Adara, la inmortal

100_1133No es fácil recordar cómo la inmortalidad dividió en dos al género humano. En la memoria de los que nunca la alcanzaron, el suceso se hizo humo de mitos y leyendas mucho antes de que dejara de ser exacto el número de generaciones transcurridas desde que ocurrió.

La memoria de los inmortales es diferente: no la aniebla el extravío de los detalles, sino su exceso. Y aunque algunos de los afortunados iniciaron registros minuciosos de su nueva vida presuntamente inacabable, los ordenadores dejaron de responder a la tecla de encendido poco tiempo después del holocausto. Ya ninguno de ellos se animó a buscar tinta y papel para mantener los anales. No valía la pena. Porque no habría lugares donde guardarlos, tan inacabables serían. Ni se conservarían tanto tiempo como ellos vivieran. Y además, concluyeron, el tiempo transcurrido y registrado siempre abrumaría al tiempo necesario para leerlos.

Pero, ¿cómo fue?

Hubo una vez… Sí, claro, tuvo que ser antes de, ya que el holocausto fue su consecuencia. Por entonces ya se sabía que el ser vivo es una máquina que se repara a si misma, pero sin la suficiente perfección. Sólo había que ajustarla bien, y la máquina sería eterna.

El hallazgo era inminente. Todos los hombres esperaban vivir para verlo, y verlo para vivir eternamente. Ocurrió. Los poderosos fueron los primeros en alcanzar la eterna juventud. Y una vez conseguida, conspiraron. Porque, ¿no rebosaban de hombres los continentes? ¿No se habían fundido los polos, desbordados los mares, arrasada la Amazonia, extinguidas innúmeras especies?

Los hombres fatigaban la Tierra. Y ahora, por añadidura, eran inmortales.

ANPI. El Acuerdo para la No Proliferación de la Inmortalidad sólo fue acatado por los que ya lo eran. Y no impidió lo inevitable. Ninguna reunión de hombres, cualquiera que fuese el título que se le diera, resistió la presión de los mortales pidiendo ser admitidos en el club de los que nunca envejecían. Disturbios en las ciudades. Los primeros gobiernos en ceder se enfrentaron a los gobiernos defensores del Acuerdo. Y los gobiernos defensores del Acuerdo encomendaron la supervivencia del planeta a las armas nucleares.

Aquellas bombas redujeron el número de los humanos a lo razonable. Y cuando nadie fue capaz ya de distinguir el polvo de las cenizas, crecieron los bosques donde no se recordaba que los hubiera habido. La nieve volvía a caer en las cumbres sobre la nieve del año anterior. Especies que se creían extinguidas surgían del Arca de Noé de una previsión disparatada que al final había resultado clarividente.

En algún momento de aquel cataclismo se perdió la máquina de la inmortalidad. Alguien tuvo en su mano, en el último momento, la decisión de destruirla o de conservarla fuera del alcance de los hombres, y decidió esto último. Lo dice un relato diseminado entre mil fábulas: que la máquina está en algún lado, esperando a que alguien la encuentre. Los inmortales lo cuentan con aprensión, queriendo creer que no será cierto y que nada alterará su estado actual. Los mortales, con la esperanza de una revancha.

El género humano volvió a crecer. Muy despacio. Liberándose de todas las taras y monstruos inviables que siguieron al gran holocausto. El hombre volvió a tener retos a su medida a los que enfrentarse: rebaños para medrar; cosechas que sembrar y recoger; jabalies, osos, leones con los que probar el valor de sus flechas y lanzas.

Mortales e inmortales viven ahora separados por una envidia atávica, un agravio de eones. La pugna, sin embargo, va cayendo ineluctablemente del lado de los mortales. Porque las muertes violentas, las enfermedades oportunistas (los suicidios también), menguan el número de los inmortales. Entre ellos la procreación es aberrante, un tabú cuya transgresión socava la comunidad, porque los seres traídos al mundo son mortales, y los perpetuamente jóvenes no quieren tener previsión para la vejez y la muerte. La inmortalidad requiere la inmutabilidad en todos los órdenes. Así es todo entre ellos, sus leyes, sus costumbres, sus jefes, y hasta sus vidas interminables. El tedio y la decadencia es el precio que pagan por no envejecer.

Y los que se niegan a pagarlo -un lento goteo- abandonan sus pequeños Olimpos amurallados para buscar la sociedad de los mortales, mezclarse con ellos y robarles un poco de vida…

La pareja estaba sentada al sol. A sus espaldas, la pared de bojes esmeralda y el fuste gris de las hayas. Delante, la vertiginosa ladera despeñándose hasta el valle.

