Secretaria

dl1a 001Una nave acristalada y decorada con la heráldica de nuestros tiempos: logos, marcas, grandes letreros. Un pórtico de diseño para impresionar a las visitas. Son las oficinas centrales de Panaderías Reunidas.

Alrededor, otras naves más corrientes: bloques blancos, chapa verde machihembrada. Son las que sufren el calor de los hornos, las que tiemblan al arrancar los compresores de las máquinas frigoríficas, las que huelen a masa fermentada, a harina, a pan recién horneado por la mañana y a pan rancio, viejo, a última hora de la tarde. Hay un muelle de carga para la flota de furgonetas de reparto, el pan nuestro de cada día para una gran ciudad. Otro muelle, más grande, para los camiones frigoríficos que llevan su carga de masa congelada por Madrid, Barcelona o Cádiz. Y grandes tomas donde enchufan sus mangueras las cisternas rodantes de harina: doscientas toneladas diarias.

Las oficinas tienen parking exclusivo. Una garita acciona a distancia la verja que lo cierra. Cuarenta y dos plazas en dos pasillos. A esta hora de la mañana, nueve y media, todas están ocupadas. Media docena de coches se cruzan como fichas de dominó delante de otros bien aparcados, obstaculizando su salida. Queda un sitio libre, el más cercano a la puerta de entrada a las oficinas. No lo protege ninguna prohibición, no lo reserva ningún letrero. Dentro de media hora aparcará en él el coche de Julio Alberto, que como todos los días acude a su despacho mucho más tarde que sus empleados, hacia las diez de la mañana.

La presencia discreta, casi insignificante, de Julio Alberto, contrasta con el porte de su coche, un BMW de la serie 7 color verde botella, tapicería de cuero y salpicadero en madera. ¿Qué va a hacer con trescientos caballos de tracción trasera deportiva un hombre tan parsimonioso como Julio Alberto? Julio Alberto es un hombre pequeño, si hablamos de lo físico. Ni siquiera en su cara destaca una barba, unos bigotes, algo, unas patillas que nos digan ¡he aquí a un gran hombre! Julio Alberto podría peinar canas, porque tiene pelo suficiente para ello, pero se lo tiñe con el color negro con el que llegó al mundo.

Julio Alberto sube las escaleras hasta su despacho sujetándose la raya de los pantalones con el pulgar y el índice por encima de las rodillas. Brinca de un escalón al siguiente como si pisara charcos, temeroso de que una zancada demasiado larga o enérgica desdibuje el impecable trabajo de la plancha. Pasa entre las mesas de sus empleados dando los buenos días, y se pierde por la antesala de su despacho que vigila su secretaria, si antes no le ha salido al paso el director financiero o el director comercial con alguna cuestión urgente.

Media hora, una hora o dos horas después, Julio Alberto se asomaría a la puerta de la oficina y buscaría con la vista a su secretaria Mónica, perdida en amena conversación junto a alguna mesa, para decirle: “Mó-Mó-Mónica, nó-nó se me distraiga. Pón-póngame con mi mujer”.

Mónica ya no trabaja en Panaderías Reunidas. Pero no se concibe hablar de Julio Alberto sin hacerlo de Mónica.

El cuarto de Mónica -lo llamaremos así aunque ahora lo ocupe una chica nueva- tiene acceso propio al despacho de Julio Alberto: por ahí entra la correspondencia, el té y la manzanilla. Desde un cristal y otra puerta, Mónica controla la antesala de las visitas.

Pocos saben que el despacho de Julio Alberto tiene una tercera puerta disimulada al fondo. Ésa es la explicación de un extraño e inútil montacargas que hay en la nave de atrás, donde se apila cada tarde el pan seco, el sobrante devuelto por las tiendas. El montacargas, si alguien se fijara en él, está siempre detenido a la altura del techo de la nave, que equivale al primer piso de las oficinas. No lleva, ni sube, ni baja aparentemente a ningún sitio. Está ahí, nadie repara en él, en que no sirve para nada. La instalación se hizo en previsión de un posible intento de secuestro por parte de ETA, después de que Julio Alberto decidiera que no pagarían.

