¡Viva Palas Atenea!

sophie– ¡Viva Palas Atenea!

La primera vez que escuché su grito de guerra, no supe qué pensar. Luego, como todos los que le tratábamos, me habitué a su cantinela.

– ¡Viva Palas Atenea!

Su mujer, Sofia, era treinta años más joven y un palmo más alta. Yo la había visto por primera vez, adornada con las presuntas joyas de Helena de Troya, en la foto con la que su marido publicitaba sus hallazgos más apasionados que rigurosos. Aquellos sucios tonos grises del Frankfurter Zeitung dieron un objetivo a mi vida: decidí ser arqueólogo.

La segunda vez que la vi, siete años más tarde, también lucía las joyas. El color era verdadero. Ella, de carne y hueso. Las joyas, falsas.

Pero empecemos por el principio.

El año anterior había conseguido que su marido me tomara como colaborador. Fue, por su parte, una especie de tanteo. Yo venía de excavar en Olimpia bajo la dirección su más encarnizado rival, el doctor Ernst Curtius. Durante aquellos meses junto a él, en Orcómenos, tuve que usar todo mi tacto para que mis observaciones no fueran tomadas como censuras. No lo debí hacer mal, siempre he tenido la capacidad de los seductores para insinuar y conquistar voluntades. Los mosquitos del lago Copais forjaron entre nosotros un lazo de camaradería, y algún tiempo después me pidió que lo acompañara en una nueva campaña sobre las ruinas de Troya.

Un día recibí una invitación para comer en Iliou Melathron.

Solo por su nombre, la “cabaña de Ilión”, ya se delataba que aquel hombre había enterrado la vida de su familia en un museo. Los jardines rebosaban estatuas y surtidores. La planta baja estaba circundada de columnas y nichos con más estatuas. Sobre el frontis de la puerta principal colgaba la metopa de Helios, otro de sus hallazgos en Troya. La escalinata interior era de mármol del Pentélico. Suelos y paredes estaban decorados con mosaicos al modo pompeyano, con angelotes entre columnas y pilastras, y pomposas citas de Homero y de los filósofos griegos sobre los dinteles de las puertas. En los dos despachos y en la biblioteca, diversas vitrinas exponían monedas, joyas y reliquias de sus excavaciones.

Me recibió Belerofonte, el portero. Cada miembro de aquella casa llevaba el nombre de un personaje homérico. El jardinero se llamaba Príamo. El cochero, Calcas. Las dos niñeras, Dánae y Polixena. Los hijos de Schliemann, niños intemporales como los que se encuentran en todas partes, se llamaban Andrómaca, la mayor, y Agamenón, el pequeño. En sus bautizos se había leído la Ilíada, al igual que en su boda con Sofía.

– Nosotros vivimos en el mundo helénico – explicó Schliemann durante la comida.

– Pero usted no ha cambiado su nombre.

– ¿Cómo? ¿Se imagina los problemas que tendría para acreditar una nueva firma con notarios, bancos y registros de la propiedad en Grecia, San Petersburgo, París, Londres, Indiana, Nueva York?

– Es una pena. Me atrevo a sugerirle que, si lo pudiera hacer, escogiera el nombre de Odiseo.

– ¿Usted cree?

– Un hombre que ha naufragado dos veces; que ha atravesado a pie el istmo de Panamá, enfermo de malaria, y que ha defendido su cofre lleno de oro con un revólver y un cuchillo, sin permitirse dormir por miedo a que sus compañeros de viaje lo mataran y robaran; un hombre que puede hablar en primera persona de las cumbres nevadas del Himalaya, de la Gran Muralla, de los Palacios Imperiales de Pekín, de Yedo, la ciudad sagrada de Japón donde los extranjeros corren riesgo de ser asesinados; un hombre así merece llevar el nombre de aquel otro fecundo en ardides. -me abstuve de añadir “por muy pequeño de estatura que sea”

– Y usted, frau Schliemann – añadí dirigiéndome a Sofia- , podría elegir Helena, por su belleza, o Penélope, por la constancia con la que aguarda el regreso de su esposo, siempre de viaje de excavación en excavación.