El hombre hablaba sin levantar la vista. Entre las manos, un cuchillo y una rama. Las palabras salían de su boca como las mondas del palo, concienzudamente.

– Se acaba, Adara. Esto se acaba para mi. Ya ves, yo siempre había hecho esta subida de un tirón, y hoy no sé si podré llegar arriba.

Estaban arrimados el uno contra el otro. La piel de ella, clara y tersa como la madera de boj que desnudaba el cuchillo. La de él, arrugada y áspera como la corteza que arrancaba. Un par de virutas se camuflaban entre las canas de su barba. El seguía cortando pensamientos.

– Todos estos años junto a mí, te habrán parecido un suspiro. Aunque a mi… me han colmado, Adara.

Ella lo rodeaba con su brazo, recostada en su hombro. Su pelo negro caía por igual sobre las espaldas de ambos.

– No digas eso, Ruisko. Tú me has hecho joven. Te lo he explicado tantas veces…! -le dijo ella.

– Y tú me has hecho viejo, Adara. -dijo él-. Todos envidian mi fortuna, envejecer junto a una mujer perpetuamente joven ¡Qué pocos sospecharán lo que puede llegar a doler!

Levantó la vista. Sobre ellos, allá donde el azul no tiene medida, una silueta alada planeaba en círculos tan solemnes como el cielo inmutable. Adara averiguó, como tantas otras veces, la mirada de Ruisko ávida de inmensidad. Hacía años que él ya no subía a los acantilados para acechar el vuelo de los buitres.

Dejar de hacerlo fue su primera claudicación. Luego vinieron otras. Todavía no arrastraba los pies. Todavía podía dar un grito para reunir a los perros a su lado. Pero los hijos ya habían empezado a decirle: déjalo, padre, ya lo haré yo. Y estaba ella, la madre de sus hijos, ella, siempre a su lado, siempre igual, inmutable, siempre joven. Ella lo hacía doblemente viejo.

– Vamos -arrancó él.

Y reemprendieron la subida. Ella a su lado, detrás, disimulando que podría caminar más deprisa. Pretextando una flor, una seta, un trozo de musgo, para que él tomara aliento sin reparar en ello.

Llegaron. El risco dominaba los tres valles. Esperaron.

Al rato los vieron aparecer, apenas unos puntos por debajo del horizonte. Se afianzaron en el borde, el uno en el otro, contra el viento. Uno, dos, tres, cuatro buitres pasaron delante del acantilado, debajo de ellos. El detalle de las plumas remeras; sus tonos cambiantes, tierra seca, tierra oscura, negro; la gorguera blanca. Y cuando ya los despedían, de la nada apareció un quinto, suspendido delante de ellos, inmóvil como la eternidad. Ruisko reventó de gozo. Porque en ese momento, el buitre giraba su cabeza, enfrentándoles con los ojos, como si quisiera hablarles, sonreirles con el pico.

Y con un levísimo gesto de sus alas, se catapultó hacia el cielo.

– ¿Has visto, Adara? ¿Has visto? Se ha parado a mirarnos.

– Si, Ruisko.

– Nunca pensé que vería algo igual. Tenías razón, ha valido la pena subir.

Se sentaron. Comieron. Ella apoyó su espalda contra el tronco de un haya. El se acunó entre sus piernas

– Toma, bebe -y Adara le alargaba una cantimplora pequeña-. Dormirás un poco, y te despertarás con fuerzas para bajar, sin que te duelan las rodillas.

El bebió. Luego dejó extraviada su mirada en el azul, mientras ella le acariciaba las sienes. Y cuando él cerró los ojos, ella empezó a llorar, suavemente al principio. Luego a borbotones. Lloró todas las lágrimas que no habían salido de sus ojos en su larga vida inmortal. Lloró y lloró, hasta que la frente de él estuvo fría como la muerte que era. Entonces apretó los ojos -secó las lágrimas-, apretó los dientes -estranguló los sollozos-, y se puso en pie. Arrastró el cuerpo hasta el borde del acantilado, y lo desnudó, preparándolo para la última visita de los buitres.

Arrancó a caminar. Tenía un trecho muy largo, muchas montañas que subir y bajar hasta llegar más allá de los valles, donde nadie hubiera oído hablar de ella, Adara la inmortal. Y mucho tiempo para decidir si valía la pena vivir sin volverse a enamorar de un mortal.

Publicado originalmente en Literatura  Bastardapr1adara

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