Julio Alberto es el artífice de Panaderías Reunidas. A mitades de los sesenta del siglo pasado, en pleno franquismo, algunos panaderos decidieron agruparse. El proyecto original era una cooperativa. Julio Alberto lo transformó en una sociedad anónima, acabó por incorporar a casi todas las panaderías de la capital y de los pueblos de alrededor, y diversificó y ensanchó el negocio a todo lo que utilizara harina, levadura y hornos.

Los socios o accionistas se cuentan por decenas. Con franquismo o democracia, con peseta o con euro, Julio Alberto ha sido siempre el Gerente. Deja a otros la Presidencia del Consejo. Sabe dar y repartir. La Empresa, o el grupo de empresas surgido a partir de la primera, es lo suficientemente boyante para practicar una endogamia calculada con los socios, y los hijos y los nietos de los primeros socios. Julio Alberto ha tenido visión y mano izquierda para evitar que los más incompetentes ocupen puestos demasiado importantes.

A Julio Alberto le gusta escuchar, saber. No es raro que alguna vez haya entrado a su despacho una señora de la limpieza o una cajera de una tienda o un chófer repartidor. Como pauta, en todos los departamentos, en todas las empresas del grupo, Julio Alberto tiene a alguien que le informa saltándose los escalones del organigrama. Alguien que seguramente aspira al cargo de su jefe, y por eso lo vigila con celo. Y a los distintos responsables y directores, Julio Alberto procura mantenerlos enfrentados entre sí y tomándole a él como referente, como árbitro.

Hasta que se jubiló, Mónica era la empleada más antigua de la empresa. Tan antigua como su jefe, Julio Alberto, y como su amiga Edurne. La empresa nació con ellos tres, en unas oficinas tan pequeñas que cabían en un piso, una segunda planta del barrio de Amara.

Entonces, claro, Julio Alberto no conducía un BMW. Cuando Mónica -y Edurne- conocieron a Julio Alberto, era la época del Seat 600 y el Gordini. El coche de Julio Alberto que ellas recuerdan es un Citroen DS con morro de tiburón. Los domingos salían de caminata a los montes vecinos. Paseo hasta alguna cumbre, comida en un restaurante o fonda de la zona, y regreso. Eran caravanas de tres o cuatro vehículos, con amigos. Al principio, estas excursiones tuvieron un carácter social de Empresa, o se mezclaron los ámbitos. Mónica se sentaba delante con Julio Alberto, y Edurne en el asiento de atrás con algún otro. Desde que Julio Alberto se casó, ambos mundos, el de la Empresa y el privado, quedaron rígidamente separados. La única actividad social que Julio Alberto se permite con los empleados es la fiesta del santo patrón de los panaderos, San Honorato, y la cena de navidad con el staff y personal de oficinas.

La fiesta de San Honorato es una comida popular, multitudinaria y bulliciosa, para los panaderos que trabajan de noche, los repartidores de la mañana y las dependientas de todas las tiendas. El menú pivota siempre alrededor de algún plato de carne: costillas de cordero, gorrín o chuletón de buey. Hay actuaciones musicales, algún tipo de rifa o sorteo, y baile. La organiza una comisión de empleados, dirigida por algún encargado veterano, que ya sabe qué lugar ha de ocupar Julio Alberto, flanqueado por Mónica y Edurne, a un lado, y al otro el Director Financiero y el rival de turno del Director Financiero en el aprecio del jefe. Cualquier novedad que se introduzca de un año para otro, la supervisará Julio Alberto. Aún así, hay algo que no cambia: los regalos. Han de ser suficientes, y algunos de suficiente valor, para que la fiesta de San Honorato excite la codicia de muchos. Cada año, la comisión cambia el método de reparto de la piñata: desde un mero sorteo a una cucaña o un concurso de karaoke. Se trata de innovar en el pequeño teatro de la mezquindad y la estupidez humana. Julio Alberto asiste, desde su mesa discretamente retirada y elevada, al espectáculo que más le gusta.