– Yo lo acompañaría más a menudo, pero…

– Los hijos… – terció Schliemann- . Sepa usted que no he tenido capataz ni lugarteniente más competente.

Schliemann no exageraba. En Olimpia, el doctor Curtius ya hablaba con admiración de la esposa de Schliemann, capaz de meter en vereda a la cuadrilla más insolente de peones.

– Recuerdo – siguió Schliemann- cuando desenterramos el tesoro de Príamo: supo encontrar un pretexto para enviar los obreros a casa sin despertar sospechas. Así pudimos sacar el cofre sin que nadie nos viera.

– Realmente, la arqueología le debe mucho, frau Schliemann.

– Mi marido me lo ha enseñado todo – respondió ella mirándolo con un gesto de devoción que me pareció ritualizado.

– Sofía, haznos el favor: ponte el tocado de Príamo – dijo Schliemann.

Sofía me miró como si necesitara mi permiso.

– Sí, por favor: se lo ruego.

Cuando Sofía volvió a la mesa, los sucios tonos grises de mi memoria se llenaron de colores rutilantes. Había cambiado sus vestidos por el traje típico griego. El oro del collar, de las bandas que caían desde sus sienes, de los larguísimos pendientes, se derramaba sobre su corpiño azul, turgente y palpitante. Su cabello oscuro como ala de cuervo, ceñido por la diadema, prestaba su brillo al oro de Príamo. Su boca de fresa y nata lo eclipsaba. Era Helena de Troya revivida la que posaba para mí, la que me ofrecía graciosamente uno u otro de sus perfiles, la que me sonreía y me miraba de soslayo.

Me sentí ladrón, profanador.

– Como usted sabe, las joyas originales – aclaró Schliemann- llevan tres años expuestas en Londres. Confío en su discreción para que no trascienda la existencia de este duplicado.

Schliemann había sacado el tesoro fuera de Grecia para protegerlo del pleito por expolio que se le seguía en los tribunales de Atenas a instancias del gobierno turco. Redoblando cautelas, había hecho copiar las joyas. Este tipo de actos eran precisamente los que daban pábulo a las sombras de fraude y falsificación sobre sus hallazgos.

Y sin embargo, pensaba yo, la mejor de sus joyas era esa mujer tan hermosa y tan joven. Compadecí su vida junto a un hombre que la había sometido a un examen de cultura homérica para elegirla como esposa entre más de treinta candidatas que habían respondido a su anuncio; un hombre cuyos caprichos la obligaban a hablar en griego arcaico, a aprender alemán, a bautizar a sus hijos con nombres extravagantes, a vivir en un palacio fastuoso pero al que le faltaban muchas de las comodidades de la vida moderna porque no eran “homéricas”.

Meses después acompañé a Schliemann a la que sería su última campaña en Hissarlik. Nuestra amistad pasó un momento difícil cuando cuestioné que la Troya de Homero correspondiera al nivel en el que él había encontrado el Tesoro. Era una ciudad demasiado pequeña, mientras que la predecesora, mucho más grande, mostraba signos inequívocos de destrucción violenta. Para mi sorpresa, aceptó mis conclusiones. Solo me pidió que no adelantara nada a mis corresponsales en Berlín, especialmente al doctor Curtius.

Después de Troya, excavamos en Tirinto. Ya tenía su confianza. Yo le dejaba a él todo el mérito de los hallazgos, aún cuando sus conclusiones fueran en gran medida inspiradas por mí.

