Cuando mueren las azucenas

-V-

primera-comunion-niña-el-corte-ingles-cl– ¿Por qué yo?

– Porque eres el único penalista competente al que no le va a tentar ni distraer la repercusión mediática del caso. Estoy segura de que buscarás lo mejor para Marilena.

– ¿Sois amigas?

– Le he llevado su divorcio, nada más. Fuimos juntas a Carmelitas, incluso comulgamos juntas. Era de esas compañeras de colegio que no llegas a tratar, pero que nunca olvidas porque todas nos mirábamos en el espejo para ver si nos parecíamos a ella: guapa, ni un grano en la cara, sonrisa de anuncio, y una melena rubia como los ángeles. Después nos perdimos de vista. Una vez la vi saliendo del cine con un hombre al que imaginé su marido. En otra ocasión, recogiendo niños a la puerta de un colegio. Alguna amiga me ratificó esos indicios: se había casado con un empresario y vivía a lo grande en una urbanización de lujo. Fíjate qué sorpresa cuando hace tres años llegó a mi despacho para pedirme que le llevara el divorcio.

– ¿Y en ese tiempo?

– No nos hemos hecho amigas. No quiero que nada personal interfiera con mi trabajo. He seguido mirándola de lejos, aunque ahora ya como un ángel caído. Aún me pregunto si se hubieran salvado los niños de haber llegado yo puntual al despacho.

– Aunque hubieras leído el correo a las cinco de la madrugada, cuando te lo envió, los niños habían tomado las pastillas con la cena. Ya era tarde.

– Pero se salvaron dos.

– La misma dosis de diazepán para los cuatro. No es lo mismo un adolescente de catorce años que un niño de tres.

– ¿Te das cuenta? Se equivocó en la dosis. Sólo quería llamar la atención. Como su suicidio. Se encierra en el garaje con el coche en marcha, pero no se le ocurre tapar la rejilla de ventilación para la caldera.

– Al jurado no le gustará que su torpeza le haya salvado la vida y que yo alegue que mató a sus hijos por torpeza.

– No, claro.

– ¿Por qué ahora? Llevabais tres años con el divorcio, y al final, cuando habías conseguido lo mejor para ella…, no lo entiendo. ¿Por qué?

– Lo conseguí, como abogada. Como mujer, veía que para ella cada trámite, cada firma, cada alegato y cada plazo por cumplir, eran un lamento, un grito, una llamada de auxilio y una esperanza insensata. Cuatro hijos de tres a catorce años aloban a una mujer sola. Te comen. Pero yo no podía decirle: renuncia a la custodia, estás en tratamiento psiquiátrico, no puedes. Porque el pleito la mantenía viva. Yo sólo soy abogada y tramité lo que quería mi cliente. Cada profesional hace su trabajo y la persona se estrella sola. Como el diazepan que le recetaba el psiquiatra. Sé que ella se lo había dado más de una vez a los niños para conseguir un poco de paz.

– Lo comprobaré. Se acerca más a la posibilidad de convencer al jurado de que hubo un error en la dosis.

– Al acabarse la pelea se encontró vacía, a pesar de haber ganado. Y entonces, bueno, ya sabes el detalle del vestido de la niña.

– Sí. Que la encontraron con el vestido de la Primera Comunión.

– Hubiera comulgado este domingo. Le obsesionaba que la niña saliera de la iglesia y…

– ¿Y?

– No sé. Algo terrible.

– ¿Que no encontrara a sus padres?

– Qué sé yo. No fui su amiga para sus confidencias, ni su psiquiatra para sus pesadillas. Esperemos que el siguiente profesional haga por fin un buen trabajo. Y ése eres tú.

– Veremos. Aún no he podido entrevistarla. El psiquiatra me ha dicho que espere a que ella pueda llorar.

-IV-

– De traca, chica, lo de Marilena ha sido de traca. ¿Sabes, Pilar, aquella compañera de Carmelitas que trabaja en Tráfico? Una mañana fue Marilena a verla a la oficina, que le habían puesto una multa de radar y tenía que ser un error porque su marido estaba con el coche en Barcelona en un viaje de trabajo. Total, que Pilar la acompañó a donde las denuncias y allí le enseñaron la foto. Y sí, era su coche, a la una de la madrugada por el Paseo Sagasta, donde El Corte Inglés. Y ahora, no te lo pierdas: la foto era de frente, se veían las caras. ¿Sabes quién era el acompañante?

– No me lo digas. Me lo imagino: alguna pelandusca.

– Ja. La secretaria. ¿No ves que era un viaje “de trabajo”?

– Pobre Marilena.

– La secretaria, con la que ella habla cuando llama a su marido al trabajo. Si hasta una vez creo que le hizo de canguro con los niños.

– Ojalá hubiera sido una pelandusca. Tiene que ser horrible verte comparada y relegada por otra.

– Veinte años más joven. Bueno, es lo que hay, chica. Por mucho que te cuides…

– Cuatro hijos, y te dan la patada.