La cena de Navidad es diferente, más selecta. Asisten los directores y jefes y el personal de oficina. Mónica y Edurne se ocupan de organizarla. Dedican una mañana y una tarde a recorrer tiendas eligiendo el regalo de cada cual. Lo entregan a los postres, y acompañan cada uno con una pamplina estudiada. Son las hadas, dice Julio Alberto, riendo. Él también recibe su regalo, el último de todos, y una frase cursi, una mirada y una sonrisa del hada Mónica. Edurne hace coro a su amiga, sin hacerle sombra.

Sí, Julio Alberto no concibe el festejo sin regalos, como los caramelos de la cabalgata de Reyes. A la multitud se le arrojan las dádivas para que se pelee por recogerlas, y a los más cercanos se les premia con cierta solemnidad. Pero todos, plebe o nobleza, disputan entre ellos por tener unos más favor que otros.

Mónica ha sido siempre la empleada favorita de Julio Alberto. Sólo ella se permite cierto descaro en las formas. Julio Alberto le riñe con autoridad paternal, y ella responde con un mohín de niña traviesa. Porque es así como se conocieron.

Mónica tenía veinte años cuando encontró su primer empleo: la oficina de un taller mecánico. Mónica era la hija mayor de un militar, para la que trabajar era solo tiempo de espera mientras llegaba el hombre que la llevaría al altar. Así que, a la primera bronca de su jefe, un bruto sucio de grasa, se despidió enrabietada como un gato. A los dos días, vio un anuncio y se presentó. En la entrevista, a Julio Alberto le gustó el descaro con el que aquella chiquilla le explicaba su brevísimo currículum laboral. A ella le encandiló su nuevo jefe, joven, distinguido. Poco después, se incorporó Edurne a la empresa. Así comenzó Panaderías Reunidas: Julio Alberto, Mónica y Edurne.

Cuando Edurne se casó y le echó el ramo, ella aparentó que le estorbaba y se lo quiso pasar a Julio Alberto. Pero Julio Alberto dijo: “Quite, quite, Mónica, por favor. Eso son cosas de mujeres”.

Pero Julio Alberto se casó cinco años más tarde. El ramo ya no pasó a nadie. No hacía falta que Edurne le advirtiera a Mónica que se le pasaba el arroz, sencillamente porque ya se le había pasado. Mónica decía entre resignada y crédula que tenía que cuidar de su hermano menor, con síndrome de Down, y de sus padres ya mayores. Quizás porque Julio Alberto le preguntaba regularmente por ellos, como si le encomendara la tarea de cuidarlos.

La mujer de Julio Alberto es mucho más joven que él. O al menos, lo aparenta. Viste, se peina y se maquilla con el cuidado exquisito de una barbie numeraria. Le ha dado dos hijos. La mayor se casó hace poco y vive en México, D.F. El menor, Luis Felipe, se prepara para suceder a su padre. Después de un master y dos años en Vodafone UK bajo la tutela de un amigo, ahora desempeña el cargo de Adjunto a Gerencia en Panaderías Reunidas, en un pequeño despacho contiguo al de su padre.

Cuando Mónica llamaba a la mujer de Julio Alberto para ponerle con su marido -la anécdota recurrente que conocen todos los empleados de Panaderías Reunidas-, nunca olvidaba comentarle sobre el humor o el aspecto de él, como si su función de secretaria personal fuera una subdelegación por horas del papel de la esposa. Desde que Luis Felipe se incorporó a la Empresa, Mónica también incluye al hijo en sus reportes.

Un par de años antes, Mónica avisó que no pensaba jubilarse cuando cumpliera los sesenta y cinco. Lo dijo con un tono de sacrificio tan exaltado que no le faltó más que haber tarareado aquella canción de Mocedades que alguna vez sonó en la radio del Tiburón Citroen DS. “Si usted, jefe, aguanta aquí al pie del cañón hasta los setenta, yo no seré menos que usted”. En Mónica el usted no sonaba igual que en los demás empleados, y no solo porque utilizara el coloquial “jefe”.

