cata de una o dos páginas en cualquiera de sus obras.

Portada de la edición española del Espartaco de Max Gallo. ¿No os parece estar viendo al Russell Crowe de la película de Ridley Scott, estrenada 6 años antes de la edición española?

Su versión de Espartaco comienza adornándose con una dedicatoria: Para Arthur Koestler, por su Espartaco. como homenaje y recuerdo. Esa dedicatoria es una impostura: no hay nada en el Espartaco de Max Gallo que tenga que ver con el de Koestler (o el de Howard Fast). Quizás menos aún con el Espartaco histórico. En Max Gallo los diálogos rozan lo ridículo y asistimos a una épica grandilocuente declamada por personajes de cartón. Por qué se publican obras que abochornan solo tiene una explicación: industria cultural. ¡Cómo no se iba a publicar a un senador, académico, diputado, ex-ministro! Así que el senador, académico, diputado, ex-ministro, recoge la figura de Espartaco y decora con ella su bibliografía y seguramente también su cuenta corriente. En fin, a la socialdemocracia no le bastó con aplastar a los espartaquistas en 1919, sino que un siglo más tarde no les importa desvirtuar el mito.

La serie televisiva Espartaco: sangre y arena, salió a pantalla en 2010. Mejor no hablar de ella. Desublimación represiva de lo más burda. Dicho de otro modo, sexo y violencia para el ocio embrutecedor de las masas. Culmina aquí la operación que empezó Hollywood para desvirtuar el referente imaginario de Espartaco. Lo que no consiguió Edgar J. Hoover, lo ha conseguido la industria cultural. O no.

 

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