– Por eso es mejor lo que hacen algunas: callar y tragar. Si el marido tiene dinero, como tenses la cuerda te aplica el Plan Renove. Déjale echar alguna cana al aire, y ya vendrá a casa.

– ¡Qué difícil ya para Marilena! En evidencia ya delante de todo el mundo. ¿Cómo reaccionó?

– Cogió la multa y se dio la vuelta con ojos de cristal como si hubiera visto a Dios. Pilar la alcanzó antes de llegar a la calle y la metió en los baños para que se le pasara la lloratina.

-III-

Celebraron la boda en mayo, a pesar de la coincidencia con las primeras comuniones. Se casó de blanco, otra cosa hubiera sido impensable para su madre y aún para su futuro esposo. Cuando Marilena se vio por primera vez en el espejo, comentó que no le faltaba más que el rosario en la mano y el misal nacarado. Y hasta pensó teñirse el pelo, porque un rubio como el suyo no favorecía sobre el blanco. Él le dijo “Estás preciosa. Te quiero así”, y la besó.

La ceremonia fue bien. No hubo ningún percance. No se cayó al salir de la iglesia, como temía. Y cuando por fin se quitó el vestido de novia en el hotel, se echó a llorar de alegría.

-II-

Al despertar, Marilena extrañó el tacto de aquellas sábanas. Palpó a los lados, y a duras penas encontró el borde por uno de ellos. Por el otro, el brazo se le perdió entre los pliegues aún tibios de unas sábanas de raso. Una persiana que no ubicaba en ninguna habitación filtraba la luz de una mañana ya avanzada. Marilena rindió la cabeza sobre la almohada: ¿será esto lo que llaman resaca?

Se había emborrachado de tules y satén, de guirnaldas, de aplausos, de focos y miradas. Recordaba lo difícil que era sostener la sonrisa cuando estás pendiente de que anuncien a la ganadora, y que se decía a sí misma: “aunque no gane, todo esto es mucho más de lo que yo esperaba”. Y luego, la apoteosis: Miss Aragón. En su cabeza bailaban todavía las frases de la entrevista con el Heraldo. El relaciones públicas de la organización le había resumido su papel así: “Tu estilo es el de la inocencia y la pureza. Tienes que distanciarte del icono de Marilyn”. Y luego, le había hecho memorizar las respuestas, como si él fuera un catequista y ella fuera a comulgar por primera vez:

– ¿Le habrán dicho que se parece a…?

– Sí, me lo han dicho. El tono platino de mi rubio es natural, tengo oído que Marilyn se teñía para conseguirlo.

– ¿Se lleva bien con la cámara?

– Tengo experiencia, he hecho bastantes cosas. No tengo ningún problema para posar.

– ¿Qué le parece la obsesión por el culto al cuerpo?

– Lo importante es sentirse guapa y segura. La inseguridad es lo primero que se ve; si te sientes bien los demás lo sentirán.

– ¿Qué prendas no faltan nunca en su armario?

– Tengo de todo. Siempre tengo vaqueros, camisetas básicas y complementos, y sobre todo zapatos de tacón.

– ¿Cuántos pares de zapatos de tacón puede llegar a tener?

– ¡Me faltan días para ponérmelos todos!

– ¿Qué valora más en una persona?

– La sinceridad y la honestidad son mis pilares.

– ¿Qué detesta más?

– La hipocresía.

Oyó el ruido del agua correr. Se incorporó. Ella, que siempre dormía con su braguita y la parte de arriba del pijama, estaba desnuda, carne blanca sobre sábanas de raso negro. Se sintió sucia, y sucias las sábanas. Se tocó.

Se abrió una puerta en el lado opuesto de la ventana y su haz de luz despejó las zonas oscuras de su memoria. Recordó todo: la fiesta de celebración, las bebidas, las insinuaciones, los roces. La desnudez del hombre que se asomaba, el mismo que le había hablado de inocencia y de pureza, la desnudó a ella. Marilena se tapó la cara con las sábanas y se echó a llorar.

-I-

En mayo las bodas ceden el paso a las comuniones en el calendario de las familias y de los restaurantes. Los niños desposan a las niñas en altares que rebosan de luz y de un aroma empalagoso a inocencia. Extraña flor la de la pureza, que solo exhala su fragancia cuando va a morir. Muere la infancia cuando toma conciencia del pecado, de la mentira y de lo oculto. Nunca serán los rostros de ellos tan masculinamente serios, ni tan hieráticamente dulces los de ellas.

La ceremonia ha terminado. El frufrú de los tules susurra en la puerta de salida, a punto de estallar como el tapón de una botella de champán. Marilena sale a la calle. Marilena ve a sus primos, Marilena se agita, levanta el brazo, rompe su cara con una sonrisa y echa a correr por las escalinatas abajo. Marilena tropieza con su propio vestido, las manos trabadas por el rosario y el diminuto misal nacarado. ¡Marilena, Marilena! Los ángeles no llegaron a tiempo para sujetarla. Otras manos más humanas la levantan, el vestido manchado, la cara ensangrentada en puro rasponazo.

Marilena rompe a llorar. Como las azucenas cuando mueren.

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