Julio Alberto le recordaba de vez en cuando que tenía que cuidar a su padre, a su madre, y a su hermano. Que los tres eran ya muy mayores, y que -sin reprochárselo- eran muchos los días que tenía que pedir permiso para acudir a alguna urgencia de ellos.

Julio Alberto le pidió a su hijo que se buscara una secretaria como Adjunto a Gerencia, ya que entre los dos estaban abrumando a Mónica. Un par de domingos más tarde el periódico trajo un anuncio que pedía “Secretaria de Dirección” para “Empresa líder del sector de Alimentación”. La agencia de recursos humanos que lo firmaba era la habitual de todos los procesos de selección de Panaderías Reunidas, la misma también que había llamado varias veces en los últimos días preguntando por Luis Felipe. Que el anuncio pusiera “Secretaria de Dirección” en lugar de “Secretaria de Adjunto a Gerencia” no le pareció a Mónica un detalle discordante, sino todo lo contrario. Lo había visto muchas veces en Julio Alberto, pero nunca pensó que se lo haría a ella. Como una esposa que empieza a ver los indicios de la infidelidad del marido, pero que al final cree que prevalecerá su condición de legítima y madre de sus hijos, así Mónica pensó que cuarenta años de trabajo debían ser suficientes para protegerla.

A Mónica le hubiera gustado abrir el dossier que llegó seis semanas más tarde para el Adjunto a Gerencia. O escuchar las llamadas que encaminó días después entre el despacho de Luis Felipe y una tal Yolanda, que telefoneaba siempre desde móvil, no desde fijo. Cuando esa Yolanda se presentó una tarde a última hora, con su sonrisa de presentadora de televisión, Mónica supo que era la candidata como si ella misma la hubiera seleccionado. Su aspecto le recordaba la última vez, hace veinte años, que Edurne y ella se habían presentado a un concurso de secretarias, salvo que en lugar del conjunto de falda y chaqueta que entonces se llevaba, la nueva vestía pantalón con una cazadora de piloto que Mónica sabía que ella no se podría poner nunca sin sentirse ridícula. Sí, lo suyo seguía siendo la falda y la chaqueta, las ojeras y las mejillas abotargadas y el culo gordo y el pelo tintado con ese tinte para las canas que llevan todas las señoras mayores, por no hablar de las diversas tramoyas dentales que hacían de su sonrisa una farsa.

Mónica recibió a la aspirante, la introdujo a la antesala, la anunció a Luis Felipe y la estuvo observando a través del cristal, sabiendo que la otra la escrutaba a ella de la misma forma que evaluaba el mobiliario, el aire acondicionado, el modelo de teléfono y el de ordenador. La oficina se había reformado la última vez no hacía ni dos años, y todo era nuevo, salvo ella misma, que veía en la intrusa las mejillas tersas de la juventud que ella había perdido, y la talla 38 que a ella le había crecido hasta convertirse en una 48.

Cuando sonó el timbre del despacho de Luis Felipe, se sorprendió pensando en aquella muchacha que cuarenta años antes se había ido dando un portazo de una oficina de mala muerte para aterrizar en Panaderías Reunidas de la mano de Julio Alberto. ¿Qué era ella ahora, para sufrir que la hicieran pasar por aquello? Cuando le abrió a la nueva la puerta del despacho, no pudo evitar tratar de reconocer en Luis Felipe los rasgos y gestos de su padre. ¿Era así como Julio Alberto se había levantado entonces a saludarla y la había encandilado? Cuando cerró la puerta, tuvo que ir al baño a componer su cara.