De vuelta en Atenas, me hice habitual de Iliou Melathron. Acudía a cualquier hora y, si el doctor había salido, jugaba con Andrómaca y Agamenón. Sofía decía que Heinrich pasaba poco tiempo en casa, y que ni ellos ni ella tenían ocasión de mejorar su alemán más allá del que aprendían con las institutrices. Sofía me consultaba a veces expresiones difíciles en las revistas de moda que le traían de Berlín o Viena.

Un día la encontré leyendo algo diferente.

– Una novela muy atrevida, frau Schliemann.

– ¿Usted cree? ¿La ha leído?

– Es lo que dice todo el mundo. Trata de una esposa adúltera, si mal no recuerdo.

– Espero que no me denunciará usted a mi marido.

Reímos.

– En todo caso puede alegar en su defensa los muchos adulterios que cuenta Homero, empezando por la mismísima Helena.

– Es usted muy imaginativo, herr Dörpfeld. No me había parado a pensar en lo que pudieran tener en común Helena de Troya y Madame Bovary.

– Los hombres de entonces, como los de ahora, aman a las mujeres sin pensar ni ponerse en el lugar de ellas -Sofía me miraba intensamente-. Ni Menelao ni Charles Bovary se preguntaron nunca qué había empujado a su mujer a serles infiel.

Sofía iba a responderme. En ese momento se oyeron pasos que llegaban y ella cambió bruscamente de conversación.

Poco después, Schliemann emprendió viaje a Egipto. Decliné acompañarle: Alejandría no me interesaba. Fui al muelle a despedirlo, junto con Sofía, Andrómaca y Agamenón. Calcas, el cochero, nos esperaba con el carruaje.

– ¡Viva Palas Atenea! – gritaba el doctor Schliemann desde la cubierta del barco.

– ¡Viva Palas Atenea! – repetían los niños, mientras Sofía y yo movíamos la mano de un lado a otro.

El barco se fue. Dejé de frecuentar Iliou Melathron. Se me hizo eterna la espera, hasta que al cuarto día recibí lo que esperaba: un billete de Sofía que preguntaba “Herr Dörpfeld, ¿ya no le interesa nuestra compañía? Los niños y yo estamos olvidando la lengua de Goethe”. Acudí.

– ¿Por qué ha dejado de visitarnos?

– Me pareció que no estando herr Schliemann…

– No sea tonto. Mi marido confía en usted.

– Lo sé. Me honra. Pero…

Me quedé callado.

– Siga. ¿Qué le ocurre?

– Yo, quizás, no puedo evitar sentir…

Alea jacta est. No me costó mucho simular que estaba temblando.

– bueno, no me siento capaz de responder a esa confianza. Lo siento, Sofía, si la he ofendido. No volveré más por esta casa, si me lo pide.

Ahora, cuando recuerdo aquella escena, me maravillo de la habilidad de Sofía para hacerme creer en todo momento que yo era el seductor, cuando en realidad lo éramos los dos.

– Yo, Guillermo, siento lo mismo que tú.

Y con estas palabras se abrió para mí el tesoro escondido de Helena de Troya. Como todo caballero, no puedo hablar de lo que siguió,

Las excavaciones más felices de mi vida se interrumpieron cuando Schliemann volvió de Egipto con un busto de Cleopatra y mucho más sordo que cuando se marchó. Sus gritos de ¡Viva Palas Atenea! arreciaban de tal manera que quien no lo conociera lo hubiera tratado de loco de atar. Un año después decidió operarse de su sordera en Alemania. En el viaje de vuelta, en Nápoles, cayó fulminado en medio de la calle. La autopsia descubrió que los pólipos extirpados ya habían dañado también su cerebro.

Cuando el cadáver llegó a Atenas, Sofía me pidió que pronunciara el discurso fúnebre. Lo hice de corazón. Admiraba a aquel hombre cuyo impulso había revolucionado la arqueología. Compartía su pasión por Homero. Yo le había superado en amor por Helena de Troya.

El discurso en su memoria acabó como ustedes pueden suponer:

¡Viva Palas Atenea!

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