Volvió y se entretuvo en nada, removiendo papeles y abriendo y cerrando ventanas en el windows. No oyó abrirse la puerta del despacho hasta que Julio Alberto le dijo: “Mó-mónica, por Dios, es su hora, váyase a casa”. A Mónica le entró una risa un poco amarga, y quiso hacer una broma acerca de la nueva, pero no se atrevió a decirlo: Jefe, ¿me van a aplicar el Plan Renove para secretarias? ¿Me van a bajar a la planta de distribución para tenerme encerrada en la garita ocho horas como Vicente, contando sin parar el dinero que traen los repartidores hasta volverme loca porque no cuadra? No se atrevió a decirlo. Recogió y se marchó a casa, dejando que la leucemia de su hermano y los achaques de sus padres emborronaran su mente durante las semanas que siguieron, para no pensar en lo que adivinaba que iba a ocurrir.

Un mes más tarde, Julio Alberto la llamó al despacho delante de su hijo: “Mó-Mónica, nos tenemos que preparar para el relevo. ¿Usted se ve de secretaria con mi hijo, cuando yo no esté?” El jefe, al que tanto le gustaba jugar con las palabras, bautizó a la nueva como “secretaria adjunta”. “Pór-pór-tese bien con ella, Mó-Mónica”, le dijo al salir.

La secretaria adjunta llegó a la mañana siguiente vestida y maquillada con la contundencia de una starlet que ha amarrado ya el contrato y viene a tomar posesión del escenario. Seguramente que aquella mañana se habría levantado excitada antes de que el despertador le hubiera cantado la hora, de la misma manera que Mónica apenas había podido conciliar el sueño repasando toda su vida en el brevísimo instante de una noche, desde su primer momento de gloria, cuando mandó a tomar viento a aquel zoquete del taller mecánico y desembarcó rumbosa en el despacho de Julio Alberto, hasta los últimos reveses de salud de su familia. Y por en medio, una larga escalera de pequeñas decepciones que la habían llevado peldaño tras peldaño hasta el fondo de aquel pozo. Tenía sesenta y cinco años y todo, familia y trabajo, se iba por el sumidero. Sólo era la amiga soltera de su amiga Edurne.

La oficina asistía aquella mañana al espectáculo que ya se venía anunciando en corrillos desde hacía algunas semanas. La función tuvo, sin embargo, un final abrupto: a las diez de la mañana llamaron a Mónica para decirle que su hermano había ingresado de urgencia. Mónica sintió que su hermano, al que tanto tiempo había dedicado y por el que había renunciado a tantas cosas, le echaba un capote en el último momento para librarse de aquella humillación. Edurne, que solía cubrir las ausencias de Mónica, se encargó de instruir a Yolanda, la nueva.

Cuando falleció el hermano, Julio Alberto le pidió que se tomara unas vacaciones y descansara por el esfuerzo de toda una vida. Las vacaciones le sirvieron para enterrar a su madre, algo que se hace con poca dificultad, porque siempre hay plazas libres esperando en el tanatorio y en el cementerio. En cambio, para que ingresaran a su padre en una residencia para grandes dependientes, Edurne tuvo que hacer de hermana mayor y gestionarlo todo.

Este año, una semana antes de Navidad, Julio Alberto se asoma al vestíbulo y dice: “Yo-Yo-Yolanda, llame a Edurne y que le ayude con lo de Navidad. Ah, y pregúntele cómo está Mó-Mónica, si estará en condiciones para ir a la cena”

– ¿Vas a venir a la cena? Julio Alberto me lo ha preguntado -Edurne no quiso decir que quién la había llamado había sido Yolanda, la nueva.

Mónica no respondía. Con su cara anestesiada como si acabara de salir del dentista, a Edurne le pareció estar viendo una merluza expuesta sobre un lecho de hielo picado en el mostrador de la pescatería.

– Coño, Mónica, di algo. ¿Qué te pasa?

– ¿Sabes una cosa? -Mónica estaba tratando de recordar qué le había dicho exactamente a aquel cenutrio del taller mecánico- Son todos iguales.

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Publicado originalmente en Literatura Bastarda

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